He de admitir que nunca me hizo demasiado tilín el subgénero zombi (o Z, según sus nuevos cánones) que, desde hace unos años a esta parte, invade librerías y pantallas. Al principio acogí esta oleada Z con cierta sorpresa por mi parte, hastío tras un tiempo y después absoluta indiferencia.

No obstante, eso no me ha impedido disfrutar de obras como, por ejemplo, Guerra mundial Z, de Max Brooks (uno de los autores «culpables» del renacer del subgénero, me parece), o The walking dead (la serie de TV y el videojuego de Telltale Games, pero no el cómic, por ahora).

Por esto mismo, era lógico que acogiera In the flesh con cierto recelo. Pero, al menos en este caso, la premisa argumental parecía sólida y lo suficientemente interesante como para darle una oportunidad.

In the flesh adopta un formato habitual en las series de la BBC, con tan solo tres capítulos por temporada de casi una hora de duración.

La premisa argumental de In the flesh sitúa la acción en Inglaterra, aunque no durante sino después del inevitable apocalipsis zombi, conocido aquí como «el Amanecer», y fechado en 2009; en aquel año, todos los muertos recientes se levantaron de sus tumbas para cazar a los vivos.

Años más tarde, tras la victoria de la humanidad en las «Guerras Pálidas», se descubre una cura para los redivivos, que pasan a ser enfermos en tratamiento del PDS, o partially deceased syndrome, traducible como «síndrome del parcialmente muerto» (eufemismo de evidentes reminiscencias que prefiero no detallar).

El protagonista, Kieren Walker, tras recuperarse de su «condición», regresa a su pueblo natal, el ficticio Roarton, para reunirse con su familia. La pega es que los habitantes de Roarton, como en otras zonas rurales alejadas de Londres, tuvieron que hacer frente por sí mismos a la amenaza zombi constituyendo milicias, llamadas en conjunto el HVF (Human Volunteer Force, o Frente Humano de Voluntarios [traducción libre]); y no están, digamos, muy por la labor de aceptar a los afectados por el PDS.

Partiendo de esta premisa, y con temas como la hipocresía, la negación como mecanismo de defensa, la discriminación o el miedo a lo que desconocemos, In the flesh traza un argumento sencillo pero eficaz, que arranca con mucha fuerza: los diez primeros minutos de su piloto, en un ejercicio de concreción narrativa brillante, nos cuentan lo esencial del trasfondo de la historia sin que la suspensión de la incredulidad se resienta en lo más mínimo.

A partir de ahí, el desarrollo de su historia, que podríamos etiquetar como «costumbrista distópica», trascurre sin excesivos altibajos, de forma tranquila, hasta una conclusión emotiva a la altura de su comienzo.

Hay que señalar que el argumento se presta a una analogía que puede no ser plato de buen gusto para algunos. Por ejemplo, Alberto Rey, crítico de televisión (cuyo blog Asesino en serie no puedo menos que recomendar), calificó dicha analogía como (cito) metáfora barata.

En mi opinión, no creo que la analogía que plantea el argumento (o el espectador, en fin) de In the flesh sea en absoluto «barata». En primer lugar, mi detector de moralina se mantuvo en silencio. No digo que no pueda haber alguna intención moralizante en el argumento, ojo, pero al menos a mí me pasó desapercibida. Y en segundo, la narración es lo suficientemente sólida como para que la dichosa analogía no sea un pilar del argumento, sino un mimbre más.

En cualquier caso, más allá de analogías y su valoración, la primera temporada de In the flesh es un excelente ejemplo de concisión y solidez narrativa que deja bien claro por qué las series de TV están, cada vez más, desplazando al cine como formato para narrar historias. Excelentes historias, en este caso.

Que es, al final, el objetivo de la narrativa: contar historias interesantes de la mejor forma posible.

No es poco, créanme.