No veo mucho cine español, y tengo la —justificada de sobra, lo lamento— tradicional reticencia del espectador español a ver cine patrio. Podría hablar aquí de lo que opino sobre cómo funciona el mundo del cine en España, lo de las subvenciones a tutiplén y demás, pero me lo ahorraré, que luego no gano para antiácidos. (Además, ya lo hizo antes y mejor Enrique Dans en su bitácora, con la entrada —de demoledor título— Cine español: fraude y corrupción.)

Así que fui a ver Los ojos de Julia con la habitual mezcla de cautela y miedo al chasco (a ver qué tal, a ver) con la que acostumbro a entrar en el cine cuando se trata de una película española, y eso a pesar de que mi valoración del cine autóctono ha mejorado sustancialmente con el tiempo (sin ir más lejos, dos de mis películas favoritas filmadas en el 2009 eran españolas; Celda 211 y [REC]2, para más señas).

Tras ver Los ojos de Juliatenía sentimientos contrapuestos. Por un lado había disfrutado de la película, en líneas generales; por otro me sentía engañado, porque los fallos del guión son demasiado abundantes como para desoír esa vocecita de la conciencia que te dice “¿pero cómo es posible esto?”.

Como en un juego de prestidigitación, el punto más crítico de una película de terror es el momento en el cual se revela el “monstruo” o misterio. Hay historias que sostienen un clima de suspense y tensión hasta llegar a ese punto, y que a partir de ahí pierden fuelle sin más remedio, debido a que el espectador deja de creerse lo que está viendo (se pierde la suspensión de la incredulidad, para más señas) y a la archiconocida máxima psicológica de que el “temor a lo desconocido” es el más intenso.

En Los ojos de Julia, a medida que el misterio se desvanece, lo hace, a la par, el miedo y la angustia inicial (a destacar la excelente escena que abre el filme); al espectador le da tiempo a recapacitar sobre la coherencia de lo que está viendo, de ver los cabos sueltos.

Y el guión de Los ojos de Juliatiene demasiados cabos sueltos e inconsistencias. Al principio, la historia se nos presenta como de terror fantástico, para luego caminar por los derroteros del suspense. Esto no es en sí malo. El problema reside en que este jugar con dos barajas acaba saliendo mal; desde el comienzo, la amenaza que se cierne sobre la protagonista tiene, sin asomo de dudas, naturaleza sobrenatural. No hay explicación verosímil para muchas de las escenas en caso contrario. (Por ejemplo, la escena del cementerio. O la del asesinato del conserje del hotel.)

A medida que avanza la cinta descubrimos que no es así. La amenaza de Julia es real, física. Es un hombre de carne y hueso, pero sus proezas rozan lo fantástico, y por desgracia, lo inverosímil.

Otro punto flaco, a mi juicio, es el recurso al que se ha acudido para mantener el suspense durante el desenlace de la historia. Sin desvelar mucho la trama, me refiero a dejar fuera de plano el rostro de algunos personajes hasta casi el final de la cinta. Resulta demasiado forzado, y no sirve realmente para nada: en el caso del antagonista de Julia, resulta clamorosamente evidente la identidad del “misterioso” personaje.

La película, no obstante, no carece de aciertos. No cae en los recursos más chabacanos del género de terror (insisto, cabalga entre el terror y el suspense), como sobresaltos a base de cambios bruscos en el sonido o la imagen, por ejemplo, y emplea de forma sobresaliente la iluminación y la fotografía para crear escenas de gran tensión.

Por tanto, nada que reprochar al acabado de la película, de magnífica factura. Tampoco desmerecen en lo más mínimo las interpretaciones del elenco, en especial la de Belén Rueda, seguida por la de Lluis Homar (al que hemos visto recientemente en Hispania, por cierto).

En suma: una película con graves defectos de guión que lastran el resultado final, pero que aún así considero digna gracias al buen hacer de la realización.