Hay reseñas más fáciles que otras. Las tibias, para mí, son las más difíciles. Me refiero a las reseñas de obras que ni fu ni fa; ni frío ni calor, vamos. Tienes que argumentar tus opiniones (o intentarlo, al menos), y en esos casos es difícil explicar el porqué esa obra no te ha convencido.

Esta no es una de las difíciles. Al contrario. Con reseñas así tienta hacer acopio de mala leche y tirar con bala, pero lo cierto es que en esta ocasión haré lo posible para no recargar las tintas. Principalmente porque tenía muchas ganas de que La sombra prohibida (José Luis Alemán, 2010) me gustase. Muchas, en serio.

La primera parte, La herencia Valdemar, aun pese a sus fallos, me pareció una película interesante y digna de aplauso por la valentía de su iniciativa: una película española no subvencionada sobre los Mitos de Cthulhu de Lovecraft es algo que, en sí, roza lo épico, y desde luego no es una cosa que uno se encuentre todos los fines de semana en la cartelera.

Por este motivo me inclinaba a favor de la segunda parte de La Herencia Valdemar; digamos que tenía interés por saber cómo continuaba la historia. Visto el resultado, y a pesar de que he dicho que procuraría no recargar las tintas, lo cierto es que no podría escribir una reseña positiva (y sincera) de esta película ni con toda la buena intención del mundo.

Sin ambages, La sombra prohibida es una película mala con ansia, con interpretaciones, argumento y diálogos pésimos. La peor parte se la lleva la trama. Al término de La herencia Valdemar quedaban muchos cabos sueltos que su segunda parte no ha podido resolver de una forma mínimamente satisfactoria ni creíble.

Y es que el guión acumula despropósitos que claman al cielo. (Como ejemplo he comentado al final de esta reseña una de las muchas incongruencias y absurdos de la historia.) Lógicamente, la actuación del elenco se ve muy resentida por ello. ¿Cómo se les puede reprochar a los actores que actúen mal si sus diálogos son rancios, acartonados, y encima no hay quien se meta en la piel de unos personajes que deambulan por la historia sin pena ni gloria? Una trama incoherente que desperdicia la rica herencia lovecraftiana sin acertar a encauzar siquiera el tema: ahora, un misterio en plan Orient Express; al poco, un ambiente rural de España profunda con historia de desaparecidos; luego, una ración de encapuchados sectarios, y para postre, unos cuantos efectos especiales para dar carne y sangre a Cthulhu sin que venga mucho a cuento, aunque sea lo mejor (con diferencia) de la película.

Para terminar, una nota curiosa: el propio Lovecraft aparece como personaje al principio de la película (hablando, por cierto, en un español excelente aunque de inclasificable acento), en su primera encarnación (espero no equivocarme en esto) en la gran pantalla.

Ay, si el hijo predilecto de Providence levantara de la tumba su ahusada cabeza y viera esta película; me invade un inenarrable pavor al imaginar la consternación que se desataría en las lóbregas anfractuosidades de su cerebro, polvoriento y enmohecido tras siete décadas muerto, que no olvidado. Déjense de Chtulhu ni Negras Cabras de los Bosques (¡Ia! ¡Shub-Niggurath!) ni chorradas: para horror, inefable y cósmico, esta película.

PD: Voy con el prometido ejemplo.

(Nota: normalmente, avisaría a los lectores de esta reseña de que no sigan leyendo, so pena de destriparles la historia, pero dudo que el riesgo sea relevante en este caso, porque ¿le quedará ánimos a alguien de ir a verla tras leer esto? La verdad, lo dudo.)

El desenlace de la historia lo protagoniza un ritual de invocación a Chtulhu que los malos deberían llevar planeando desde hace mucho tiempo (por el detalle tonto de que tenían que acumular 666 víctimas para poder completarlo), pero que en realidad parece que improvisaron en el último momento, de esta guisa:

Maloso 1: Me aburro.

Maloso 2: Yo también.

M1: ¿Invocamos a Cthulhu, oyes?

M2: (Le da una calada al porro, se lo piensa. Un par de segundos, no nos pasemos con la tensión dramática.) Venga, va. Yo pongo el cuchillo.

En fin. Uno de los puntos clave para que dicho ritual llegue a buen puerto es el sacrificio de un recién nacido. Pues bien, los malos le encargan la tarea de cuidar el bebé a un secuaz medio tonto (con perdón). Pero no hay tal bebé. Es un muñeco. Sí, un muñeco. De los de plástico. ¿Qué hizo el secuaz medio tonto con el niño? No se sabe. A lo mejor no hubo nunca niño, vivo o muerto. ¿Cómo es posible que el jefe de los malosos no se diera cuenta de que el niño era de plástico antes de clavarle la daga? Ah, pues… no sé. De acuerdo: iban drogados, por el expediente de comerse cada uno una araña bastante peluda (por lo visto el presupuesto no les alcanzaba para peyote). Es comprensible lo de drogarse; superar la tirada de Cordura de Chtulhu no es moco de pavo (un 1D100, si mal no recuerdo, en el viejo juego de rol de Chaosium), pero joder, una cosa es tener los sentidos algo embotados por la droga y otra no enterarse de que lo que te ponen en el altar de sacrificio es un muñeco. (Por no hablar de que lo suyo habría sido comprobar el estado del niño antes de comenzar el ritual. ¿No?)

Naturalmente, a los Antiguos no les sentó nada bien la broma, y Cthulhu apareció, sí, pero más cabreado que un inspector de la SGAE en la sección audiovisual de un rastrillo. A título personal, me pregunto cuál era el propósito de los sectarios para despertar a Cthulhu, más allá de los evos extraños (ya saben, que no esta muerto lo que yace eternamente, etcétera). No es de las ideas más inteligentes que hay… por eso de que arrasaría la civilización y ser prácticamente indestructible. Detallitos.