Ya atardecía cuando los cazadores volvían a la aldea después de una dura jornada. Habían abatido a dos venados, que colgaban inertes de los largos palos con los que transportaban las reses. De aspecto salvaje y feral, los kaan’dra de la tribu Garra Roja pintaban su áspera y cenicienta piel de tonos ocres, pardos y rojizos, dibujando raros y complicados diseños. Numerosas eran las cicatrices que surcaban sus duros cuerpos, cubiertos con pieles de lobo y oso que lucían con orgullo, al igual que los muchos brazaletes de cobre, dientes y collares de hueso que les adornaban. Lanzas con puntas de cobre, garrotes de piedra y arcos de madera, tendones y tripas eran sus armas. Junto a ellos, olisqueando ávidamente la tierra helada, iban cuatro lobos de plateado pelaje.

En su vaso escenario, el paisaje mostraba las altivas e inalcanzables cumbres de las montañas, como misterios y silentes vigías ocultos tras velos de niebla, que el sol tintaba de sangre en su agonía. Fragoso y quebrado, en el yermo paraje sólo agarraba la tundra y ocasionales arbustos bajos y retorcidos. Un viento frío, denso y cortante, descendía de lo alto como un aviso.

El grupo bajaba por una ladera de inclinada pendiente, en cuya parte inferior se adivinaban entre la húmeda y espectral neblina las colosales copas de los árboles. No demasiado espeso, el bosque abrazaba protector al poblado.

De los seis cazadores, el más joven andaba rezagado del resto. Algo más alto, negro el pelo y verdes los ojos, su caminar grácil y sigiloso y las férreas y feroces facciones le hacían parecer tan temible como sus más avezados compañeros. En su vientre, tres largas cicatrices, aún recientes, le identificaban como guerrero de pleno derecho de la tribu. A la espalda, a una correa de cuero sujeta, se veía una lanza corta de punta aserrada. Una daga, ceñida al muslo izquierdo y un hacha amarrada a la cintura completaban su arsenal. Todos los demás llevaban arco, pero Urmain Dasgort prefería la lanza.

—Casi hemos llegado, muchacho. Apresúrate —le dijo Snorog, el jefe de la partida. Delgado y fibroso, duro como un reseco trozo de cuero, miró impaciente a Urmain. Del cuello del viejo cazador pendían muchas falanges atravesadas por un tosco bramante, de cada uno de los muchos enemigos que diera muerte en las guerras tribales en las que había participado. Tras abandonar al muchacho, su mirada pareció perderse en la distancia. Descollando de los árboles, torcida y poco visible a resultas de la niebla, aparecía una inequívoca y ominosa señal.

—¡Mirad! —rugió, alarmado—. ¡Allí hay humo, negro y abundante! Algo le ha ocurrido a nuestra aldea… —como contestándole, de los árboles próximos emergieron más de una decena de hombres, pisando las tierra helada con decisión. Más bajos y gruesos, con la tez clara y levemente rojiza, los guerreros vestían gruesas pieles y petos de cuero. El rubio, casi albo pelo, caía por debajo de los cascos; frondosas barbas poblaban sus caras. Se dispusieron en semicírculo alrededor de los cazadores y sus lobos; los del centro avanzaron presurosos, mientras que los de cada extremo tendieron sus arcos, prestos a disparar.

—¡Suaros! Esos perros han asaltado nuestro poblado —declaró Snorog, airado. Como el resto de sus hombres, sacaba el arco dejando caer la caza. Antes de que pudiera engastar la primera flecha, otra enemiga se enterró en su pecho. Sin proferir queja alguna, el jefe cayó a tierra herido de muerte.

—¡No os agrupéis! ¡Seremos un blanco demasiado fácil! —bramó el segundo de Snorog al disparar su arco. El dardo se quebró sobre el metal de uno de los cascos. De los atacantes, únicamente dos habían caído atravesados por las flechas kaan’dra; en cambio, ya tres cazadores y uno de los lobos habían perecido en el intercambio de proyectiles.

Acercándose, los barbudos y cruentos incursores forzaron el cuerpo a cuerpo. Empuñaban largas espadas de hierro, hachas de recia hoja y contundentes garrotes, embrazando redondos escudos forrados de piel. En el elevado terreno, sobre la escasa nieve que lo cubría, se desarrolló el combate. Mejor armados, más numerosos, la victoria era de los suaros.

Urmain acometió al próximo, aprovechando el distraído flanco que le ofreció su oponente, ocupado en repeler las fauces de uno de los lobos con su escudo. Con todas sus fuerzas, le hundió la lanza en el costado. Asiendo el asta del arma que le hiriera, el suaro se derrumbó. El lobo se cernió sobre él, desgarrándole la garganta y tiñendo de púrpura la nieve. Tomando el hacha en la diestra y la daga en la siniestra, Urmain se enfrentó a su segundo enemigo; éste, preparado contra el bravo aunque inexperto Garra Roja, paró con el escudo su poderoso hachazo y le asestó un tajo de espada al hombro derecho. El filo le alcanzó casi de lleno, desgarrándole el manto de piel y cortando profunda aunque sesgadamente su carne. Un vivo dolor estremeció su brazo, donde comenzó a notar la calidez de la sangre al fluir. Su brazo entumecido fue incapaz de sostener el hacha y ésta resbaló de sus dedos.

Sonriente, el guerrero de espesa barba anillada desdeñó su destrozado escudo, sajado por el golpe de hacha, para agarrar con ambas manos su espada y descargar un terrible hendiente a Urmain. Rodando por el suelo, éste evitó la muerte y le clavó la daga a su enemigo en la rótula. Chillando de dolor y tambaleándose sobre la pierna herida, el suaro trató de atravesarle con su espada, más no pudo hacerlo: el joven kaan’dra le tiró al suelo, donde le apuñaló repetidamente hasta la muerte.

Urmain, tembloroso, se levantó todo lo rápido que pudo; su brazo derecho colgaba inerme e inútil a su costado, con la sangre fluyendo desde el feo corte del hombro. Con la daga manchada de la vida de su adversario, comprobó horrorizado cómo el último de sus compañeros moría, abierto su cráneo de un mazazo. Todos ellos, junto a los lobos, yacían muertos, mutilados y tintos en sangre. De los asaltantes quedaba media docena en pie. Sus gritos de alarma resonaron en los oídos de Urmain, que huyó montaña arriba a toda prisa. Una flecha silbó cerca de su sien, otra se astilló contra un saliente rocoso y la última le alcanzó en una pierna. Por suerte, su punta había entrado poco y de soslayo en la parte posterior de su muslo. Arrancándose la flecha, pese a la agonía, renqueó como pudo hasta el final de la pendiente. Menos pronunciado ahora, el desolado páramo subía hacia el Este, entre las montañas que cubrían de sombra el valle. Jadeando, observó las cúspides gemelas de dos montañas bajas al Norte, y hacia allí dirigió su torpe y vacilante caminar. Los cuernos de sus perseguidores, graves y roncos, bramaban con fuerza.

La noche derrotó al día y el sol se hundió en rocoso y helado sepulcro, mientras la luna, como un argénteo ojo, lucía en el cielo con palidez. Afortunadamente, los kaan’dra veían casi a la perfección con tan sólo la claridad de la luna, de forma que Urmain caminaba seguro por el peñascoso terreno. Las faldas de los picos dobles, escabrosas y casi desnudas de toda vegetación, se resistían a que el muchacho las coronara. Seguía dificultosamente una vereda al pie de las cimas, sombrías y amenazadores desde su altura. Prácticamente sin aliento, se desplomó sobre sus rodillas. Su entrecortado resuello arrojaba largas vaharadas, que ponían de manifiesto el frío que reinaba en aquellas alturas. No podría trepar por los afilados riscos en su actual estado. Con algunos jirones del manto, improvisó vendajes para la pierna y el hombro; ya no sangraba, aunque había perdido suficiente sangre cómo para sentirse débil.

Sus esperanzas de haber burlado a los suaros desaparecieron con el brillo de sus teas, el ladrido de los perros que husmeaban su rastro y el rumor de su avance. Parecía que los perseguidores traían refuerzos; rastrearle con perros habría sido fácil, con la sangre reciente marcándoles el camino.

Estaban peligrosamente cerca, y le atraparían pronto, muy pronto. Desesperaba, cuando la aguda vista del montañés entrevió una salida. Allá, en la pared de agrietada roca, podía verse a duras penas una fisura poco más ancha que su brazo extendido. No había reparado antes en ella, pues una maleza marchita y espinosa la cubría casi por completo. Luchando contra la flaqueza y las náuseas que embargaban su maltrecho cuerpo, Urmain se levantó para examinar la grieta. Más amplia de lo que a primera vista pudiera pensarse, se internaba tortuosamente en el interior de la montaña. Retirando como pudo la maleza, arañándose con los espinos, se introdujo en la hendidura.

No conducía a una caverna, o eso creía, puesto que una fría corriente de aire azotaba su rostro. No; en realidad llevaba, tras varias vueltas, a una estrechísima garganta, de bordes afilados como colmillos. Esperanzado, avanzó por ella varios centenares de pasos, hasta que salió a un valle brumoso.

El valle, umbrío, cóncavo y escondido, como un ciclópeo cuenco tallado en el seno de las dos montañas, estaba plagado de zarzales, matorral tupido y árboles bajos y robustos. Mucho más húmedo, el ambiente parecía impregnado de una antigua e inmemorial presencia, como si la muda voz del tiempo llamara desde cada una de las resguardadas peñas. La bruma reptaba silenciosa hasta las rodillas; el murmullo cristalino y confuso del agua era la única nota audible en todo el valle, señalando alguna clase de arroyo que discurría desde las ocultas laderas hasta perderse por secretos cauces. Extrañado, Urmain vagó por el valle, ascendiendo hasta una meseta regular y pedregosa. Una rara familiaridad acompañaba sus pasos. ¿Habitaría o habría habitado alguien aquel ignorado valle? Respondiéndole, una enorme, ahusada y negra roca se irguió a pocos metros de donde se hallaba. Vaga, irregular, alta como tres hombres, la forma del monolito aparecía labrada por el cincel. En la opaca superficie se veían grabados ininteligibles signos, figuras y líneas, sin aparente orden ni concierto.

Acercando una mano a la oscura roca sintió su frío, estremecedor e inquietante tacto, cuya sensación subió por su brazo como una invisible marea. Retirando lleno de asombro su mano, sintió de nuevo aquella inexplicable sensación de familiaridad. Como si su mente recordara haber estado antes en aquel lugar, sin haberlo estado nunca.

Recorrió el perímetro de la meseta y encontró varias piedras similares a la anterior, como callados centinelas del lugar. Hacia el interior de la meseta pisó un suelo embaldosado de grandes y ajadas losas de pizarra. Aquí y allá se diseminaban los escombros por toda su extensión, cubierta del polvo y olvido de los siglos.

En el centro del enorme perímetro, un altar de piedra presidía lo que aparentaba ser un antiquísimo templo. Bajo el altar, y alrededor de él, diversos signos cabalísticos muy desgastados y sin significado para el que los contemplaba constituían un más o menos regular círculo. Mas lo que llamaba poderosamente la atención de Urmain era un pedestal al Norte del altar, en cuya rota base descansaba la deslucida estatua de un enorme lobo, magistralmente tallada en la grosera roca, rajada y llena de grietas por la erosión del viento y la lluvia. No obstante, las trazas del pétreo lobo eran tan vivas que se diría que la bestia podía saltar en cualquier instante de su pedestal. Y en la estatua destacaba una gema roja, veteada de oro, que ardía refulgente en su pecho.

Hipnotizado, cruzó la escombrada planta del templo, rodeó el funesto altar y acarició las facetas del formidable rubí. Mayor que un puño cerrado, su contacto duro y misteriosamente cálido era como el susurro de la lejana memoria. Nebulosos, poco definidos, los recuerdos cobraban forma en las mientes del joven montañés. Y Urmain recordó.

Recordó el origen de su raza, pretérito y olvidado, que se remontaba al mismo albor del tiempo. Los kaan’dra descendían de un pueblo maldito, temido y odiado por todos los demás. Los nardrys, a los que las razas norteñas llamaban los syga–darus (el pueblo siniestro), poblaron los macizos montañosos de las tierras heladas, donde erigieron sus templos de piedra, altivos y terribles, recortándose contra las borrascosas cumbres y alzando un maligno y detestable esplendor. Ya entonces, los antecesores de los suaros y los primeros kaan’dra se llevaban a la greña, odiándose a muerte.

Fieros incursores, antes nómadas, los nardrys habían degenerado bajo el influjo del mal. Adoraban a los Señores de la Oscuridad, rindiendo un culto especial a Drathslarg, el Padre Lobo. Los sacerdotes nardrys sacrificaban a sus enemigos e incluso al primogénito de cada hembra en altares de hosca roca, para hacerse merecedores del favor de su tenebroso dios. Mucha fue la sangre vertida ante las imágenes del dios lobo; tanta, que hubiera llenado el cauce de un río largo y sinuoso.

Drathslarg, complacido, apareció bajo la forma de una encarnación monstruosa, bestial y demoníaca, hombre y lobo a la vez. Apareándose con hembras nardry, el oscuro avatar creó la estirpe de los nararyanai, que en la lengua del pueblo siniestro significaba Vástago, y también, Hijo de la Noche. Los nararyanai, concebidos como semidioses a semejanza del dios lobo, tenían poder sobre bestias y hombres. Alzándose como señores de los nardrys, desplazaron a la casta sacerdotal que les había regido. Con el tiempo sometieron a otras razas, llegando a esclavizar a su propio pueblo, obligándoles a rendirles culto como si fueran dioses.

Siglos de adoración hicieron creer a los nararyanai que eran auténticos dioses. Pero la soberbia de los Hijos de la Noche fue su perdición. En el pecho de los esclavizados sacerdotes el resentimiento ardía como una llama sin luz; en secreto, seguían adorando a Drathslarg, y a él imploraron ayuda. Viendo a la estirpe de Vástagos que había creado renegar de su nombre, el Padre Lobo renegó a su vez de ellos, maldiciéndoles. Negado su poder, los nararyanai fueron derrocados por el pueblo nardry, que se alzó sediciosos contra ellos.

Los pocos Vástagos que sobrevivieron a la furia de Drathslarg huyeron, renegados y malditos hasta el fin de sus días. Los nardrys se escindieron en mucos pueblos, mezclando las estirpes de Vástagos y esclavos, olvidando los templos y degenerando aún más, hundiéndose en el abismo de la barbarie. Sin embargo, en las leyendas kaan’dra todavía se recordaba a los nararyanai como seres míticos, sobrenaturales y de un poder excepcional que sólo era la sombra de los que fuera antaño.

Urmain respiró hondo. Una fina capa de sudor, helada y muy molesta, envolvía su cuerpo. Hormigueando en su cerviz, erizándole el vello, un escalofrío bajó por su espina dorsal. Súbitamente, un intenso dolor le golpeó como una maza y le hizo caer de bruces. Arañó la pizarra en su frenético intento de calmar la agonía que hería sus carnes. La sangre le hervía como agitado océano de lava, el corazón latía desbocado en su pecho. Revolcándose por el suelo, retorciéndose de angustia, Urmain gritó, dolor y rabia saliendo por su garganta. Como al hierro candente en la forja, le estaban moldeando de nuevo. El crujido de los huesos descoyuntados llenaba sus oídos hasta que, tan repentinamente como comenzara, el tormento cesó. Las convulsiones dejaron de azotarle.

Incorporándose, notó que había crecido casi medio paso; sus ropas, desgarradas e inservibles, habían caído a sus pies. Espesas matas de pelo negro le cubrían entero; mirando sin reconocer, vio su brazo musculoso y peludo tendido a su vista, acabado en dedos de afiladas zarpas. En el reflejo de la roja gema pudo observar su nueva faz, alargada, feroz y lobuna. Una ola de fuerza llenaba cada fibra de su ser. Tensando el poderoso y descomunal pecho, alzó sus ojos como brasas hacia el estrellado firmamento y profirió un terrorífico aullido que reverberó audiblemente por todo el valle. La sangre de los nararyanai, diluida en el transcurso de los siglos, corría ahora por sus venas, palpitando iracunda en sus sienes.

Fuera de toda consideración humana, el que fuera Urmain, el horror vagamente antropomórfico en que se había convertido, pudo escuchar los distantes ladridos que señalaban a sus perseguidores. Abriendo una boca llena de agudos dientes como marfileñas dagas, la criatura esbozó lo que asemejaba una siniestra sonrisa… De nuevo, la caza daba comienzo.

 

 

 

El perro de presa agitó la cabeza, alzándola después de oler el rastro. Las finas orejas moteadas de blanco del can captaban algún alejado sonido. Ceñido alrededor del cuello tenía un collar de cuero tachonado de gruesas púas de hierro. Detrás del sabueso, dos hombres bajos y corpulentos, bien armados, venían andando lenta y todo lo silenciosamente que podían. Uno de ellos, en cuyos fuertes brazos había numerosos brazaletes de bronce, llevaba una antorcha de pino alzada y encendida, cuya luz moría en torno a la creciente negrura.

Ari miró nervioso en derredor. Korn, su acompañante, iluminaba con la antorcha el improvisado camino por el que ascendían a la meseta. Enriscada, ruda y neblinosa, la meseta se hallaba en el interior de un ignoto valle oculto por las montañas. Casi no podía explicarse cómo habían llegado a aquel recóndito lugar. Sólo habían pasado dos semanas, pero para Ari todo el cúmulo de los últimos acontecimientos parecía haber ocurrido hace años.

Todo comenzó con el ataque de una aldea vecina a la suya por parte de una tribu kaan’dra. Yngdar, el jefe del clan, pudo rechazarles, aunque a costa de muchas vidas. Mermados, los guerreros del clan Ciervo Bramador pidieron ayuda a sus hermanos de sangre y vecinos del clan León Marino, para vengar a sus muertos. Vydar, el jefe del clan León Marino y a quien Ari le había jurado lealtad como guerrero hacía poco, decidió ayudar a Yngdar, sobre todo ante el temor a que los salvajes incursionaran su propia aldea. Tras descubrir dónde se encontraba el poblado kaan’dra, un contingente de cincuenta guerreros (la mayor parte de ellos del clan León Marino) encabezados por Vydar e Yngdar, se dirigieron hacia él.

Ari participó en la incursión, pese a su juventud y poca experiencia. Su afilada espada de recta, larga y robusta hoja aún era virgen. Para el joven suaro suponían la oportunidad de mostrarse digno del regalo que su padre le hiciera meses atrás, cuando forjó para él la espada que ceñía su cintura.

El poblado kaan’dra estaba a tres jornadas de la costa que le vio nacer. Rodeadas por espeso bosque, la veintena de chozas bajas y toscas, hechas de madera y barro, se apiñaban en torno a un hogar común.

Aún reverberaba en los oídos de Ari el estruendoso clamor del grito de guerra suaro. Embriagado por la marea de muerte que descendía sobre la aldea, Ari gritó también, al unísono de sus compañeros de armas. Los kaan’dra, sorprendidos y muy asustados, trataron caóticamente de responder al ataque. Superados numéricamente, acabaron siendo masacrados por entero, excepto algunos grupos de cazadores ausentes del poblado durante la incursión.

Ari había acabado con dos pieles grises, como despectivamente llamaban los suaros a sus antagonistas desde tiempos más allá de todo recuerdo. El primero, un emplumado kaan’dra armado con un garrote, trató de reventarle el cráneo con un tremendo golpe. Para su desgracia, resbaló con la sangre de un enemigo y su garrotazo resbaló a su vez, ineficaz, en el casco de Ari. Sin mediar tiempo a que recuperara el equilibrio, le asestó un terrible tajo con la espada. El salvaje manchó la tierra con la vida que presurosa huía de su pecho.

Cuando abandonaba el despojo sangriento que fuera su adversario, un fortísimo destello de dolor recorrió su pierna derecha. Uno de los lobos kaan’dra, enjuto, blanco y erizado el pelaje, apresaba la pierna de Ari entre sus poderosas mandíbulas. El cuero endurecido de la greba pudo rechazar los colmillos, mas no lo suficiente como para que no penetraran en la carne. Resistiendo la aguda punzada de dolor, bajó con fuerza la espada y hendió de un solo golpe la cruz del animal, que soltó la presa entre agónicos estertores.

La pierna herida le dolía, pero le permitía aún caminar. Siguió avanzando y buscó a Korn, al que había perdido de vista en la carga contra el poblado. Korn reapareció varios metros adelante, en serias dificultades. Su contrincante, tatuado y lleno de cicatrices, lanzaba furiosos hachazos contra él, obligándole a retroceder. De un temible golpe de hacha el escudo se quebró con un seco chasquido, y Korn trastabilló, cayendo finalmente de espaldas. Ari embistió al kaan’dra con su propio escudo, para una vez derribado hundirle la punta de su espada en el cuello, rompiéndole la columna vertebral. La espada de Ari refulgió escarlata ante el resplandor de las llamas que envolvían a las chozas y que propagaban con rapidez el incendio. Korn, asombrado, se incorporó lentamente. Hubo de agradecerle a Ari, pese a su altivez, la oportuna e inestimable ayuda que le prestara. Juntos recorrieron el poblado, llameante y ausente de toda esperanza. Los heridos de ambos bandos yacían dispersos y sus ayes se iban apagándose poco a poco bajo el crepitar vehemente del fuego. La sangre kaan’dra hacía resbaladiza la tierra, cubierta de cuerpos grises destrozados, como rotos juguetes que un caprichoso niño hubiera abandonado. El acre, horrible hedor a carne quemada llenó las fosas nasales de Ari, que impasible observaba el macabro espectáculo de la matanza. Como testigo de ella, una grasienta y negra humareda se elevaba hacia el rojizo atardecer. Todos los habitantes de la aldea durante el ataque, hombres, mujeres y niños, yacían muertos en miserables montones. Los suaros habían sufrido poco más de una decena de bajas.

Vydar, reuniendo a sus hombres y a los Yngdar, caído durante la refriega atravesado por una lanza kaan’dra, mandó vigilar los alrededores, temiendo que quedaran todavía enemigos y que éstos pudieran emboscarles a su regreso. Ari y Korn estaban en el grupo encabezado por Erynn, primogénito de su jefe tribal. Uno de los hombres del grupo avistó a varios pieles grises de vuelta a la aldea, y Erynn dispuso para ellos una celada en los linderos del bosque.

Los salvajes estuvieron a punto de sucumbir ante los arcos suaros, mas Erynn, impetuosa y temerariamente, cargó contra los pocos que habían sobrevivido. Los fieros lobos que acompañaban a los cazadores eran tan peligrosos como sus amos.

Ari no trabó combate con ninguno de los kaan’dra, aunque dio cuenta de uno de sus lobos. Erynn, hijo de Vydar, avanzó dando violentos espadazos contra uno de los emboscados, atravesándole pronto con una profunda estocada. Mas cuando acometió al segundo adversario, la fatalidad se cobró su tributo. El joven cazador, postrado ante Erynn, se revolvió cuando parecía ya sentenciado, derribándole y apuñalando su pecho hasta la muerte.

Al ver a Erynn sin vida sobre la nieve, sus compañeros, después de recuperarse del estupor, dispararon los arcos hacia su verdugo. El kaan’dra, que corría ladera arriba, pudo escapar aunque no sin ser herido por una de las flechas.

Conocida la muerte de su hijo, Vydar quedó lívido, sin poder articular palabra. Tragándose su pena y maldiciendo a los pérfidos dioses kaan’dra, dirigió él mismo una expedición en busca del asesino de Erynn.

La noche, pesado manto de lobreguez herido tan sólo por los débiles rayos de la luna, había caído ya. La expedición, a la cual Ari, seguido luego de Korn, se ofreció voluntario, siguió el rastro del kaan’dra a través de las montañas. Si bien en esas alturas, de noche, encontrar la pista dejada por esos demonios tatuados de piel gris resultaba harto difícil, Vydar contaba con buenos perros y rastreadores; además, las heridas del montañés pintaban un camino inequívoco hasta él.

Un camino extraño, por otra parte, fruto quizá del delirio o la desesperación. Había girado bruscamente al norte, hacia dos montañas bajas próximas a la arrasada aldea. Ya creían haberle acorralado cuando el discontinuo reguero que dejaban en las rocas sus heridas desapareció repentinamente al final de una inhóspita vereda. Como si, acuciado por el miedo, hubiera aprendido a volar. Mas había otra razón para explicar su misterioso desaparecer. A la trémula luz de las antorchas descubrieron una fisura que señalaban con insistencia los perros; seguramente encontrarían al kaan’dra allí, agazapado en el exiguo espacio de su escondite, esperando la muerte.

El propio Vydar se internó en la fisura, espada por delante. Ari, Korn y el resto de los perseguidores, extrañados por su tardanza, le siguieron de uno en uno. Cual no sería su sorpresa ya dentro; comunicada a la fisura, una garganta algo más amplia, aunque aún angosta, se encaminaba tortuosamente al mismo corazón de la montaña. Después de seguir la garganta unos trescientos pasos, llegaron a un fantástico e incierto valle, sito en el fondo de las dos montañas. Llenos de temor, los suaros, con Vydar a la cabeza, caminaron por él como en un sueño confuso.

La niebla se deslizaba por el valle, cuya pedregosa tierra ascendía hacia el interior. Dispersa aunque abundante, la vegetación se constituía de espeso matorral espinoso y unos árboles rechonchos muy extraños a sus observadores.

Remontando la pendiente, el grupo avanzó sin emitir palabra por una explanada lisa y rocosa, cubierta mucho menos por la vegetación. Ari, mudo del asombro, se sentía empequeñecido por las colosales dimensiones del lugar. Todo en él –cada piedra, árbol y arbusto– gritaba sordamente con la voz del tiempo. El sitio era tan antiguo y estaba tan impregnado del paso de los siglos que parecía tener conciencia propia, como una sigilosa presencia que los acechara.

Un estremecedor aullido sacó a Ari de su ensoñación. Korn aferró su hombro, pálido el semblante. Después de que se dividiera la expedición no habían vuelto a ver a los otros. El perro estaba muy inquieto, preso de una frenética excitación; además, apagados por la distancia y la pesada atmósfera, se oían gemidos y gritos indiferenciados, que acabaron sofocándose al poco rato.

Prestos, fueron al pretendido origen de los gritos. Al poco de camino entrevieron un bulto borroso en el suelo. Preparando sus armas, trataron de iluminarlo con su antorcha.

Era un perro, tumbado sobre el flanco y temblando de puro terror; daba de tanto en tanto lastimeros sollozos. Algo le había aterrorizado hasta tal punto. Ari procuró calmar al perro, sin éxito, y fue entonces cuando vio la terrible señal.

Lento y sinuoso, un reguero carmesí descendía por la escasa pendiente de la zona. Korn, al verlo, abrió mucho los ojos, espantado, y corrió junto a Ari, que seguía el aciago indicio hasta su origen. La sangre provenía del cuello, rajado de parte a parte, de uno de sus compañeros. Dos más, rotos e inertes, estaban unos metros después. Una arcada sacudió el estómago de Ari, aún estando acostumbrado al espectáculo de la matanza. El primero que habían encontrado mostraba señales atroces de mordiscos y zarpazos, que recordaban las heridas infligidas por un oso.

Porque, si de algo estaba seguro, era que había sido una bestia de gran tamaño y fuerza; los bordes de las heridas estaban horrorosamente desgarrados y las cotas de mallas rasgadas como si fueran de tela.

Los otros estaban aún peor. Uno, abierto en dos el torso, eviscerado e irreconocible, posaba contra un peñasco en una macabra y absurda postura. Al otro le faltaba el brazo derecho y su cara era sólo un recuerdo.

Korn cayó postrado, estremecido por fuertes temblores. El perro que traían, enloquecido, vagaba en círculos, aullando, presagiando algún fatal fin.

Repentino, el eco desordenado de varios gritos les hizo incorporarse. Mezclado con los agónicos chillidos de horror, se escuchaban los gruñidos de un animal feroz. Luego el silencio. Un sepulcral, revelador silencio.

Korn, hecha añicos su cordura, huyó desbocado profiriendo histéricos berridos. Ari trató de alcanzarle, sobre todo para no quedarse a solas. Al darle alcance, encontró a su amigo tendido, tiritando fuertemente. Había dejado caer la antorcha en su atropellada huida, de manera que estaban en una penumbra inquietante. En el cielo, irónicamente, brillaba la luna libre del embarazo de las nubes y la noche resultaba más clara. Ari trató de reanimar a Korn; levantándole, abofeteó rudamente su rostro. Nada parecía hacerle reaccionar. Su mirada, vidriosa y demencial, se perdía en un remoto punto.

Mas, súbitamente, reaccionó. Los ojos de Korn empequeñecieron sus pupilas y de su garganta surgió un gutural y vesánico alarido. Ari, sacudiéndole, se quedó helado e inmóvil al conocer la razón de sus gritos. El sudor, sutil y húmeda pelliza, envolvía su cuerpo, en tanto un escalofrío relampagueó por su espinazo. Korn tenía la vista fija en algo detrás de él…

Espantado, comprobó que una sombra les oscurecía, difusa y enorme. Dejó a Korn, enervado y vio al ser que proyectaba la sombra. Era una figura de pesadilla, alta, bestial e imponente; aparecía como un hombre de formidable tamaño, peludo y musculoso, ligeramente encorvado. Las manos, por las cuales resbalaba la sangre, finalizaban en zarpas como cuchillas; el poderoso y tupido pecho daba paso a la cabeza de aquel ser. Y eso era lo más horrible, pues claramente inhumana, la fuerte testa, con el morro proyectado hacia el frente, romo hocico y apuntadas orejas, era la de un gigantesco lobo. Los ojos, delgadas y relucientes rendijas como fuegos del infierno, asomaban a ella malignamente.

La criatura tenía ensangrentadas las comisuras de la boca, abierta parcialmente. La roja saliva goteaba de los dientes, letales y blancos puñales. El ser se adelantó con una agilidad sorprendente, dado su tamaño, destrozando a Korn sin miramientos con un único zarpazo al cuello.

Ari alzó su arma con manos temblorosas. El miedo le atenazaba hasta la última fibra de su cuerpo. Sabedor de que la bestia era mucho más rápida, le plantó cara, tratando de inmutarse al mortal embozo del miedo. Cuando se abalanzaba sobre él, le tiró un tajo sesgado al flanco a aquella híbrida y espeluznante criatura. Ignorando el corte que le habían infligido, la criatura agarró a Ari con ambas garras y le hundió brutalmente los colmillos en la garganta. Su cadáver se desplomó como un pesado y fláccido bulto.

El lobo y hombre a la vez alzó su grandiosa testa al firmamento. La luz del plenilunio bañaba su peludo corpachón, dotándole de increíbles proporciones. De su pecho nació un siniestro, triunfal y alborozado aullido. Mas luego, todo quedó en calma.

© 1998, José María Bravo.

© de la imagen: Velon_DT.

Sobre este texto:

Este relato se publicó en el n.º 0 del fanzine vallisoletano El Centinela. He sido más de hombres lobo que de vampiros, aunque esté algo harto de unos y otros. Como anotación personal, la versión antropomórfica y por ende bípeda del hombre lobo (la clásica, vamos) que sale en el relato ya no me convence nada. Las veces que he visto esta versión del hombre lobo representada en el cine he quedado defraudado. Ponerle pies de lobo a una criatura bípeda es una burrada tremenda (apenas si podría dar dos pasos sin caerse); y lo de que usen las garras como arma, pues tampoco tiene mucho sentido (no es así en los lobos, ¿por que habría de serlo en los hombres lobo?).

Más de uno usará la recurrente frase «Es solo fantasía«. «Es una criatura sobrenatural, no tiene por qué ser coherente o lógica su representación.» Bueno. Una cosa es apelar a la suspensión de la incredulidad del lector para que acepte una historia en la que los hombres lobo existen; pero pasarse las leyes de la física, la anatomía y la fisiología por el forro en el proceso es pedir demasiado, a mi modo de ver.

Así que prefiero la versión «cuadrúpeda» o animal del hombre lobo. Con diferencia. Ahorra mucho en efectos especiales y en maquillaje, por cierto.

PD: Eso sí, conste: los vampiros son unas nenazas.