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19 de septiembre

Acabo de instalarme en un piso de alquiler, ése que encontré anunciado en el periódico. Es un edificio de siete plantas, destartalado y algo cochambroso, aunque de aspecto tranquilo. No me ha dado tiempo a ver a mis vecinos de planta, aunque he a algunos de los demás inquilinos: niños correteando por las escaleras, sucios y llenos de mocos, mujeres malhumoradas y hombres de aspecto cerril.

¿Cómo podría ser de otra forma, viendo dónde viven? No me queda más remedio que vivir aquí de alquiler por el momento, hasta que consiga más dinero.

Soy escritor, un buen escritor… eso es lo que digo para alentarme. Un editor me ha dado esperanzas sobre la publicación de un par de mis obras, una colección de relatos y una novela corta. Me ha encomendado un trabajo al que sólo he accedido por dinero y la promesa de que, al cumplir satisfactoriamente con él, discutiríamos la publicación de mis obras.

El trabajo en cuestión es un borrador de una novela, el cual compró a un afamado escritor –cuyo nombre omitiré– por una suma nada despreciable. Y para sorpresa del editor, no está completo. Desesperado, el editor ha recurrido a mí para completarlo, con vistas a tenerlo preparado para la campaña navideña. Tengo poco tiempo, pero me juego mucho en esto.

Así que he aceptado y aquí estoy en esta desconocida ciudad y en este piso recién alquilado. He cargado los pocos bultos con los que últimamente deambulo de aquí para allá y los he dejado en el pequeño salón. Ya arreglaré el equipaje luego.

Tengo una pila de títulos del dichoso autor –maldito sea– en formato bolsillo, una buena botella de whisky y mucha ilusión. Me pondré a leerme las novelas y trataré de asimilar su estilo. Digo yo que retomaré el borrador pronto, dentro de una semana.

Escribo ahora en el diario, como cuando era pequeño, impulsado quizás por la soledad. Me vendrá bien escribirlo para sobrellevarla. Bien, lo dejo por hoy. Me queda mucho que leer aún.

21 de septiembre

Poco he podido leer estos últimos días. Maldita sea. Los vecinos de arriba, los del quinto, no han dejado de importunarme. ¿De qué forma? Digamos que “demostrándose su amor”, cómo decía una antigua novia que tuve en el instituto, la muy estúpida. Deberían comprar un colchón nuevo, los muelles no paraban de quejarse. Maldita sea, llegaron a ponerme nervioso con tanto achuchón. Dejé la lectura y me puse a escucharles, atento a su concierto de exclamaciones y sollozos. Tentado estuve de masturbame, incluso. A ver si se cansan y me dejan tranquilo.

23 de septiembre

Nada, que no se cansan. Llevo dos días sin poder leer por las noches, así que me acuesto temprano con tal de no oírles. Dios, qué cruz.

27 de septiembre

Por fin. Varias noches de paz, se cansaron al fin de tanto exceso nocturno. He conseguido acabar el resto de las novelas, me he releído unas tres veces el borrador y creo que sé cómo enfocar el desenlace que le falta.

Desenlace que creo apropiado, aunque no negaré que me resisto a poner todo mi arte en él. Me siento algo asqueado con el trabajo. No me parece limpio, eso es todo: me parece que estoy, de alguna forma, prostituyendo mi talento con tal de ver publicadas mis obras. Vaya metáfora.

28 de septiembre

He escrito ya cerca de seis folios y mi trabajo realmente marcha. Los de arriba no me han molestado mucho, algún que otro escarceo, pero eso es todo.

Hoy me visitó la vecina de enfrente, por si necesitaba algo. Desconfía de mí, según parece… ¡le debo parecer rarísimo, aquí sólo en el piso! Creo que las mujeres desconfían de los hombres que parecen autosuficientes. Vaya broma.

Ojalá pueda irme pronto de aquí. Un mes, espero –¡ansío!–, como mucho, y terminaré mi obra. El libro estará listo para Navidad, “a punto de la suculenta campaña navideña”, como me dijo el editor. Bastardo. Es un maldito chupasangre, le importa poco el estilo o la calidad de lo que publica, sólo las cifras de ventas y los beneficios. Me parece que no conoce números inferiores a cuatro cifras. Pero no me queda otra que seguirle el juego. Y resulta que la novela del dichoso autor me saca de quicio: el borrador es burdo, parece el de un principiante. Le han encumbrado y ahora sólo necesita teclear un párrafo para que comience a sonar la caja registradora. ¡Qué vida ésta! Y, entretanto, los escritores noveles se mueren de hambre, esperando ansiosos la menor oportunidad para que les publiquen sus escritos en algún lado, aunque sea en un bote de sopa.

3 de octubre

Maldita sea. Han vuelto a las andadas. Y de qué forma. Ahora, en vez de arrullarse y sudar enzarzados, se gritan a cada momento y discuten a la mínima. Hoy mismo me han fastidiado, y de que forma. Hasta el punto de que tirado a la papelera todo lo que había escrito hasta ahora. Cogí una escoba rota y golpeé con furia el techo. Soez remedio, de acuerdo, pero funcionó: se callaron los malditos. No he podido recuperar la concentración desde entonces; me puse a escribir en el diario para relajarme. Pero creo que lo dejaré por hoy. Mañana será otro día.

18 de octubre

¡Vaya, cómo pasa el tiempo! Todos estos días los he podido dedicar tranquilamente a escribir, ya que los vecinos de arriba parecen haberse calmado. Una tormenta pasajera. Ayer terminé el borrador, ahora lo estoy mecanografiando y repasando. Calculo que tardaré unas dos semanas en terminar. Bien, calma, aún tengo tiempo. El editor me dio de fecha límite hasta mediados de noviembre. ¡Animo, hombre, que te queda poco para ser profesional!

20 de octubre

De nuevo se están gritando. Acabo de escuchar algo romperse, se habrán tirado un jarrón o algo así, como en las películas.

Por lo visto al marido le da por venir a las tantas muchas noches, y creo que no muy sobrio. Ella le recrimina y se ponen a chillar a toda voz. Una pareja idílica, sin duda. Creo que me quedaré soltero.

22 de octubre

Los del quinto siguen igual, aunque yo al menos me voy acostumbrando. ¡Me queda poco para acabar! Mecanografío y repaso el texto a un ritmo que a mí mismo me sorprende. Tengo que descansar cada dos o tres horas, me empieza a doler el cuello y se me quedan agarrotados los dedos.

Esta mañana, cuando subía con la compra, subí en el ascensor con un vecino que iba al quinto; no estoy seguro, pero creo que es él. Era un hombre fortachón, gordo y barbudo. ¡Ahora entiendo porqué crujían tanto los muelles! Traté de increparle con la mirada, pero lo único que hizo fue eructarme en plena cara sin mucho reparo. Vaya tipo.

29 de octubre

¡Por fin! ¡Sí, terminé! No me lo creo ni yo mismo. Es de madrugada y me resisto a dormir. Estoy alborozado y dudo que pueda conciliar el sueño. Me he servido un buen whisky. Creo que me emborracharé para celebrarlo. He leído por encima la novela y estoy muy satisfecho del resultado. Sin duda, le encantará al editor.

Veré “mi novela” en los grandes almacenes y librerías esta maldita Navidad. Y pronto, la mía propia. ¡Sí señor, por fin! Una editorial de las buenas, con una tirada de cuatro cifras… basta de promesas falsas, de concursos literarios para aficionados.

Hombre, mira qué curioso. Los de arriba la están armando buena ahora. Acaba de llegar el borracho de otra correría nocturna, y se están tirando los trastos. ¡Seguid, seguid! Les jaleo para que sigan. A ver que se dicen…

“¡Borracho!” le grita ella, llorando, “¡Puta, estúpida, déjame en paz, vete con la vaca de tu madre!” le responde él con dificultad.

Qué perra es la vida. Yo, aquí, tan contento, y ellos arriba, mandando a pique su matrimonio. Me sentiré mal luego, pero ahora sólo me entras ganas de jactarme y reír.

Más tarde…

Los efectos del whisky se me han ido de golpe. Me sudan las manos, respiro con dificultad. Estoy nervioso, muy nervioso. He de serenarme.

Maldita sea… aún no doy crédito a lo que ha ocurrido.

Lo pondré por escrito: si no ordeno mis pensamientos, creo que me volveré loco, aunque puede que ya lo esté.

Fue una sorda detonación. Un disparo de escopeta, creo; retumbó atronador en medio de la discusión, sellándola con un macabro epitafio.

Estaba en la cocina, poniéndome hielo en el vaso, cuando escuché el estampido de la escopeta. Solté el vaso, petrificado, cortándome en el pie con los cristales rotos.

Escuche al hombre de arriba llorar y gemir desconsoladamente, llamando a voces a su mujer. “¡María! Oh, Dios, no…”. Luego, paralizado, con el frío tacto del vidrio dentro de la herida, escuché con atención.

Sonaba como una escopeta al cargarse, lenta y concienzudamente. Abrí mucho los ojos, pensé en hacer algo, una arcada me revolvió el estómago… y un segundo disparo me hizo gritar y tambalearme. Me caí al suelo y vomité el whisky.

Me vestí a toda prisa, me lavé de la cara los restos del vómito y traté de serenarme.

¿Qué hacer? ¿Llamaba a la policía? No me era posible, no tengo teléfono. Decidí avisar a mi vecina.

Llamé a su puerta imperiosamente.

–¡Abran, deprisa! ¿Es que no lo han oído?

Una señora con rulos, ojeras y una bata ridícula me abrió la puerta tras un buen rato aporreando la puerta y el timbre.

–¡¿Qué quiere?! Ha despertado a mi marido y de seguir así, a todo el bloque. ¿Qué ocurre?

–Pero –le espeté furioso– ¿es que está sorda? El vecino de arriba, el del quinto, ha disparado a su mujer y luego se ha suicidado. ¡Habría que estar sordo para no haber oído nada!

La mujer me miró confundida y se quedó pensativa. Un hombre corpulento y velludo en pijama apareció detrás de ella, malhumorado.

–¿Qué horas son estas de llamar? ¿No le da vergüenza? Y como vuelva a gritarle a mi mujer, le parto la cara, mamarracho.

–¿Usted tampoco lo ha oído?

–¿Qué demonios tendría que haber oído? –me dijo, exasperado.

–¡El disparo, maldita sea! La escopeta… por amor de Dios, ¿es que no lo ha oído nadie?

La vecina de al lado abrió la puerta y salió al descansillo, ataviada de otra bata más horrorosa aún, con el pelo en desorden y con gesto desabrido. “Al fin” me dije. “Ella lo habrá oído”

–¿Lo ha oído usted, verdad?

–¡Lo único que he oído es cómo gritan, aparte de esa maldita máquina de escribir con la que teclea sin cesar!

La mujer del tipo corpulento me preguntó súbitamente, como inspirada:

–A ver, dígame, ¿de dónde vino el ruido?

–Ruido no, señora… ¡disparo, un disparo!

–Lo que sea –convino–. ¿De dónde? –volvió a preguntar con impaciencia.

–Del piso de arriba. Sí, el que está justo encima del mío.

La mujer, su marido y la otra vecina me miraron en silencio, como se mira a los locos.

–¿Pero es que no sabe que ese piso lleva vacío tres años? Después de la muerte del matrimonio que vivía allí los hijos no se han puesto de acuerdo con la herencia. Hay mucho abogado de por medio.

Eché la cabeza hacia atrás, parpadeando aturdido al oír la noticia. Aún sin rendirme, conjurando cientos de hipótesis en un segundo, volví a preguntarle:

–¿Murieron los dueños?

–Ya le he dicho que sí.

–¿Y no mataría el marido a su mujer de un disparo y luego se suicidaría?

–Oiga, ¿qué insinúa? ¿Está loco? La mujer murió de cáncer y él murió dos años después. Váyase a dormir, hombre, o llamaré a la policía.

Volví a mi piso, avergonzado, y aquí estoy desde entonces, terriblemente nervioso. Me he tomado un par de tranquilizantes y aún espero a que me hagan efecto.

¿Una alucinación, es eso lo que he sufrido? Pero… ¿tan vívida? ¿Tan real? No me queda más remedio que creerlo así. O eso, o estoy de atar.

Creo que tengo fiebre. Ah, ya me hacen efecto los tranquilizantes. Iré… a dormir.

1 de noviembre

Me invade la vergüenza al leer la última anotación del diario. Han pasado varios días y ya voy olvidado la “nochecita”.

Mis vecinos me miran de soslayo al verme pasar y susurran nada más me doy la vuelta. Al parecer se ha corrido la voz de que estoy loco.

Qué locura. ¿Sería la bebida? ¿Estaré realmente loco? ¿Tal vez esquizofrénico? Leí en alguna parte, creo que en una revista científica, que uno de los rasgos de la esquizofrenia eran las alucinaciones, de cualquier tipo, visuales, táctiles, olfativas, gustativas… y auditivas. De todas formas no soy psiquiatra.

No contento con estas explicaciones, fui ayer al piso de arriba. Llamé a la puerta. Nada. No había nadie, por supuesto.

Comprobé que era cierto todo lo que me había explicado mi vecina del piso. Incluso reparé en un cartel de “Se vende” en la fachada, con un teléfono en números rojos. Llamé interesándome por el piso y un hombre de una agencia inmobiliaria me atendió amablemente.

Quedé con él para ver el piso. Me dejó un rato para que echara un vistazo. El piso estaba sucio, lleno de polvo y olía a encierro, pero eso es todo. Le di las gracias al hombre y le dije que me lo pensaría.

¿Es que mi imaginación sigue tan vívida como cuando era niño y conjuraba horrores en cada sombra y ángulo de mi cuarto? No lo sé… Entonces creía ver cosas, pero nunca oí voces. Quizás vaya al médico pronto.

6 de noviembre

Ahora me río del incidente que tanto me ha traído de cabeza estos días. ¡Y no es para menos! Me siento feliz y rebosante de gozo.

Estoy en un hotel de la ciudad. Aún no me he llevado todas las cosas del piso, pero lo haré mañana mismo. El editor me llamó ayer por la noche para felicitarme. Le entregué el borrador hace dos días… ¡y le ha parecido excelente mi trabajo! Estaba entusiasmado. El tiempo que ha tardado en leerlo se me ha eternizado.

“¡Un éxito, sin duda! Se venderá muy bien” me ha dicho muy contento. Me adelantó la mitad del pago por mi trabajo y me confirmó la publicación de mis obras, dándome fecha, incluso, de la primera galerada.

Con el dinero he pagado esta habitación de hotel, harto ya del piso de vecinos. Con un poco de suerte, no volveré a vivir en ninguno.

Bien, esto hay que celebrarlo. Dejaré de escribir en este diario (me veo tentado a tirarlo, sobre todo por los desvaríos que he escrito en él, pero no me decido a hacerlo) y me iré a cenar a un buen restaurante.

10 de noviembre

El otro día fui a por mis cosas del piso alquilado. Las fui metiendo en las maletas y metiéndolas en el maletero del taxi. Cuando subía a por la última maleta y a dejarle la llave a la vecina, me crucé en el ascensor con un hombre delgado que se esforzaba en subir una maleta grande de cuero, demasiado pesada para él.

Le dije animado:

–¿De mudanza también, eh? Déjeme que le ayude.

–Gracias, buen hombre –me respondió afablemente.

–¿A qué piso?

–Al quinto.

Subimos en el ascensor. Entonces reparé en que había olvidado que yo debía detenerme un piso antes. “No importa”, me dije.

El hombre me volvió a dar las gracias y entabló una breve conversación conmigo.

–…hemos comprado la casa hace poco, y nos servirá por el momento de “nido de amor” a mi mujer y a mí. Estamos recién casados, ¿sabe? Aunque espero que podamos mudarnos a otro piso con el tiempo. Ah, aquí es, hemos llegado.

Una sospecha se abrió paso en mi mente como un cuchillo. Maquinalmente, le ayudé a sacar la maleta, mientras él me sostenía la puerta del ascensor.

Una mujer rubia y apuesta, aunque algo entrada en carnes, aguardaba en la puerta del piso. Sí, de aquel piso.

–Hola, cariño –le dijo–. Gracias de nuevo. Pero deje, ya me encargo yo. No se preocupe. Oiga, ¿le ocurre algo? ¿Por qué está tan callado? –extendió su mano para tocarme el hombro, y grité, soltando bruscamente la maleta.

Ésta cayó al suelo y se abrió, desparramando su contenido. De él asomó una escopeta, de las de caza mayor, en una funda de cuero.

Señalé el arma, espantado.

–¿Es por el arma? Tranquilícese, soy cazador, ¿sabe? Pero… ¿qué le pasa? ¿Está enfermo?

Solté un alarido y me abalancé escaleras abajo, olvidando mi propia maleta. Me metí en el taxi y le apremié a que me llevara a mi hotel.

Desde entonces no he podido dormir mucho.

© 1 de febrero de 1999, José María Bravo

Sobre este texto:

Este relato se publicó en el n.º 2 del fanzine vallisoletano “El Centinela”, allá por 1999. A raíz de su publicación en Los Manuscritos Perdidos de Óscar Camarero, Jonathan Blanca, un director malagueño de cortos, se interesó por él y se puso en contacto conmigo. Quería permiso para filmar un cortometraje basado en el relato, y como es lógico acepté. Lamentablemente no conservo copia del mismo, aunque he podido encontrar un trailer del mismo en el canal de Youtube de su director:

Y ahora he de hacer una una confesión aquí que estaba deseando hacer desde hace algún tiempo: este relato es un calco, plagio o una copia descarada —elegid, por favor– de un capítulo de una serie de TV que vi cuando era pequeño. No lo hice intencionadamente, aunque poco importa. El caso es que me di cuenta un tiempo después de haberlo escrito, ya publicado en un fanzine (El centinela, de Valladolid).

La serie de Tv en cuestión se emitió en España por 1984 (tendría 8 años, a lo sumo) con el título “Misterio”. He investigado para averiguar datos de esta serie, y gracias a IMDB.com y Youtube he podido comprobar que la serie se llamaba, originalmente, Hammer House of Mystery and Suspense en el Reino Unido, y Fox Mystery Suspense en Estados Unidos.

El capítulo que —insisto, señoría, fue inconscientemente— plagié fue el sexto de la primera y única temporada. Se titulaba “Poseídos”, “In Possession” en versión original.

Tenéis más datos de la serie en este enlace de Abandomoviez.net.net y en Imdb. Y para postre, el capítulo en cuestión (son varias partes) en Youtube: