En mi época, en el fandom —un tiempo no tan lejano— una tribu de aficionados a lo fantástico era la que controlaba el cotarro. Yo los llamaba, en plan coña, cifistas1, por su vinculación ineludible a la ciencia ficción, y los personificaba en lo que ahora llamaríamos un geek, con gafas de pasta y cara de follar poco. No señalo a nadie, faltaría más; tan solo es la imagen, personal e intransferible, que me formé del aficionado prototípico a la ciencia ficción en España.

En cualquier caso, esa tribu de aficionados no leían a muchos autores más allá de sus adorados Asimov, Heinlein, Dick, Bradbury, Clarke y Herbert, por citar unos pocos, y, ¡ay del que incluyera la cifi en el saco de la fantasía! Qué atrevimiento.

Yo pensaba que esos tiempos habían pasado, y que lo de las tribus y las barreras entre aficionados y géneros era cosa más bien del ayer. Pero parece que no, que me equivocaba. Tras leer este artículo de Antonio Santos en Literatura Prospectiva, no tuve más remedio que retrotraerme a esa época.

Ya en el título de Memento mori, fantasía (Recuerda que morirás, fantasía) asoma claramente un aire de amenaza, de advertencia premonitoria, que junto al tono del texto, entre plañidero y nostálgico, me dejó sumido en la perplejidad. Parece increíble, pero, en vez de aunar esfuerzos en impulsar el barco en el que estamos todos los aficionados (al género fantástico, se entiende), parece que unos pocos remeros prefieren dejar de bogar y quedarse a la expectativa, a ver que pasa, o incluso remar en sentido contrario. Y si se hunde el barco, pues mejor. Nuestro cainismo habitual: yo me habré quedado tuerto, pero tú estás ciego. Etcétera.

Afilaba ya el cuchillo de mis argumentos para responder a Antonio Santos cuando me paré a meditarlo con calma. No es para tanto, me dije. Lo del tono de amenaza y quejas en plan “qué verde era mi valle” (verde ciencia ficción, como la canción de Amaral, pero verde) sigue ahí y no se puede pasar por alto. Pero por lo demás, el autor del artículo no hace, en esencia, sino lamentar algo que yo he condenado siempre: la identificación del género fantástico con una fantasía anclada en los moldes del pasado, aquejada graves defectos como, por ejemplo, inmadurez y escasa variedad y alcance argumental. Y no puedo menos que estar de acuerdo con el autor en el fondo, si bien no en las formas.

En cualquier caso, permítanme la oportunidad para aclarar mi postura al respecto de esa identificación: querer circunscribir el término «fantasía» a unas lindes tan reducidas es tan absurdo como suicida. Asumir que es así de facto y no hay solución que valga no hace sino agravar el problema. La fantasía o el género fantástico, términos que considero sinónimos, es tan amplia que en sus límites cabe prácticamente todo, por mucho que la queramos constreñir. Cabe, incluso la ciencia ficción, por muy dura que sea (la ciencia, se entiende). Cabe, también, cómo no, el realismo mágico. Y el terror. Y el space opera, el steampunk, las ucronías, el ciberpunk, y otras muchas etiquetas creadas para vender libros y que, francamente, a los lectores de a pie les traen bastante al pairo.

Pero volviendo al artículo en sí, es desalentador que al denunciar la identificación de la fantasía con un segmento muy pequeño de esta, Antonio Santos obvie que el género parece vivir un momento de renovación, en la que autores de éxito y solvencia aportan su grano de arena para añadirle madurez (Martin, Sapkowski, Bakker y Sanderson, por citar algunos). Parece, digo, porque queda aún mucho camino que recorrer… ¡por suerte! Cuando a un género no le queda por dónde evolucionar, suele morir de forma irrevocable.

Más aún: por mucho que me fastidien el uso y abuso de las mismas tramas de siempre, las modas pasajeras (lo de los vampiros y zombies ya empieza a cansar) y otros males endémicos del género, hemos de agradecer estos tiempos de bonanza. Si aceptamos como válida la revelación de Sturgeon, Ninety percent of everything is crud (El 90 % de todo es una porquería), es mejor que haya mucho donde cribar, para que el 10 % restante merezca la pena.

Porque una cosa está clara, señores: aunque muchas obras del género nos parezcan mediocres o sencillamente no nos gusten, para que el género madure tiene que haber autores que se dediquen a él, y no lo harán si no tienen mercado al que dirigirse.

Está claro que del conjunto de lectores de una saga de moda, Crepúsculo, por citar un ejemplo fácil, solo un pequeño porcentaje abundará en lecturas del género fantástico fuera de dicha saga. Pero  ¿qué es preferible, ese pequeño porcentaje o nada de nada?

Para concluir, al margen de las diferencias de pareceres más o menos irreconciliables, la verdad es que hacen falta más reflexiones como la de Antonio Santos. Es necesario poner el dedo en la llaga de muchos asuntos; siempre sacaremos algo en claro después de tirarnos los trastos a la cabeza. Como muestra, un botón: lo que más me interesó de Memento mori, fantasía fueron los comentarios de los lectores que pueden leerse a pie de artículo.

Pondré aquí uno de esos comentarios, el más interesante a mi parecer. Lo firma Laura, y decía lo siguiente:

Cuando abordas las razones para que el público “abandone” la ciencia ficción y corra a refugiarse en la fantasía, exhibes una Espada y Brujería muy sesgada: básicamente la tradicional, la cual ya no se escribe (o al menos no tanto) desde hace años. Sin embargo, la fantasía que el público actual está “prefiriendo” tiene poco de infantil o “pura”: es sucia, es brutal, es descarnada, está llena de sexo, de violencia y de seres ambiguos (nada del héroe perfecto en su moral, y el villano bien diferenciado). Es tal la ola de oscuridad que ha impregnado la fantasía actual que hasta la literatura infantil se está oscureciendo, y los niños de hoy ya no se tragan tan fácilmente los héroes del Disney más clásico. Eso no supone ningún avance en cuanto a la ciencia ficción en realidad. ¿Por qué la CF experimenta un supuesto declive? ¿Está en el temor del futuro? Si es así, ¡vaya “pasado” nos está proporcionando la fantasía de hoy, no sólo la épica sino también la heroica! ¿Qué sucede entonces? Pensé que hablarías un poco de eso, dado que te había llamado la atención ese tema durante la Hispacon.

Con respecto a lo que planteas, tengo la impresión de que el gran público no diferencia fantasía de ciencia ficción. Para ese gran público un mago y un robot viene a caer en el mismo caldero y no creo que se cuestionen mucho el asunto. La fantasía pura es más antigua, pero la ciencia ficción ha sido muy popular en el pasado reciente y cuando le preguntas a un lector/espectador corriente sobre qué es Star Wars o Harry Potter te dirá “ciencia ficción, claro”. Si le dices, ¿no es fantasía?, te dirá, sí, eso, fantasía, ciencia ficción. No hay distingos para ellos. Somos nosotros, los aficionados a esos géneros los que solemos distinguir entre géneros, subgéneros y demás.

  1. En contraposición estaban los conanistas, sutil juego de palabras para designar a los defensores de la Espada y Brujería de toda la vida, curioso apócope entre Conan y Onán, por si no habían pillado el chiste. []