Ouróboros

Segunda entrega del informe Ouróboros sobre la caracterización de los narradores de una historia. (Aquí tenéis la primera parte de este informe.)

7. Multinarración.

Hasta ahora solo hemos hablado de historias en la que aparece un único narrador. Sin embargo, es perfectamente posible que en una historia concurran más de un narrador.

El principal problema que tenemos que considerar a la hora de introducir diferentes narradores es la credibilidad. Hay combinaciones muy difíciles sin una justificación clara; por ejemplo, ¿por qué meter un tercero en presente y un tercero pasado a la vez? ¿Es posible combinar un tercero histórico/cronista omnisciente con un tercero parcial? ¿Y con un narrador protagonista en primera persona? ¿Tanto si están al mismo nivel o uno dentro de otro? Es imposible ofrecer respuestas absolutas. El escritor debe tomar decisiones en base a muchos factores. Los narradores han de quedar lo mejor situados posibles, que resulten creíbles por separado y también en conjunto.

8. Multiperspectivismo.

El multiperspectivismo es casi una consecuencia directa del uso de múltiples narradores que un autor puede emplear o no. Siempre que hay más de un narrador se puede hacer que cuenten los mismos hechos, pero cada uno desde una perspectiva diferente, con las diferencias que ello pueda conllevar.

Una definición de multiperspectivismo podría ser esta [ver bibliografía del artículo, ref. n.º 1]:

Es la visión del mismo hecho, o del mismo personaje, desde diferentes perspectivas, no siempre coincidentes y a menudo divergentes. Cada perspectiva puede diferenciarse de las restantes no sólo por lo que el narrador sabe, sino por cómo lo dice y por el tono de su voz. Con las diferentes perspectivas se consigue hacer dudar al lector, y que él mismo acabe adoptando su propia visión sobre lo narrado.

El multiperspectivismo es una herramienta muy útil aunque no exenta de riesgos. Al escritor le sirve para comunicar la información que desea transmitir sobre un hecho o hechos de forma parcial y fragmentaria; por ejemplo, dando distintas versiones que se complementan o contradicen en unas partes y otras, e indicando qué postura tienen determinados personajes. También puede narrar unos hechos con testigos directos y contrastarlos con las distintas versiones que se vierten de un suceso; los rumores, la versión oficial… etcétera.

El principal riesgo del multiperspectivismo puede considerarse tanto una ventaja como una desventaja, según qué casos: la sobreabundancia de detalles contradictorios puede abrumar y confundir al lector, hasta el punto de que no sepa lo que realmente ocurrió y a quién creer, sobre todo si esta técnica se usa con prolijidad.

9. Injerencias.

Las injerencias son opiniones vertidas por el narrador sobre los acontecimientos de la historia, algo muy común (y prácticamente inevitable) a las narraciones en primera persona.

Llegó a ser muy frecuente en las novelas de los autores decimonónicos como parte de la tercera persona omnisciente. Actualmente no están bien vistas y afectan a la credibilidad del narrador, pero tampoco conviene rechazarlas de plano, dado que pueden darse situaciones útiles para su empleo. En todo caso, se trata de una técnica más a tener en cuenta a la hora de transmitir información.

No obstante, las injerencias relativas a temas ideológicos y de opinión resultan en la mayoría de ocasiones poco elegantes al emplear la voz de un narrador omnisciente. Un narrador parcial resulta mucho más apropiado para verter comentarios y opiniones, si estos van asociados a una persona tangible y no a una figura indeterminada como en el caso del narrador omnisciente, lo que lleva a crear una falsa identificación entre narrador y autor.

10.  Ejemplos de narradores.

Los siguientes textos comparten la siguiente temática de fondo. Juanito va con su padre, Manuel, al hospital, a visitar a su madre. Van en coche, aparcan, entran en el hospital usando los pases adecuados y suben hasta la planta donde está su madre y entran en su habitación. Hay dos pacientes en la habitación: su madre, claro, y un chaval joven que se lesionó en un accidente de motocicleta. La madre de Juanito va a morir (tiene un tumor incurable) y el niño no lo sabe. Mientras están visitando a la madre entra una enfermera. Dialogan un poco, le dan unas flores, hasta que la madre por el efecto de unos medicamentos se queda dormida y termina la visita.

Ejemplo 1. Narrador en tercera persona y pasado, parcial y centrado en un personaje—foco concreto.

—¡Roooooonnnnn! —Juanito llevaba un rato jugando con su pequeño cochecillo azul sobre la tapicería de los asientos traseros del automóvil.Los buenos perseguían a los malos de la camioneta negra: había que rescatar cuanto a ntes a la chica.

—Juanito, basta ya.

Pese a la advertencia de papi, Juanito seguía entusiasmado con su persecución, claro, porque los buenos estaban a punto de conseguirlo.

—¡Brrruuuuuummmmm! ¡BAAAAAAM! —y rió con deleite. Tras el choque lo demás era coser y cantar.

—Juanito…

—¡Paf! ¡Toma! ¡Uuuuuh!

—Juanito, para de una vez, que te voy a dar un sopapo… ¡Joder!

El niño quedó paralizado. Pocas veces el tono de su padre era tan tajante como ahora… Jo, eso ya era para preocupar, pero… ¿Palabrotas?

—¡Halaaaa! ¡Como se entere mamá te la vas a cargar!

Su padre, en vez de pedir perdón, hizo algo muy estúpido: frenó el automóvil con un un chirrido espantoso; por fortuna, el cinturón contuvo a Juanito y su corazón desbocado. Algún coche rechinó también tras ellos. De inmediato llegaron los bocinazos y más voces lejanas soltando esas palabrotas que mami no le permitía nunca utilizar bajo amenaza de un buen sopapo —o algo peor—, pero que «todo el mundo» podía utilizar sin que le pasara nada malo por ello. El niño tardó un rato en recuperar el aliento. Inspiró, dispuesto a protestar: hasta un niño sabía que esas cosas no se hacen con el coche. Además, mami regañaba a menudo a papá por no llevar bien el coche. Claro que mamá ahora no estaba y alguien tenía que decírselo. Entonces lo vio: papá lloraba sobre el volante. «Me he pasado…» Una angustia súbita aprisionó su barriga y subió por el pecho; los bocinazos insistían tras ellos.

—¿Papá? —apenas le salió un hilo de voz—… Papá, perdóname…

Alargó su manito para acariciarle el brazo. Eso funcionó; su padre se fregó los ojos y arrancó el coche; las protestas de atrás pararon casi de inmediato.

—No es culpa tuya, cariño —papá miró para atrás, sonrió y volvió la cara hacia delante—. No es culpa tuya. Necesito que seas muy bueno estos días conmigo, ¿sabes?

—Sí, papá. Me estaré quieto. Te lo prometo.

—Gracias.

Con desgana, soltó los dos cochecillos. Jo, qué pena, ahora que los buenos le daban su merecido… No era justo. Pero es que las cosas estaban raras desde hacía un tiempo y nada salía bien. Primero, mamá que se ma rchaba de casa y los dejaba solos sin ninguna explicación. Después, claro, Juanito se lo contó a Pedro, su mejor amigo. Pedro enseguida le explicó el significado de todo eso:

—Tus padres se han divorciado.

—¿Divor…ciado?

—Sí. Es cuando uno de los padres se marcha de casa para casarse con otra persona.

Y es que Pedro sabía mucho d e estas cosas. Juanito no terminaba de entenderlo, pero una cosa era clara: sonaba fatal. Además, papá no sabía cocinar. Ni siquiera era capaz de preparar unas tostadas para el desayuno sin quem…

Su padre le zarandeaba la pierna con suavidad.

—Juanito, que hemos llegado. Sal, hombre. ¿O no quieres ver a mamá?

—¡Síiiiii!

El chiquillo se apresuró en soltar el cinturón. Poco después, caminaba de la mano de su padre entre muchos otros automóviles parados, hacia ese precioso edificio blanco donde ahora, por lo visto, vivía mamá, y los dos cochecillos en su bolsillo: uno nunca sabía cuándo surgiría una oportunidad de acabar la estupenda aventura de sus dos héroes.

Si algo le gustó a Juanito de ese edificio eran sus espacios enormes, siempre llenos de gente tan diferente que iba de un lado para otro… Un poco como uno de esos sitios grandes repletos de comida y miles de cosas más donde mamá iba a comprar lo que quisiera y lo conducía en el carrito de la compra por los inmensos pasillos con su picarona sonrisa. Aunque aquí la gente hacía menos ruido, cosa que Juanito agradeció en el alma mientras alcanzaban el gran ascensor: papá andaba demasiado sensible… Esto del divorcio era algo tan feo; pero mamá lo solucionaría. Mamá siempre solucionaba todo. Y en cuanto viera las rosas que le llevaba papá, volvería para casa enseguida.

Mamá los esperaba en una cama estrecha, en una habitación pequeña y decepcionante, junto a una curiosa cortina blanca. Pero nada importaba: corrió, subió con la ayuda de su padre a la cama; madre e hijo se abrazaron.

—Jo, ¿cuándo vuelves a casa? Tienes mala cara. Seguro que tampoco comes bien…

—Cuánto te echaba de menos, Juanito. Nunca olvides que te quiero mucho. Mucho mucho. Vas a obedecer siempre a papá, ¿verdad?

—Sí, y a ti también. Tienes que volver, mamá. Sin ti estamos muy tristes.

Papá estuvo llorando…

Mamá le tendió una mano a papá y les ofreció otra sonrisa.

—Hay cosas que no pueden ser, Juan. Me quedará aquí bastante tiempo. No creo que pueda volver a casa. Tú y papá tendréis que acostumbraros…

Hubo un ruido extraño. El niño levantó la cabeza: una chica de blanco corría la cortina, tras la cual un hombre dormía en otra cama igual a la de mamá, con un pie levantado y un aspecto bastante ridículo, disfrazado como iba de momia, igual que en las películas.

Y, por fin, las palabras de Pedro cobraron sentido: mamá se divorciaba de papá para casarse con ese extraño hombre.

Ejemplo 2. Narrador en segunda persona y presente. Omnisciente.

Hoy es otro día más, Juanito. Tu papá te lleva al hospital, mamá está malita y no sabes qué le pasa. Pero papa siempre dice que se curará, así que no te preocupas demasiado. Al fin y al cabo, papá siempre lleva razón y sabe todo lo que se debe hacer. Tienes dos cartuchos de la Gameboy en el bolsillo, por lo que en cierto modo deseas que acabe pronto la visita, para estrenarlos. Aunque ta mbién deseas ver a mamá. El hospital te intimida, todo el mundo está muy serio, nadie ríe y hay gente que llora. Sabes incluso que hay gente que muere allí dentro, por lo que el lugar te da algo de repelús.

Mamá está muy mustia, tiene varios tubos conectados, parece casi un monstruo de tu último videojuego. Le das un beso, pero ella duerme. Papá está raro, tiene los ojos rojos, casi húmedos. No dice nada, y todo esto te preocupa. Pero no mucho, porque papá dice que todo está bien. Y si papá lo dice, es que es verdad. Cuando sales de la sala, conectas el Gameboy y disfrutas los cartuchos. No te preocupa nada, nadie te ha dicho que ésta ha sido la última visita a tu madre.

Ejemplo 3. Narrador en segunda persona y en futuro. Omnisciente.

Iremos al hospital a las ocho, poco antes de que acabe el turno de visitas, pues no quiero que permanezcas mucho tiempo allí. Verás a tu madre en la cama, moribunda, aunque tú no sepas que va a morir. Pero yo sí, y aún así tendré una sonrisa para ti en todo momento. Resultará duro leer la resignación en sus ojos, como ya pude hacerlo estos días pasados, pero te diré que las drogas la hacen tener esa extraña expresión en los ojos. Me mirarás confuso (quizás no sepas ni lo que son las drogas) pero no diré nada. Te dedicaré la mejor de las sonrisas mirándote a los ojos, incapaz de hacerlo a los de tu madre, y cuando marchemos, al poco de llegar, algo de su mirada se habrá instalado en la mía.

Ejemplo 4. Narrador en primera persona y pasado. Parcial.

Aquella mañana llovía mucho. Mi papá me despertó temprano porque teníamos que ir a visitar a mamá. No era la primera vez que lo hacíamos, pero papá insistió mucho en que me pusiera guapo y me ayudó a vestirme como aquella vez que fuimos a la iglésia y mi tía Mari, que iba vestida de blanco como las princesas de los cuentos, tiró aquel ramo de flores desde las escaleras. Me dijo que era muy importante que me portase bien ese día, y cuando lo hizo se puso tan serio y le brillaron tanto los ojos que le prometí que lo haría.

Subimos al coche en el garaje y yo me puse a jugar con mi muñeco de espíderman hasta que papá me dijo que ya habíamos llegado. Bajamos corriendo del coche para no mojarnos y fuimos hasta un mostrador, donde mi papá le enseñó una tarjeta a una señora vestida de médico, que le dijo que podíamos subir y que el horario de visitas acababa a la hora de comer. El ascensor era mucho más rápido que el de mi casa, y en el tercer piso subieron dos señores vestidos de blanco empujando una camilla en la que había un viejo que gritaba cosas muy extrañas. Se parecía a uno de esos vampiros que salen en las películas de miedo, y yo me escondí detras de la pierna de papá y me apreté fuerte. Me cogió en brazos y yo me sentí mejor, pero aquel hombre seguía gritando, y cuando bajamos del ascesor y se cerraron las puertas sus gritos seguían dandome miedo.

El hospital era un sitio horrible. Olía raro, todo el mundo parecía triste y las enfermeras siempre estaban tan serias que me preguntaba si no estarían todas enfadadas. Cuando llegamos a la habitación de mamá la tía Mari estaba llorando. Su marido, el tío Júlio, miraba a la cama muy fijamente y hablaba con un médico en voz baja. Los dos dejaron de hablar cuando papá y yo entramos. Todavía me llevaba en brazos. Cuando ví a mamá daba casi tanto miedo como el señor del ascensor.

Estaba muy blanca y delgada, y había unas manchas oscuras debajo de sus ojos. Se movía como si estuviera muy cansada. Como si quisiera dormir durante mucho tiempo. Tenía cables transparentes saliendo de sus brazos, y una máquina que hacía «bip, bip» al lado de la cama. Mi tía Mari me cogió en brazos. Ya no lloraba. Me bajó al suelo y dijo que saludara a mi madre, y yo obedecí. Había prometido ser bueno.

Me acerqué a ella. Me miró, y a pesar de su aspecto supe que seguía siendo mi mamá. Le dí un beso en la mejilla y ella sonrió muy debilmente. Parecía tan cansada… Me acarició la cara con una mano esquelética y susurró algo. En ese momento llegó una enfermera, saludó al chico de la pierna rota que compartía habitación con mi mamá y le dio a ella unas pastillas. No tardó en dormise. Entonces la enfermera nos dijo que nos marcharamos. El tío Júlio y papá hablaban en voz baja a mis espaldas mientras la tía Mari me llevaba de la mano al pasillo.

—¿Lo sabe el niño? preguntaba Júlio.

No. Es demasiado pequeño para comprenderlo.
Pero yo solo pensaba en mi mamá, y las palabras que me había susurrado:

 

Adiós, mi niño. Sé fuerte y no tengas miedo a nada. Yo siempre estaré contigo.

Ejemplo 5. Narrador en primera persona y en pasado. Parcial.

Recuerdo aquel día, el último día que vi a mi madre. Mi padre llevaba las dos últimas semanas durmiendo, noche sí, noche no en el hospital; las noches que no dormía en casa me iba con mis tíos. Yo era pequeño, pero no tonto: mi tía sonreía mucho, demasiado: incluso mi tío, algo hosco, trataba de hacerme fiestas, me traía regalos y chucherías. Ambos guardaban un silencio incómodo cuando les preguntaba por mamá, y luego me decían siempre lo mismo. «Mamá está en el hospital, vendrá pronto, no te preocupes».

Mentían.

Mi padre no podía disimular como ellos. Llevaba una semana sin apenas hablar. Caminaba envarado, parecía mucho más viejo y, cuando creía que no podía oírle, lloraba entre susurros.

Aquel día, el último día que vi a mi madre, nos levantamos muy temprano para ir al hospital. Nunca antes me había levantado a esa hora; ni siquiera pensaba que el mundo existiera a esas horas. Cuando salimos a la calle fría, húmeda de rocío, soñolienta de brumas, un tímido amanecer se abría paso en el cielo, rasgaba en tiras sanguinolentas las nubes. Todo parecía extraño, distinto, bajo aquella luz cobriza.

Había ido media docena de veces al hospital en el último mes. Me daba miedo, angustia: demasiado calor, demasiada luz, demasiada gente.

Caminamos, cogidos de la mano, por pasillos blancos, sobre suelos de baldosas blancas, entre gente con ropas blancas, bajo techos blancos; la mano de mi padre estaba fría, húmeda, me apretaba con fuerza como si temiera que fuera a perderme, como si fuera yo el que le guiaba por entre la blancura.

La habitación de mamá era la 212. Aún me acuerdo del número. Capicúa, dijo papá la primera vez que vinimos a ver a mamá. Antes de acercarme a la cama de mamá tenía que pasar junto a la de una señora mayor, famélica, olorosa a ancianidad, que siempre dormía. Me daba miedo: me recordaba a las brujas de los cuentos, pero trataba de que no se notase.

Mamá se estaba despertando cuando llegamos. Estaba pálida, ojerosa; su pelo negro, sus ojos negros, brillaban, pero en sus pupilas el fulgor titilaba, no era tan firme como antes.

Me acarició la cabeza, sonrió: estaba guapísima a pesar de todo. A pesar de los tubos transparentes en sus brazos, en su nariz; la abracé con fuerza, porque tal vez yo podría ser un niño, pero no era tonto, presentía que era el último abrazo que podría darle, presentía la muerte sin que nadie me hubiera explicado qué era la muerte.

Una enfermera entró en el cuarto, habló con mi padre en voz baja. Apenas recuerdo dos palabras de aquella conversación. Palabras extrañas.

‘Quirófano’, ‘anestesia’; no sé si las recuerdo, o si las he soñado después.

Mi padre le dio un beso (un último beso) a mi madre, le apretó la mano con una sonrisa que yo sabía falsa. Otra enfermera entró en la habitación y mi padre me sacó casi a rastras de allí, ignoró mi llanto, mis súplicas.

‘Te quiero, mamá’, dije por última vez en la puerta.

11. Bibliografía.

A continuación se referencian las siguientes lecturas recomendadas:

1) Técnicas y Temas del Oficio (Colección Taller de Escritura), Ed. SALVAT.

2) El lenguaje literario, Teoría y Práctica (Fernando Gómez Redondo), Ed. EDAF.

3) La novela (Roland Bourneuf, Réal Ouellet) Ed. ARIEL.

4) Cómo se escribe una novela (Silvia Adela Kohan) Ed. CÍRCULO DE LECTORES.

© 2004, Zaral Arelsiak, José María Bravo, Óscar Camarero, María de los Ángeles Flores, Israel Sánchez. Publicado bajo licencia Creative Commons Atribución-No Comercial-No Derivadas 3.0 Unported.