Frente al finado, un niño de unos nueve años lloraba a moco tendido. Una señora mayor se le acercó.
—Niño… ¿dónde está tu madre?
El niño la miró en silencio, sin interrumpir su llanto. Enternecida, la señora mayor se inclinó hacia él y le acarició la cabeza.

—Pobrecito…

Otra señora mayor se les unió. Observó al niño con atención, buscando quizás algún parecido. No debió de encontrarlo, pues al poco, en voz alta para que la oyeran los demás asistentes al funeral, preguntó:

—¿Alguien sabe de quién es este niño?

Nadie parecía conocerlo. El niño lloraba y lloraba, sin decir nada. Las señoras del funeral se turnaron para regalarle abrazos. Una incluso lo besó en la frente. Otra le dio caramelos. Lo que fuera, con tal de brindarle algo de consuelo.

Más tarde, cuando todos estaban distraídos durante el responso, el huérfano se escabulló del tanatorio. Por aquel día, tenía cariño de sobra.

© enero de 2011, José María Bravo