Fue allá por 1996, creo, durante una partida de rol. Hace ya sus buenos quince años, que se dice pronto; mucho ha llovido desde entonces, y precisamente del amigo que me habló por primera vez de él no he vuelto a saber nada.

—He leído una novela que te puede gustar —me dijo durante una pausa de la partida—. De espadachines.

—¿De fantasía?

—No. Histórica.

—¿Y qué tal?

—Muy bien. Te la recomiendo.

—¿De qué va?

—De un soldado de los tercios españoles; está narrado por su ahijado, al que acoge tras la muerte de su padre. Una historia muy folletinesca, pero ambientada en la España del Siglo de Oro. Salen personajes históricos, como Quevedo.

—Ah. ¿Y cómo se llama?

—El capitán Alatriste.

—Mira… le echaré un ojo.

Tardé un año en hacer caso a mi amigo. Y cuando lo hice fue casi por casualidad; me tropecé con ese libro en una librería y recordé que me lo habían recomendado. Por aquel entonces mis fondos eran muy limitados (no es que la cosa esté ahora para tirar cohetes, pero en fin). Y gastarme las pesetas que valía aquel libro de un escritor que no conocía, era un riesgo, vaya que sí.

Afortunadamente me rasqué el bolsillo y me fui con el libro bajo el brazo. Catorce años después puedo acariciar con cariño mi ejemplar de El capitán Alatriste, que luce estupendo junto a los otros seis (hasta la fecha) títulos de la serie.

Alatristes

Al autor, Pérez-Reverte, lo conocí mucho más a partir de entonces, tanto por su faceta novelística como por ese personaje de lengua despiadada, entre gruñón y entrañable, que habita sus columnas de prensa. Y cosa curiosa, no soy precisamente aficionado a sus novelas digamos más «al uso» (ni El club Dumas, La piel del tambor o La tabla de Flandes, sus obras más señeras, llegaron a convencerme), pero soy un incondicional del capitán Alatriste1

Le debo al capitán bastantes cosas. Por ejemplo, reconciliarme con la literatura del Siglo de Oro español, en especial la novela picaresca, o llegar a conocer, tirando del hilo, obras como la espléndida Vida de este capitán Alonso de Contreras2.

También le debo mi interés actual por la germanía, el habla de los maleantes del s. XVI y XVII en España, tan rica y fascinante3, o por los tercios españoles, cuyas campañas escribieron muchas de las páginas más brillantes de la historia militar en la Edad Moderna.

Dicho todo esto, no hará falta decir con el entusiasmo que acojo cada nueva entrega de las aventuras del capitán Alatriste. Recientemente se publicó la última, El puente de los asesinos, que comienza así de bien:

Dos hombres se batían a la luz indecisa del amanecer, silueteados en la claridad gris que llegaba despacio por levante. La isla —poco más que un islote, en realidad— era pequeña y chata. Sus orillas, desnudas por la marea baja, se deshilaban en la bruma que la noche había dejado atrás. Eso daba una impresión de paisaje irreal, como si aquella porción de tierra neblinosa fuese parte misma del cielo y del agua. Las nubes eran pesadas y oscuras, y lloviznaban nieve casi líquida sobre la laguna veneciana. Hacía mucho frío aquel veinticinco de diciembre de mil seiscientos veintisiete.
—Están locos —dijo el moro Gurriato.

Ya desde este comienzo (mezcla de prolepsis e in medias res), Pérez–Reverte nos pone los dientes largos como dagas de vela, haciendo gala de su buen hacer narrativo (porque se le podrán poner pegas a este escritor, pero está claro que sabe cómo contar una historia). Esta vez, el capitán se embarcará rumbo a Venecia, la república de la Serenísima, como peón de una conjura española para deponer al dogo durante la misa de Navidad de 1627. Ahí es nada. Esto, a priori, nos dice algo de esta entrega de Alatriste: su premisa argumental es mucho más relevante que en otras entregas, y especialmente en el caso de su trasfondo, Venecia, adquiere un especial protagonismo.

Pese a todos los parabienes que he dedicado a esta serie, lo cortés no quita lo valiente: la anterior entrega, Corsarios de levante, me supuso una decepción. Con decir que apenas si recuerdo nada de su historia creo que sobra; que no tuviera apenas argumento no es la cuestión (porque, seamos francos, esta serie no destaca precisamente por eso), sino más bien la falta de un tema, o tono, que le hubiera proporcionado una mayor coherencia a la historia. Afortunadamente, he podido volver a reconciliarme con el mejor Alatriste en este puente de los Asesinos, que, siendo el más largo de toda la serie, lo cierto es que me ha sabido a poco.

De la historia no quiero contarles nada más. Baste decir que nada sale como estaba previsto, y que Iñigo, el narrador testigo de la historia, ha cuajado los cambios que se adelantaron en la anterior novela. Iñigo ha cambiado. De ingenuo infante, que idealiza a su mentor, pasa a penetrar en su amargura y a comprender, a su pesar, a su padre adoptivo. Este viaje, este asesinato de la figura paterna, tan irremediable como la vida misma, es una de las claves de la serie, a mi entender.

En cuanto al resto de los personajes, vuelven antiguos conocidos de la serie, como don Francisco de Quevedo, en su faceta de viejo espía, o Sebastián Copons, compañero asiduo de Diego Alatriste, o el carismático moro Gurriato. Pero el regreso más esperado es, cómo no, el de Gualterio Malatesta, negativo del capitán Alatriste, cuya aparición en esta novela viene con sorpresa, pues pasa de ser su más peligroso adversario a convertirse en su agonista, compañero, incluso.

Son los encuentros entre Alatriste y Malatesta, los cuales abren y cierran con broche dorado la historia (a la que se le podría afear cierta morosidad en su desarrollo), lo mejor de El puente de los Asesinos, y contribuyen, sin duda alguna, a que sea una de las mejores historias de la serie. Con diferencia.

  1. No me pregunten, por favor, por su adaptación al cine, que no quiero cabrearme. []
  2. Editado, y muy bien, por la editorial de Javier Marías Reino de Redonda; pero que, si lo desean, pueden leer gratis: Vida de este capitán Alonso de Contreras []
  3. Les recomiendo, si les interesa y se lo pueden permitir, el Tesoro de Villanos: Diccionario de Germanía, de María Inés Chamorro, cuyo subtítulo es digno de mención: Lengua de jacarandina: Rufos, mandiles, galloferos, viltrotonas, zurrapas, carcaveras, murcios, floraineros y otras gentes de la carda []