—Esto lo cambia todo —dijo ella.
—Lo sé —respondió él—. No te preocupes, nos las arreglaremos.
—¿Me quieres?
—Sí. Mucho.
—Me pondré fea e hinchada y dejarás de quererme.
—No seas tonta. Claro que te querré. Aún más todavía.

—¿Seguro?
—Que sí, mujer. Dame un beso.
Se besaron con avidez. Los labios de ella estaban fríos, secos; aquello enardeció aún más el deseo de él. La sangre acudió rauda a su miembro; ella le abrió la bragueta y se inclinó para devorar su erección. El tacto era áspero, terroso, pero el placer era irresistible.
Él se arrellanó en el banco del cementerio. Después de tanto cavar, bien se merecía un premio.

© 10 de diciembre de 2010, José María Bravo.