“Bribones” era una serie de cómic de Espada y Brujería de la mano de El Torres en el guión y Juan José RyP a los lápices. Su primera aparición fue en el primer número de “Barbarian”, revista de cómics ya desaparecida; de esta publicación malagueña solo tengo constancia de dos números, aunque si mal no recuerdo hubo un tercer (y último) número.

Los bribones que dan nombre a la serie son Bram y la Comadreja, una pareja de matasietes de la ciudad de Gerada, inspirados, evidentemente, en las aventuras de Fafhrd y el Ratonero Gris, de Fritz Leiber. Bram es el músculo de la pareja, el arquetipo del guerrero bárbaro de la Espada y Brujería (aunque yo siempre le vi un aire a mi querido Lobo, el último Czarniano); la Comadreja,  además de ser el contrapunto al músculo de Bram, añade también un toque picante a la historia muy interesante (mayormente, porque está buenorra y es, ejem, de moral algo relajada).

El relato que os presento hoy, protagonizado por esta pareja de bergantes, lo escribí a petición de El Torres. Nunca vio la luz editorial, por desgracia, y lo relegué al olvido en un rincón de mi disco duro. Me hace ilusión publicarlo en este rincón de la red. Aquí lo tenéis.

(Nota (1): como el relato es largo (unas 14.000 palabras) y sería algo pesado leerlo en pantalla, he subido tan solo una parte. El resto podéis leerlo en en pdf, descargable aquí: .)

(Nota (2): Las imágenes que acompañan este texto las tomé prestadas a Óscar Camarero, viejo compañero de Espada y Brujería, de su web Los Manuscritos Perdidos.)

La Elegida

Bram despertó de golpe. Lo primero que pudo ver fueron un par de diminutos, maliciosos y brillantes ojos rojos. Ahuyentó a la rata de un torpe manotazo, escupió el barro que le había entrado en la boca y se incorporó sobre las palmas de sus manos. Respiraba con dificultad, como si le hubieran arrancado un pulmón. Se frotó la cabeza, palpándose la nuca: sintió el dolor de la herida y el tacto de la sangre reseca que apelmazaba sus cabellos negros. El dolor estalló en sus sienes cuando consiguió ponerse de rodillas; el esfuerzo de levantarse fue titánico y le dejó sin aliento durante un buen rato.

Tenía el estómago revuelto, el cuello le dolía como si se lo hubiera pisoteado una muchedumbre. Soltó un bufido, trastabilló hasta la pared del callejón y se aferró a la mampostería cuando las arcadas le hicieron vomitar. Escupió hasta quitarse parte del amargo regusto a bilis. Ya más repuesto, miró a su alrededor.

El maloliente callejón estaba embarrado y a oscuras; la escasa claridad que le permitía atisbar el palanquín derribado y los cadáveres provenía de las estrellas que tachonaban la franja de cielo sobre su cabeza.

Bram buscó por instinto su arma. Estaba hundida en el pecho de uno de los cadáveres. Asió el astil del hacha con ambas manos, apoyó un pie en el pecho del muerto y tiró con todas sus fuerzas. La hoja salió de golpe con un áspero quebrar de huesos y Bram perdió el equilibrio, cayendo de culo al suelo. Renegó en voz alta y se puso en pie trabajosamente; el hacha pesaba un quintal: apenas podía controlar los temblores de su brazo derecho al sostenerla.

Examinó los muertos. Tres de ellos —dos de los cuales los había matado él mismo— vestían ropas amplias, negras y de buen paño. Sus caras eran anodinas. Ya estaban fríos; tendría que haber estado inconsciente durante un buen rato.

El cuarto cadáver era el de Arko. Le habían abierto la cabeza de un tajo; sus sesos estaban esparcidos en el suelo, mezclados con la sangre y el barro. Bram veló los ojos al muerto, ensombreciendo el gesto. Arko le había caído siempre como una puñalada en el trasero, pero no se merecía ese destino.

—Mala suerte, compañero —musitó.

Registró el palanquín vacío. Nada… salvo un jirón de seda blanca y un rastro en él del perfume de jazmín que llevaba Huum–Ji. Bram aferró el fragmento de tela entre sus dedos, juró por las partes pudendas de Ferocio —aunque en realidad apenas si se oyó un gorgoteo— y se fue del lugar. Aún se tambaleaba.

La noche perdía su sempiterna batalla con el alba, regateándole unos últimos momentos de apacible oscuridad. Ezkrel, el tabernero de El Saltamontes Socarrado, se desperezó detrás de la barra, frotándose los ojos. Miró a su alrededor con disgusto: aún tenía a media docena de borrachos repartidos por las mesas, durmiendo la mona. Ahora tocaba la fastidiosa tarea de echarlos uno por uno. Ezkrel tanteaba bajo el mostrador, buscando el garrote para tales menesteres, cuando Bram entró en la taberna con las ropas más sucias que de costumbre, el cabello mojado y el gesto desabrido.

—¡Cerveza! —gritó mientras renqueaba hacia una de las mesas.

Ezkrel chasqueó la lengua, dejó el garrote sobre el mostrador y se acercó a Bram.

—No me jodas, Bram… amanecerá pronto. Ya iba a cerrar.

Bram se retrepó en la silla como si no oyera a Ezkrel y entrecerró los ojos al mirarle fijamente.

—Oh… bueno, de acuerdo, la última ronda —balbució el tabernero, volviendo con resignación hacia la barra mientras mentaba en voz baja a la madre de Bram y a los posibles candidatos a su paternidad, en términos poco amistosos. Sirvió la cerveza en una jarra grande y se la plantó a Bram poco después delante de las narices.

—¿Y la Comadreja, Ezkrel? —preguntó Bram, antes de que el tabernero regresara a sus asuntos.

Ezkrel meneó la cabeza.

—No ha aparecido aquí por lo menos desde hace una semana, desde que vosotros…, bueno, ya sabes.

Bram asintió con un gruñido, trasegó un tercio de la cerveza y comenzó a organizar sus pensamientos mientras la bebida bajaba por su garganta, aunque el primer recuerdo que vino a él le hizo maldecir.

 

—¡Imbécil! ¡Ganapán! ¡No quiero volver a verte!

—¡Yo tampoco quiero volver a verte!

—¡Muy bien!

—¡Vale!

—¡Adiós!

 

Bram y la Comadreja habían tenido muchas broncas antes, pero la de la pasada semana había sido la más fuerte o, al menos, pujaba por estar entre las cinco peores. Los últimos negocios habían desembocado en un fiasco tras otro; eso, unido a alguna que otra torpeza del propio Bram, la poca inclinación de la Comadreja a tener tratos carnales con él y la propia tozudez de ambos, habían hecho el resto: la ruptura había sido inevitable.

A Bram le dolía reconocer que comenzaba a echar de menos a su compañera. Sobre todo porque la suerte parecía haberle abandonado desde entonces. Después de perder la mayor parte de sus fondos en el juego, no había tenido mejor ocurrencia que la de aceptar un puesto de guardaespaldas. Zot, un viejo compañero de juerga, le había conseguido el trabajo. Y había aceptado sin más remedio: necesitaba el dinero.

Zheng, el mercader de Kani–Hara, pagaba bien y el trabajo no era peligroso, aunque sí mortalmente aburrido. Tenía que escoltar a la joven sobrina de Zheng, Huum–Ji, una guapa muchacha de tez marfileña y ojos rasgados, pelinegra y de ojos verdes.

Estaba metido en un buen lío. Dentro de poco la noticia del secuestro sería bien conocida; había muchas posibilidades de que le consideraran sospechoso del secuestro o directamente implicado en él. Bram supo que tenía que desaparecer lo antes posible. No obstante, aún tenía algo de tiempo. Decidió aprovecharlo para recordar todos los detalles del asunto, pese al dolor de cabeza que torturaba sus sienes. Después de un rato cavilando y tras apurar su cerveza, no había logrado sacar mucho en claro: Zheng había llegado un mes atrás a la ciudad desde la distante y exótica Kani–Hara, en un extraño bajel cargado de valiosas mercancías de su tierra: ámbar, jade, nácar, madreperla, piezas de seda y diversas especias desconocidas en Gerada. Zheng se había ganado el favor de la corte; se rumoreaba que el duque Urtias era su principal valedor, y que los encantos de la sobrina de Zheng, Huum–Ji, tenían bastante que ver en ello.

Bram no podía recordar mucho más. Si acaso, que Zheng le había hecho una jugosa propuesta al duque: organizar una ruta comercial hacia Kani–Hara valiéndose de sus contactos y su experiencia. Naturalmente, el mercader necesitaba el apoyo de Urtias para fletar los barcos, organizar la escolta, aprovisionar las naves, contratar a la tripulación, etc. ¿Tenía eso algo que ver con el secuestro?

Bram se masajeó las sienes e intentó recordar hasta el más ínfimo detalle del secuestro.

Llevaban a Huum–Ji de vuelta a la mansión de Zheng, después de una de sus frecuentes visitas al palacio del duque Urtias, secretas y, lógicamente por eso mismo, bien sabidas. Los porteadores habían tomado una ruta diferente esa vez. Bram se dio cuenta demasiado tarde. La calleja de pronto quedó a oscuras. Huum–Ji gritó: los porteadores habían dejado el palanquín de golpe y habían huido como perseguidos por una legión de diablos, pese a las amenazas que les dirigió Bram. Él, Zot y Arko se dispusieron con rapidez junto al palanquín. Bram ocupó el flanco derecho, Arko se dispuso al frente y Zot atrás. Cinco siluetas se recortaron de una calle lateral y se lanzaron contra ellos.

Bram plantó con firmeza los pies, balanceó el hacha y se adelantó al primero con un rápido mandoble. El encapuchado trató de evitar el tajo, resbaló en el barro y recibió el hachazo en la mejilla. El hueso cedió, chasqueó con un quejido sordo. Bram retiró el hacha entre una lluvia de esquirlas de hueso, sangre y fragmentos de masa cerebral. Recuperó el equilibrio, retrocedió hasta topar de espaldas contra el palanquín y dedicó un vistazo fugaz a la pelea: Arko había herido a uno de ellos en el vientre y trababa su acero con otros dos. Huum–Ji chillaba incoherencias. Bram recibió al siguiente por el flanco izquierdo. Se agachó bajo su estocada y golpeó con el hacha, de abajo arriba: el filo se hundió con fuerza en el pecho del encapuchado, que cayó sobre sus rodillas. El moribundo miró a Bram y un temblor incontrolable agitó su rostro. Con el último estertor susurró una plegaria y murió.

Bram tiró del hacha para destrabarla entre reniegos. Un viejo instinto le hizo volverse, aunque no lo suficientemente rápido: el golpe le alcanzó por detrás y todo fue oscuridad. Zot… su maza, su pequeña, como él la llamaba.

Ezkrel le dirigió una mirada de reproche. La luz del alba entraba ya por las rendijas de las ventanas; el tabernero había conseguido echar a los últimos parroquianos. Bram apretó las mandíbulas, furioso por el recuerdo de la traición. Se levantó de golpe de la mesa y llegó hasta la barra, arrojando dos manoseadas piezas de cobre hacia la mano abierta de Ezkrel. El tabernero atrapó las monedas al vuelo, las miró con suspicacia y luego las hizo desaparecer bajo su mandil.

—¿Has visto a Zot por aquí últimamente, Ezkrel?

El tabernero miró a Bram, fastidiado.

—No. ¿No trabajáis juntos?

Bram farfulló un “sí”, se despidió de Ezkrel y salió fuera; la puerta del Saltamontes Socarrado se cerró tras él bruscamente. La luz del sol le hizo parpadear. Bram comenzó a caminar calle abajo con un propósito nada halagüeño para Zot en mente. De todos modos, tenía un hilo más del cual tirar. El susurro de un moribundo.

Mientras se perdía en el bullicio de las calles de Gerada, que comenzaban a despertar como una bestia hambrienta y vocinglera, volvió a preguntarse dónde demonios estaría la Comadreja.


(Sigue leyéndolo en este pdf: .)