spoon La matrona se acercó a la cama con el bebé en brazos; lo habían envuelto primorosamente en una manta estampada con corazoncitos rojos. María aceptó el niño y lo acomodó en su regazo. Se sentía exhausta.

Miró a su hijo. Le acarició la carita y sintió un repeluzno: el niño tenía la piel muy fría. Helada. No percibía su respiración. María se alarmó. Llamó a la matrona.

—Es normal, mujer, al principio. Ay, ay, ay; estas primerizas… Dele el pecho, mujer. Tendrá hambre.

María observó a la matrona. Sus rasgos se desdibujaban por momentos. Apenas eran un borrón de tinta en un vaso de agua; las cuencas de sus ojos semejaban madrigueras.

Sintió como se agitaba el niño. María vio cómo abría los ojos. Eran del color de la hiel. No parpadeaban.

—Ma–ma. Ma–má. Te–ta. Te–ta.

Dijo el niño. Y luego sonrió. María se descubrió un pecho y se lo acercó a su hijo. Los dientes del niño, pequeños, blanquísimos, mordieron su pecho con saña. El dolor fue terrible. María gritó, mientras trataba de quitarse al niño de encima. Gritó, grito, gritó…

 

… y el grito la trajo de vuelta a la realidad. Se incorporó en la cama del hospital, empapada en sudor, y se llevo las manos al vientre abultado. Algo se movía allí dentro.

Tras varios minutos de zozobra se sobrepuso al pánico. Con trabajo se puso en pie y caminó hacia el sillón de escay. Metió la mano bajo el cojín y rebuscó. ¿Dónde la había puesto? ¿Dónde? ¡Ah! Aquí…

Sacó la cuchara. Los bordes del mango cortaban como un cuchillo tras las largas horas que había pasado restregándolos contra los hierros de la cama. Había podido escamotearla pese a la vigilancia atenta de las enfermeras.

Tras quitarse la bata se sentó en el borde la camilla y cerró los ojos. El roce de la cuchara contra su vientre la sobresaltó. Estaba muy fría. Respiro hondo, apretó los dientes. Aquello iba a doler…