Al filo de las sombras (Plaza y Janés, 2010) es la segunda novela de la trilogía El ángel de la noche y la continuación de El camino de las sombras, de la cual podéis leer la reseña que hice recientemente aquí.

(Aviso: si vas a leer la primera parte de esta trilogía y quieres evitarte destripes innecesarios, mejor sáltate la sinopsis.)

Sinopsis:

Las fuerzas de Khalidor han tomado Cenaria mediante un hábil golpe de mano. Nadie se opone a Garoth Ursuul, rey dios de los khalidoranos, salvo el Sa’kagé, la organización criminal que rige los bajos fondos de Cenaria, constituido por pillos, asesinos, maleantes y prostitutas.

La única esperanza es que Kylar Stern, aprendiz de Durzo, el Ángel de la Noche, acepte asesinar al rey dios. Pero Kylar, tras la muerte de su maestro, abandona el oficio amargo para intentar ser el hombre que su amada Elene quiere que sea.

Reseña:

Si le aplicáramos a la novela una división en tres actos —similar a la que hice en la reseña de la primera parte—, esta podría ser tal que así: el primer acto abarcaría hasta la revelación a Kylar de que Logan está vivo, aunque preso en el Ojete del Infierno (sic); el segundo, hasta la liberación de este, y finalmente, el último acto, narra el desenlace del conflicto entre Khalidor y Cenaria.
Al contrario que en la primera parte, el primer acto, los prolegómenos de la historia, es el tramo más plúmbeo y desangelado de toda la novela, en especial por el énfasis que hace el autor en la relación entre Kylar y Elene, dominada por el conflicto entre los anhelos del protagonista: desea abandonar su oficio de ejecutor, pero a la vez se resiste a abandonar el poder obtenido gracias al ka’kari. Como ingrediente añadido tenemos una frustración sexual de tomo y lomo, no resuelta, para más inri (que, por cierto, es un tema recurrente a lo largo de la historia). Con estos mimbres, no demasiado prometedores, propios casi del más rancio telefilme, Brent Weeks escribe una serie de escenas caracterizadas por diálogos ñoños que van desde lo intrascendente a lo pueril.
Por suerte, la trama del otro gran protagonista de la historia, Logan de Gyre, insufla suficiente interés a la historia como para seguir leyendo. Y a partir del segundo acto, por así decirlo, la cosa mejora bastante. Hay incluso pasajes memorables, como la aparición por primera vez de Khali, la diosa de los khalidoranos, o el espectacular desenlace.
Si hay algo que redime a la historia y anima a seguir leyéndola es el pulso narrativo de Brent Weeks. La novela se lee con inusitada fluidez, y, si bien hay cierto abuso de los clichés propios del folletín (el final del libro tiene uno como una casa, para más señas), el interés se mantiene, aún a pesar de los diálogos irrelevantes (incluso anticlimáticos en ocasiones) y un tono general de intrascendencia, como si el autor no se tomara demasiado en serio la historia.
En cuanto a la ambientación, que dista de ser el punto fuerte de la historia, sigue pecando de actualismo (mención especial para un albergue en plan «clínica detox»), que si bien no chirría demasiado, tampoco destaca en nada. (No hay, por cierto, los brochazos de crudeza que aparecían en El camino de las sombras; nada de abusos entre menores, por ejemplo.)
Acerca de la magia, que aparece aún con más prolijidad que en la anterior novela, gracias a varias subtramas que incorporan a magos, me remito a mis comentarios de la anterior reseña: el autor delimita las reglas y pautas que rigen la magia, pero lo hace de forma poco inspiradora, como si lo sobrenatural fuera una colección formulaica de causas–efectos, de catálogo, siendo además una herramienta omnímoda: lo alcanza todo y para todo sirve.
En resumen: una lectura ligera, entretenida, aunque de fácil olvido.

PD: Mención aparte para el gag de la escena final entre Kylar y Garoth. Pista: es una de las frases más célebres del celuloide de los últimos cuarenta años.