Hace poco encontré la bitácora de Luis G. Prado (confieso que siempre me he preguntado si la G. es apellido o segundo nombre; curioso que es uno), editor del fantástico inveterado, de raza, incluso; en su currículum tiene las publicaciones de Artifex y las editoriales Bibliópolis y Alamut, responsables de no pocos hallazgos para el lector de género.

Durante la habitual lectura rápida y al sesgo que uno suele hacer la primera vez que visita una bitácora, me topé con esta reseña de «Los tejedores de cabellos», de Andreas Eschbach, y recordé la lectura de ese libro con mucho cariño.

Tras leer (devorar) Los tejedores de cabellos, esta novela pasó, automáticamente, a la categoría de relectura. Me explico: como lector y bibliófilo empedernido, aspiro a tener una biblioteca repleta de libros que merecen, a mi juicio, ser leídos más de una vez. Muchas veces, incluso.

De hecho, cada cierto tiempo, doy una batida por las estanterías (el espacio no me sobra, nunca lo hace) y voy retirando los libros que no quiero conservar para dejar espacio a los nuevos. Los que no pasan esta criba o bien los regalo, o los dono a la biblioteca, o los dejo a su suerte, por ahí, en plan bookcrossing.

No sé a qué escritor leí una vez que él «aspiraba a tener relectores, no simples lectores». Tremenda ambición la suya. Pero una ambición así garantiza la inmortalidad de una obra: los libros que sobrevivirán al tiempo son aquellos que la gente quiere leer una y otra vez.

Los tejedores de cabellos, como iba diciendo, entra en la categoría de relectura; al menos, se ha ganado que lo lea una vez más (no sé cuándo, eso sí). En cualquier caso, he decidido rescatar de la vieja web de Espada y Brujería esta reseña que hice para dicha novela, hace ya sus buenos cinco años:

—Todos estos otros armarios —preguntó en voz baja—, ¿qué es lo que contienen?

El archivero la miró y en sus ojos brillaba el infinito.

—Otras historias —dijo.

La obra del germano Andreas Eschbach estaba inédita en nuestro país. Gracias a Bibliópolis tenemos la posibilidad de leer su novela más aclamada: Die Haarteppichknüpfer, traducida aquí como Los tejedores de cabellos. Escrita hace diez años (1995), la primera novela de Eschbach ha tenido un éxito indiscutible: premio Grand Prix de l’Imaginaire 2001, premios SFCD y Bob Morane), traducción al francés, italiano, polaco y checo (y próximamente, al inglés); más aún, los críticos la saludaron como la precursora de la nueva ciencia–ficción europea. ¿Merece esta novela tantos elogios?

Sin duda, los merece. Intentemos explicar por qué, aunque vaya por delante que es bien difícil hacerlo: la única forma de comprender esta novela sin estropear su disfrute es leerla. Y no puedo menos que emplazar al lector a que lo haga. Pronto, a ser posible.

La historia de Los tejedores de cabellos comienza en una galaxia olvidada por un vasto imperio intergaláctico. En ella, millones de vidas, decenas de miles de planetas giran alrededor de la manufactura, venta y exportación de las alfombras de cabellos. Sus manufactureros, el gremio de los tejedores de cabellos, entregan toda una vida de arduo trabajo para crear una única alfombra hecha con el cabello de sus mujeres. El destino de esas alfombras es ornar el lejano palacio del inmortal y todopoderoso emperador. Cada padre entrega el dinero de la venta de la alfombra a un único hijo varón; así, cada generación asume una deuda que solo podrá saldar con el trabajo de una vida, y que entregará a su vez a su propio hijo.

Sin embargo, hay rumores que afirman el emperador podría haber caído derrocado. De ser así, la intricada sociedad erigida en torno al culto del emperador y las alfombras de cabellos acabaría por derrumbarse…

Esta es la intrigante premisa de la que parte la novela: el misterioso sino de las alfombras de cabellos y el porqué de tantas vidas entregadas a su confección. Con este misterio como mcguffin Eschbach teje una magnífica fábula en clave fantástica sobre el poder, la religión y la naturaleza humana, las mentiras que alientan su significado y las cadenas de la tradición. Y lo hace a partir de distintos puntos de vista que nos proporcionan lenta pero constantemente pequeños fragmentos de información que el lector habrá de encajar junto al resto hasta que, página a página, a medida que nos alejamos del tapiz que conforma la historia, el conjunto cobre significado y sepamos, al fin, la respuesta al misterio, no exenta de ironía.

Como he dicho, aunque fascinante, el misterio en sí no es sino una excusa argumental para el devenir de las historias. Cada capítulo es una narración independiente con un tema fundamental como eje: el amor, la soledad, la tradición, el arte y el peso de la culpa, entre otros. Pero que no se espere de Eschbach sermones o soporíferas disquisiciones; de tener algún interés aleccionador —dudoso, por otra parte— el autor sigue aquel viejo adagio que recomienda «instruir deleitando». Porque lo que importa de esta novela es más el viaje a través de sus historias que el destino de su (feliz) peregrinaje.

Bueno, no: lo que importa es que el lector se decida a disfrutarla. Ánimo.