Este fue primer mi relato de fantasía. Sin ambages, es malo, primerizo y no sé por qué lo conservo. Para ser franco, no pensaba publicarlo en este blog; pero qué demonios, tampoco es para sentir vergüenza… o no tanta.

En cualquier caso, aquí lo tenéis. (Si lo deseas, puedes bajarte este relato en pdf pdficon_small.)

Jinete de las Sombras

La noche cubrió de oscuridad la fresca llanura, mientras lejanos truenos anunciaban con estruendo la inminente tormenta. Un jinete cabalgaba veloz, embozado en su oscuro manto de viaje para resguardarse de la lluvia que comenzaba a caer con fuerza, sin amedrentar ni a montura ni a jinete.

Narin Yaelnsvar guiaba con seguridad a su negro caballo entre las sombras, como si hubiera seguido este camino muchas veces antes de ésta. De fuerte complexión, alto de atractivo aunque severo semblante, Narin era aún joven. Sus ojos grises ocultaban una mirada astuta, fija ahora en el oscuro horizonte. Riéndose para sus adentros, Narin se regocijaba de su increíble suerte: mañana sería rico e influyente, y pasaría de ser un mero escribano a un importante miembro de la casta de los burgueses.

Todo había comenzado varias semanas antes, cuando Jacod Malthern, al que Narin llevaba la contabilidad de su próspero negocio, fallecía de un ataque al corazón. Jacod era un prestigioso armador y poseía una flota de naves mercantes que traían seda y especias del Este, para satisfacer a la burguesía acomodada de Trewhaann, una de las más importantes ciudades del sur de Akan, ducado de Ghathar. Muy amigo de Narin, Jacod tenía plena confianza en él, y desde que su esposa muriera, se había apoyado en él para sobrellevar su vejez. Jacod muy bien podría haber sido el padre de Narin, pues al menos le triplicaba la edad. Su difunta esposa no le había dado hijos, por lo que fue para él como un hijo adoptivo. Hábil contable, Narin se las arregló para ahorrarle mucho oro, sirviéndole bien durante muchos años.

Sin embargo, quiso la fatalidad que Jacod enfermara gravemente. Su corazón no era ya lo suficientemente fuerte para seguir adelante. Guardó cama, pero ni hierbas ni sanadores le devolverían su juventud de nuevo. Narin se ocupó de él, hasta que un día llegó un mensaje de muy lejos: uno de los sobrinos de Jacod, los cuales creía todos desaparecidos, venía a visitarle.

Jacod se alegró mucho al saber que aún quedaban miembros de su familia vivos. Su hermano Svern, navegante, había sido asesinado años atrás por piratas helktorneses durante una travesía por los cálidos mares de las Islas del Fuego. Temporalmente restablecido de su dolencia, Jacod recibió con entusiasmo a su sobrino, viva imagen de su padre y quizás el único pariente vivo de la antaño honorable casta de los Malthern. Por su parte, Narin receló de aquel sobrino desde el principio, al ver cómo acaparaba la atención de Jacod. Por desgracia, semanas después, éste recaía con otro ataque a su débil y enfermizo corazón. Viendo cómo la vida abandonaba su ya decrépito cuerpo, Jacod hizo redactar su testamento. Narin, temiendo lo peor, logró hacerse con una copia. Consumido por la envidia, casi enloqueció al ver cómo había sido relegado en favor del sobrino de Jacod.

Decidido, robó el original del testamento tras la muerte de Jacod y partió hacia Takeras, una ciudad portuaria a menos de un día de Trewhaann. Allí encontró a un hábil falsificador, un extranjero de piel atezada y expresión ladina, que por una razonable cantidad de oro realizó un excelente trabajo. La nueva copia del testamento era indistinguible de la auténtica, salvo por su contenido… Destruyó el original, y tras guardar a buen recaudo en su bolsa la nueva copia del testamento ahora modificado a su favor, partió de vuelta a Trewhaann. Dentro de unas pocas horas devolvería el nuevo testamento sin que nadie lo advirtiese, y éste sería leído poco después por el albacea de Jacod. Narin sabría premiar su cooperación con una buena suma, o hacerle acallar con medidas más drásticas, como medio palmo de acero en sus entrañas…

El repentino chaparrón seguía azotando con insistencia los tallos de la yerba de la pradera, cuyo terreno presentaba ahora una mayor pendiente, ya que el camino trepaba por la ladera de una boscosa colina que descollaba al Norte. Atravesando una densa arboleda, el camino seguía sinuosamente hacia el Este, mostrando a Narin un tenue resplandor en la lejanía. Era Narost, un pequeño y apacible pueblo asentado a los pies de la colina, rodeado de bosques y tierras de labor. Decidió parar en él hasta que amainara la lluvia.

Después de un breve trecho por el enfangado camino, divisó con detalle las formas bajas y sombrías de las casas de piedra del pueblo, que la inclemente lluvia dotaba de un aire siniestro. Distinguió asimismo un molino, varios establos y cerca del camino junto al cual se apiñaban las casas, una posada de piedra gris, en cuyo deslucido letrero se podía leer en caracteres amplios “La posada del jinete sediento”. Del interior surgía un leve resplandor amarillo de lámparas de aceite. Narin desmontó a su caballo y, cuando se dirigía a la puerta, vio como una forma vaga y menuda salía de las sombras.

Era el mozo de cuadras, un chiquillo rubicundo que tomó por las riendas a su montura, llevándola sumisa hasta el establo a la vez que miraba con ojos desorbitados la moneda de plata que le había dado de propina. Cruzando el umbral de la posada, se detuvo por unos instantes en el recibidor. Del manto que le cubría los hombros bajaban abundantes regueros de agua que iban formando pequeños charcos junto a sus botas. La posada no era muy grande, y aunque de tosco mobiliario era acogedora y estaba bien iluminada. Diez mesas de madera con varias sillas cada una se repartían por la sala; sólo había un parroquiano, un hombre de ropas bastas de cuero y espesa barba pelirroja. Su mirada estaba perdida en el fuego de la chimenea, al fondo de la estancia.

Un hombre de mediana estatura y escaso pelo salió del mostrador para recibirle, limpiándose las manos en su sucio y amplio delantal.

—Bienvenido, señor. Vaya, ha escogido un mal momento para viajar —dijo con voz complaciente—. ¿Desea tomar algo?

Entregando su empapado manto al posadero, el cual lo colocó diligentemente junto al fuego sobre una silla, Narin le miró de soslayo, sin darle importancia.

—Sírveme vino, y algo de cenar—. Asintiendo, el posadero se apresuró a traer lo que pedía.

Despojado de su manto, a Narin se le reconocía con facilidad como un acomodado burgués. El pelo, rubio y hasta los hombros, estaba limpio y bien cortado. Su rostro, pulcro y barbihecho, era hermoso, confiriéndole fuerza y dignidad a su figura. Llevaba un chaleco de algodón bordado en plata y oro, sujeto por un pesado broche, un par de guantes de piel fina y, completando su suntuosa vestimenta, unos pantalones de cuero rojo ceñidos por un ancho cinturón con la hebilla de oro, del cual pendía la tradicional karash o espada corta ghatárica. Junto a todo esto, su anillo le identificaba como miembro de una casta influyente, enalteciendo su ya de por sí altiva presencia. Eligiendo una mesa cercana al fuego y al misterioso personaje que vaciaba su jarro de vino, Narin se sentó observándole en silencio. Las ropas del extraño estaban gastadas y polvorientas, su adusto rostro poblado por una tupida barba cuidadosamente trenzada, y aquellos ojos azul oscuro de extraño brillo, le daban un aspecto salvaje y un aire enigmático.

En sus rodillas descansaba un cayado de roble, labrado y adornado con plumas rojas. Una de sus manos grandes y callosas descansaba sobre su mango, manoseando distraídamente su tallada superficie. Pensativo, tornó su mirada hacia Narin, y levantándose de la silla se presentó ante él.

—Me llamo Tanew Klar; soy un montaraz errabundo. Puede que os sea grata mi compañía —dijo con voz profunda.

—Sí, puede que lo sea —replicó Narin—. Soy Narin Yaelnsvar, contable de Trewhaann. Sentaos y llenad vuestro jarro.

Con un gesto de su mano, apremió al posadero, que trajo una jarra de vino grande para los dos, pan, queso rancio y algo de estofado de jabalí con especias, humeante y de sabroso aspecto. Dejó también sendas escudillas y cubiertos de madera.

—¿Qué os trae por Narost, escribano? —preguntó Tanew con aire ausente.

—Sólo estoy de paso hacia Trewhaann. Cuando amaine reanudaré la marcha. Debo llegar antes de que amanezca para resolver un asunto legal —Narin tanteó la bolsa de piel en la que se hallaba el documento, a salvo en su caja de madera.

—Yo continuaría mi viaje esta noche, y menos con este tiempo —aconsejó Tanew.

—¿Por qué? ¿Acaso teméis algo? —dijo en un tono claramente irónico.

—Temer de ciertas cosas es de sabios —sentenció Tanew. Al ver la sonrisa escéptica de su acompañante, el montaraz sonrió a su vez por toda respuesta, a la vez que acariciaba las trenzas de su barba, gesto habitual en él. Arrellanándose contra el duro respaldo de su silla, Tanew miró divertido a Narin.

—Vosotros, los hombres de ciudad, creéis saberlo todo. Pero en realidad habéis olvidado tanto… Ignoráis el saber popular, sus leyendas y supersticiones.

—¿Y qué? —contestó airado—. Dichas leyendas y supersticiones son sólo eso, productos de la imaginación.

—Tal vez… pero sabed que dichas supersticiones existen desde que el hombre es hombre, y que nunca las hemos abandonado. Ilógico, ¿no creéis? Nosotros, que hemos alzado ciudades y reinos, aún recelamos de antiguas leyendas, viejas como el mundo.

—¿Realmente creéis que me quedaré aquí por miedo a tales cuentos, escondiéndome bajo las mantas como un crío asustadizo —repuso Narin, soltando una carcajada.

—Haga lo que quiera. Pero tenga cuidado: los jinetes de las sombras acechan en estas noches.

—¿Los jinetes de las sombras? ¡Por favor! Esa leyenda la cuentan las viejas en las noches de invierno, para asustar a los niños. Sólo un necio les daría crédito.

—Necio es aquel que no sabe que lo que dice. Esa leyenda es anterior a la Gran Guerra, y se ha transmitido de padres a hijos desde generaciones —respondió tajantemente Tanew.

—Adelante, cuéntemela si eso le tranquiliza —propuso Narin con una amplia sonrisa.

—Reíros si gustáis. La leyenda está muy distorsionada, pero aunque se desconoce el origen de los jinetes, se conoce su propósito. Ellos son los espíritus de la venganza, aquellos que vengan a los que han sido traicionados y engañados en vida, y nadie les escucha, puesto que han muerto. Por eso, los habitantes de esta región procuran ser honrados, y nunca romper una palabra, sobre todo si fue dada a un moribundo —al término de estas palabras, Tanew vació su jarro y se inclinó sobre la mesa, mirando fijamente a Narin, con una extraña mueca en su cara.

Narin sintió un ominoso presagio en aquellas palabras, y permaneció callado por unos instantes. Probó varios bocados de pan y queso, pero le costaba trabajo tragar; era como si tuviera un nudo en la garganta.

—No obstante, considero estúpido creer en tales consejas —contestó obstinadamente Narin—. Además, los asuntos que me requieren en Trewhaann no pueden esperar.

Molesto consigo mismo por haber recelado de las palabras del druida, Narin maldijo para sí su estupidez al asustarse de tamañas sandeces. Apuró su jarra de vino, pagó al posadero y mandó ensillar su caballo. Recogiendo su manto, y despidiéndose de aquel hombre, salió de la posada.

Afuera, todo era silencio. El camino atravesaba el pueblo, flanqueado por las casas, como silenciosos guardianes del lugar. Tras cabalgar un rato dejó el pueblo atrás, difuminándose la luz de la posada hasta desaparecer en la lejanía. La noche era muy oscura y se había levantado una niebla muy espesa. Narin avanzaba al trote por el sendero, temeroso de perderse en la oscuridad. Las palabras del hombre de la posada rondaban todavía por su mente; el recuerdo de su mirada le hizo estremecerse.

El trazado del camino parecía desdibujarse. Ahora no sabía exactamente dónde se encontraba. Quizás, ensimismado en sus pensamientos, había seguido un sendero equivocado, pero no recordaba ninguna bifurcación; el camino seguía hacia el Este, sin apenas recodos. Nervioso, acarició las crines de su montura, que parecía intuir algo. Siguió cabalgando con cautela, atravesando un denso bosque, a cuyos árboles los jirones de niebla daban el aspecto de esqueletos envueltos en blancos sudarios. Narin volvió la cabeza para observar el sendero detrás de él, pues creía haber oído algo, pero el sonido se había diluido en la niebla nada más frenar su marcha. Una creciente preocupación se apoderaba de él. Bajo la capucha de su manto, un sudor frío le bañaba el rostro. Imprecando en voz baja, se dijo a sí mismo que todo era producto de su febril imaginación, excitada por las palabras de aquel hombre.

De nuevo, el sonido reapareció, más nítido ahora. Parecía como si varios jinetes se acercaran al trote, e incluso juraría haber escuchado relinchar a uno de sus caballos. De nuevo volvió la vista atrás, con la esperanza de ver a los jinetes que le seguían. Sólo vio que la niebla se espesaba por momentos, aunque sintió que alguien… o algo, aguardaba tras ella. Aguardaba en silencio a que reanudara su marcha, para volver a retomar la persecución. Lentamente, el miedo se abrió paso en su interior, centrándose en su estómago. Reprimiendo las náuseas, espoleó al caballo y, asustado, éste galopó impelido por un espasmódico terror que su instinto no podía clasificar.

Y esta vez, Narin pudo ver y oír con claridad a sus perseguidores. Allá en el sendero observó a varios jinetes oscuros montados en caballos de terrorífica apariencia… negros, de crines grises como hebras de humo y ojos rojos, los corceles llevaban a sus jinetes veloces como el rayo. Éstos parecían flotar sobre la silla, vacíos de sustancia excepto por oscuridad y muerte. Un destello rojizo surgía de sus capuchas; el aire mismo se helaba a su paso. Narin, paralizado por el terror, aferró las riendas. Sus músculos se agarrotaban lentamente; el corazón palpitaba con inaudita fuerza, queriendo abandonar su pecho. Todo en él gritaba “¡Huye!”, pero la fría garra del miedo atenazaba su alma.

El caballo, desbocado, galopó por el sendero y casi resbaló en el enfangado terreno. Saliendo de la parálisis, Narin se agarró frenéticamente al caballo. Pero se acercaban. Más y más, inexorables. Uno de ellos avanzó hacia su flanco izquierdo. El acero bruñido de la espada al desenvainarse vibró con fuerza. Mirando con el rostro desencajado a su perseguidor, no vio nada en el rostro de su asaltante. Nada salvo dos llamas rojas donde debían estar las cuencas del espectro. Nada salvo un hálito de muerte. Una voz surgida del averno, profunda y cavernosa, pareció brotar de su capucha. “Paga ahora por tu felonía, sucio embustero”, dijo fría y tenebrosa. La hoja se alzó guiada por una garra espectral, descargando un tajo sobre Narin. Breve pero muy intenso, el dolor le sumió en la oscuridad.

Lentamente recobró el sentido, poco después. Todo había sido una pesadilla, una horrible pesadilla, se dijo aliviado al abrir los ojos. Sin embargo, su embotada percepción pudo entrever que estaba en el suelo, sobre un charco manchado de sangre. Sangre que manaba de un cuerpo a varios metros adelante, derribado de su montura. Con dificultad, comprendió con inexpresable horror que ese cuerpo fue suyo, y que le faltaba la cabeza… su cabeza. Quiso gritar, pero no pudo. Lo último que oyó fueron los cascos de varios caballos como letanía, y una risa demoníaca penetrando en su mente, acompañándole en su viaje al abismo.

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Sobre este texto:

Siempre que sea posible haré una breve reseña anecdótica de cada texto, para consumo de los posibles interesados (alguno habrá).

“Jinete de las Sombras” es de 1994 ó 1995, aunque no recuerdo bien la fecha exacta. Tiene el mismo trasfondo que los demás relatos de fantasía que he escrito, el mundo de Darlum y el país de Ghathar. En sus orígenes el mundo de Darlum (un nombre que ahora no me gusta mucho, la verdad, pero no me decido a cambiar) era un trasfondo para una partida de rol (sí, también le daba al rol; ¿les extraña?).

Nunca he pretendido que sea un mundo rico en detalles, complejo y fascinante. Tan solo quería un marco único y coherente para las historias que se desarrollan en él (esas sí que intento que sean fascinantes). En cualquier caso, en una entrada posterior iré desgranando algunos detalles sobre Darlum.

Vaya por delante una cosa: aunque es un entorno de fantasía, digamos que lo preternatural está “solapado” en la realidad. No hay hadas danzando en los bosques, ni magos declamando hechizos por las calles, ni dragones, ni enanos en las montañas. Ni elfos (¡cómo odio los dichosos elfos!).