—¿Se puede? —pregunta Chema hacia la cabina, con un pie en uno de los dientes de la cadena. Juanito se inclina en su asiento, sonríe al verlo. Empuja la puerta corredera de la cabina y lo anima a subir con un gesto.

—¡Hombre, Chema! Sube, sube…

Chema se impulsa hasta la cabina y se agarra al chasis de la grúa de celosía; cuando avanza, las quinientas toneladas de la máquina parten el pedernal como si fuera pan tierno, sin esfuerzo ni violencia.

—¿Qué tal el finde? ¿Te casaste?

—¿Cómo? —dice Chema.

—Que si te casaste. Que si arrimaste la sardina.

—¡Ah! No, no. Qué va.

—Qué mal.

—Fatal, sí. No mojo nada. Me voy a tener que ir a las putas, o algo.

—Mira, el otro día estuve yo con los del equipo de Toni, en ese puticlú de Xert.

—¿El de la rotonda?

—Ese, ese.

—¿Y qué tal?

—Pues bien. Una rumanica, me agencié, muy rica ella. Veinte añitos tendría.

—Qué mamón… ¿Y tu mujer qué, eh, sinvergüenza?

—Pues en casa, con los chiquillos. Que no es plan de ir todos los findes. Está lejos.

—¡Lejos! Mis cojones. Si estaremos a menos de 400 kilómetros de Albacete… yo tengo a la novia a 800 y pico. Nos ha jodido.

—Eso es muy lejos, sí. Pero bueno, ya sabes, a partir de 300 kilómetros ya no son cuernos.

—Juas. ¿Y si ella opina igual?

—Pues no sé. Ella verá. Yo como decía un amigo: lo que sea, pero que no la pille.

Juanito se retrepa en el asiento de la grúa. Sus gafas de espejo captan un relumbre del sol cuando se las quita; en su cara morena se nota la marca dejada por las gafas.

—Na, no creo. Si mi mujer es una santa. Además ella se hará una idea de que algo hago, y si no, no haberse casado conmigo…

Juanito carraspea, escupe por la ventanilla del otro lado.

—Con las mujeres hay que tener arte, Chema —prosigue—. Fiesta y rabo, que me lo decía mi padre; a las mujeres hay que darlas fiesta y rabo. Y tratarlas mal, que eso las gusta.

Chema mira socarrón a Juanito. Sus laísmos le ponen los pelos de punta, pero lo anima a continuar.

—¿Mal? ¿Cómo de mal?

—Hombre, pues en plan cabrón. No de pegarlas ni na de eso, ojo. Eso no. Está feo. Pero sí tratarlas mal. Ir de cabrón.

—Ah… Vale. Me lo anoto.

La estática hace zumbar la emisora. Juanito toma el talkie, oye las frecuencias.

—¿Pasa algo?

—Na, no es para mí.

—¿Cuándo viene el especial?

—No sé, a mí me han dicho que ponga la grúa aquí, y aquí estoy.

—¿Qué trae?

—La nacelle, creo. Lo que sea se acopia y punto.

Chema endereza la espalda y bosteza. El chaleco de alta visibilidad le roza el cuello, así que se lo ajusta.

—Bueno, cuéntame —dice—, ¿qué le pasó a Manrique? Ese de Requena. Dicen que anda malo…

—Na, que se puso malísimo ayer domingo, con fiebre y to.

Chema asiente, se ríe con malicia.

—¿Por lo de la puta?

—Eso parece. El sábado fue, creo. Dice él que no se acuerda bien, pero por lo visto la dio por culo sin condón y al día siguiente estaba con la polla roja e hinchá. Le salía la pus de la punta, al pobre, y al orinar veía las estrellas.

—Juas. Vaya tela. Desde luego… ¿a quién se le ocurre?

—Ya ves. Cosas que pasan.

—Igual ha pillado el sida, o algo.

—Pues igual.

—En fin. Creo que me voy a echarle un ojo a los gallegos. A ver si cuando vuelva ha llegado el especial. Portaos bien.

—Hale, con Dios.

Chema baja de la cadena de la grúa de un salto y camina hasta el todoterreno. Abre la puerta, se quita el casco y lo deja en el asiento del copiloto. Antes de subir, observa el paisaje con aire pensativo. Varios buitres leonados navegan por el azul limpio del cielo. El paisaje desolado y bellísimo del Maestrazgo, con sus tierras peladas y ocres, sus lomas y sus cercas de piedra seca, provoca cierta desazón.

Chema arranca el vehículo y se pone en camino. Aún queda mucho para que acabe el día.