Spartacus: Blood and Sand, llega a la pequeña pantalla tras los pasos de 300, para aprovechar el filón que supone la vuelta del peplum (gracias, Ridley Scott, por Gladiator[1]), y en un registro muy distinto a la nunca bien ponderada por el público Rome, de la HBO, por citar su principal referente en la televisión.

Spartacus: Sangre y Arena

Spartacus narra la historia desde sus inicios de Espartaco, el esclavo que desafió a Roma. El que sepa algo de historia o haya, al menos, visto la película protagonizada por Kirk Douglas tendrá una idea más o menos general de la historia. El que no, pues hale, a ilustrarse, gracias a la wikipedia:
http://es.wikipedia.org/wiki/Espartaco
He dicho que Spartacus sigue los pasos de 300 por ser, ejem, elegante; su estilo visual es prácticamente un calco del la peli de Zack Snyder. Sin que esto sea malo, ojo. Al cabo, este estilo narrativo[2] tendrá tanto detractores como acérrimos defensores.
Pero bueno, al grano: ¿Qué nos ofrece esta serie?

«The boldest show on television», afirman sus creadores en el trailer, traducible como «La serie de televisión más atrevida».

No sé si es cierto. Pero sí que es verdad que es una serie con ánimo de escandalizar, de ofrecer truculencia (a veces podría considerarse como gratuita) al espectador. Por lo pronto, en Spartacus tenemos sangre (digital, eso sí) a punta de pala. Ah… y tetas, sí, bastantes tetas, incluidas las de Lucy Lawless, alias Xena, alias number three, para los Battlestarmaníacos. Y fulanos en cueros, pues más aún, por si no lo sospechaban.

Sangre a cascoporro...Además de esa violencia hiperbólica, estilizada y a veces, poco creíble, Spartacus nos presenta a lo largo de los trece capítulos de su primera temporada una trama que, seamos francos, comienza algo floja, para discurrir luego de forma excesivamente lenta al principio e ir, poco a poco, ganando inercia hasta su conclusión, apoteósica y sencillamente brutal (que no por esperada y consabida es menos impactante). Como nota ilustrativa, el título de este último capitulo es «Kill them all» («Mátalos a todos»).
La actuación del elenco de actores es correcta, por lo general; algo sobreactuados, en algunos casos (como el de John Hannah, que interpreta a Batiatus, el dueño de la escuela de gladiadores), con mucho oficio en algunos (Lucy Lawless, para más señas, en su papel de Lucretia, tetitas aparte) y con sobrada garra en otros (caso del protagonista, Andy Whitfield).

La  fotografía (ya no sé si decir fotografía e infografía) es muy atractiva, a pesar de lo limitado de sus escenarios (casi todo son escenas interiores: la trama tiene como marco principal el ludus, o escuela de Gladiadores, y el circo de Capua; ojo, esto no es una crítica en sí). Como única excepción, las tomas cenitales que sobrevuelan el circo de Capua, que dan demasiado el cante.

Con respecto a los efectos infográficos en sí, la verdad es que hay muchos momentos en los que eché en falta la sangre y la casquería de la era predigital. De la de toda la vida, oiga. Con todo, me remito a lo que dije antes: habrá gente a la que le guste, gente a la que no. A mí no me entusiasma, pero en fin.

En cuanto a su fidelidad histórica y ambientación… bueno, digamos que no le llega a «Rome» ni a la altura de los tobillos. Fiel a su espíritu, Spartacus nos presenta un fresco de la época romana con pinceladas gruesas: desinhibición moral, amoralidad, crueldad… y hombre, pues sí, y no. No es que la cultura romana andara escasa de todo eso, pero había muchos más valores que poner de relieve, además [3]. Pero bueno: la serie tiene un propósito claro, y siempre que el espectador asuma que lo que está viendo no es un fiel retrato histórico de la época, no me parece como para rasgarse las vestiduras.

En resumidas cuentas: si te gusta o al menos toleras (como es mi caso) el estilo de violencia hiperbólica, la casquería digital y la truculencia, y las series pseudohistóricas te gustan, es una serie que te encantará. Desde luego, que cuenten conmigo para la segunda temporada.

(1) Diez años ya desde su estreno, quién lo diría…
[2] Como reflexión rápida (y bastante evidente, pero bueno) el estilo visual de 300 y afines no es sino la adaptación de la splash page del cómic como recurso cinematográfico.
[3] No es la primera vez que la recomiendo, ni la última: a los lectores que quieran leer sobre Roma y su cultura de forma amena, les aconsejo que prueben la saga de Colleen McCullough (la cual comienza con «El Primer Hombre de Roma»). Nada que envidiar a la saga más mentada últimamente del género fantástico (sí, me refiero a la Canción de Hielo y Fuego). No todo va a ser fantasía, señores.

PD: Qué cosas… resulta que no me había fijado en que Sam Raimi es productor ejecutivo de la serie. Cómo habrá gozado, el gachó.