Este cuento forma parte del libro de cuentos Homini lupus .
1#
Cerró la puerta de aluminio y echó la llave, pero supo que eso no la detendría. Titubeó con el resuello abrasándole el pecho, el miedo cual zarpa enorme y negra aferrada a la garganta. Tras la puerta, oyó gruñidos, jadeos, un rabioso arañar contra el metal; después, la hoja retembló con la primera embestida.
Manuel dio un respingo, casi cayó de espaldas. Miró en derredor: una azotea de baldosas de color vino, cuerdas de tender vacías, pretiles bajos con manchas de orín como regueros de sangre vieja y, sobre la noche serena e indiferente, una luna marfileña merodeada de nubes huidizas.
No había salida.
Blam. Crac. La puerta restalló con fuerza, un trozo de cemento saltó del dintel y se desmenuzó contra el suelo. Otro gruñido o baladro, un tercer embate, el crujir lastimero del cerrojo.
Manuel retrocedió hasta que el pretil desportillado de la azotea se le clavó en la espalda baja; percibió el dolor de la herida reciente como algo remoto. El corazón le latía pesado, recio, en los oídos. Tragó saliva, o lo intentó —tenía la garganta seca— y se volvió hacia el jardín.
Abajo, matas de adelfa, unas pocas palmeras enanas, el césped negro de sombra; más allá, luces distantes de otras casas, el rumor soñoliento del mar. Pensó en gritar pidiendo auxilio, lo descartó de inmediato. No lo oirían; no a tiempo.
Superó el antepecho y pasó al tejado de pizarra, resbaladizo por el relente. Las tejas le hirieron los pies descalzos. Se acercó despacio al borde, calculó la distancia: ¿tres metros, cuatro?
Detrás de él, un chasquido abrupto, el golpetazo doble de la puerta al abrirse y topar con la pared. Manuel la sintió cerca con un repeluzno, vaciló un instante. Después cerró los ojos y saltó.
Cayó de pies, luego de manos. Un latido de corazón desbocado más tarde, el dolor, agudo y centelleante, le desgarró la pierna izquierda. Apretó los dientes para contener el grito y se tentó la pantorrilla. Al notar el bulto del hueso, le desfalleció el ánimo.
Mientras sollozaba entre respiraciones entrecortadas por la agonía, Manuel se arrastró por el jardín, palmo a palmo. La hierba estaba alta, las hojas ásperas y húmedas parecían dedos. Por instinto o fatalidad, miró hacia arriba; sobre el pretil, vio una cabeza de fosco pelo negro orlada por una luna pletórica cual corona de plata y azabache; un piadoso contraluz velaba su rostro desencajado por una rabia antigua; tan solo se entreveía el fulgor oscuro y hambriento de sus ojos. Estremecido, oyó confusamente aullidos, risas, el pisar rápido y menudo de muchos pies descalzos; después —misericordia— se desvaneció.
2#
—Manuel… ¡Manuel! Despierta…
Manuel despertó al fin y vio a Julita sobre él, el pelo de cuervo rozándole la cara, la naricilla gatuna fruncida.
—¿Qué…? ¿Qué pasa?
—Gritabas en sueños, tonto. Vas a despertar a los mayores, y ya sabes cómo se ponen cuando damos la lata de noche…
Aún confuso, Manuel se incorporó en la cama. Un sudor frío y viscoso le empapaba la camiseta. La niña se sentó junto a él, lo pinchó con un dedo.
—Una pesadilla, ¿verdad?
No respondió, ocupado en devanarse los sesos para asir, acaso, los últimos jirones del sueño. Fue en vano; el recuerdo —imágenes sueltas y absurdas— se borraba como niebla al sol.
—¡Cuéntamela! ¿Salía yo?
—Anda ya.
Julita recogió la lámpara de la mesilla —un búho de color rosa— y la colocó sobre la cama. La luz le arreboló las mejillas morenas por el sol.
—Gritabas mucho. ¿Qué te asustó tanto?
Disgustado, Manuel suspiró. Qué pesada era cuando se le metía una idea en la sesera, por el amor de Dios. Meneó la cabeza. Le dolían las sienes.
—No lo sé. Lo he olvidado. Venga, vete a tu cama y déjame dormir, so pelma.
Ella se envaró. Un ramalazo de rabia le transfiguró el rostro; de repente, parecía mucho mayor.
—Siempre estás mandándome. No soy una niña pequeña.
—Bueno. Eres pequeña. Pequeñaja, más bien.
Ella bufó.
—Cállate. Tan solo soy unos meses menor que tú, so idiota. Dentro de una semana haré once.
Manuel prefirió callar. Esperaba, pacientemente, a que se diera por vencida en su asalto.
—La pesadilla que has tenido… Seguro que fue por lo que viste en la playa esta mañana.
Manuel desvió la mirada, volvió a respirar hondo.
—No vi nada. Bueno, sí, cangrejos.
—¡Y un colín! Mentira. Saliste blanco. Sudoroso. Y te hiciste sangre… ¡Déjame ver la herida!
Costaba menos darle gusto que discutir, así que Manuel accedió.
—Bueno.
Se levantó la camiseta del pijama y volvió el cuerpo para enseñarle el costado. Ella admiró la herida.
—¡Hala! Te han dado puntos…
—Tres puntos, sí.
—Menuda bronca te echó tu madre… —Julita se sonreía.
Manuel se recompuso la ropa.
—Bueno, ¿contenta? ¿Me dejas dormir?
—No. Cuéntame qué viste en la cueva.
Dios santísimo. Qué terca era. Manuel suspiró.
—No había nada. Agua, algas, conchas… solo eso.
La había encontrado por casualidad, al final de la playa de arena gris, donde los farallones se alzaban cual oscura muralla. Había trepado despacio y cautamente los riscos leprosos de salitre; el limo y las algas volvían aún más traicioneras las lajas de pizarra. Entonces la vio: en la pared casi vertical del risco había una sombra nítida, un poco más alta que él; pero con aquel sol de mediodía, radiante y abrasador, no debería haber sombras.
Se acercó, el alma arrebatada por la perspectiva de la aventura. En efecto, era una grieta, casi invisible desde lejos, que se adentraba en las entrañas de los acantilados. El sentido común le aconsejó irse de allí. Podía caerse en un agujero. O subir la marea. Pero otro instinto tiraba de él, le urgía a explorar la grieta. Se volvió para buscar las sombrillas donde los mayores. No parecían estar tan lejos. Incluso alcanzaba a distinguir la figura de su padre.
Un impulso le animó a meter un brazo. Y luego una pierna. Y, seguidamente, de perfil, el cuerpo; la roca estaba helada, húmeda, viscosa. Avanzó un paso. Dos. Tres. La hendidura se retorcía ahora a la izquierda, aún más estrecha; apenas llegaba luz, no podía ver bien adónde conducía la grieta. Intentó acomodar el cuerpo para seguir, no pudo, quiso retroceder. Tampoco. Estaba atrapado…
—¿Qué más viste? Dímelo, ¡anda!
Julita compuso una expresión adorable; a sabiendas o no, no podría decirse. Había tomado el búho de luz; la claridad de la lamparita, a través de sus tiernos y traslucientes deditos, le pintaba al claroscuro las facciones de niña curiosa.
—Nada interesante. Algas y peces.
… atrapado. Manuel inspiró hondo, exhaló despacio mientras contenía el miedo que le desordenaba el pulso y sorbía el aliento. No podía retroceder, así que decidió seguir; quizá más adelante podría volver el cuerpo. Tuvo que forcejear en otra revuelta de la grieta, ahora a la derecha; algo le arañó los ijares, el hombro izquierdo, las caderas… y, al final, salió a los tropiezos.
La claridad lo cegó. Parpadeando, dio unos pocos e inseguros pasos por la gruta. Tenía dos, acaso tres metros de diámetro, paredes brillantes de humedad y, en el centro, un palmo de agua clara y verde en una poza; la luz provenía de arriba, muy alto, como desde una chimenea natural. Corría una ligera brisa, pero el silencio era absoluto. Manuel se quedó muy quieto. De alguna forma, se sentía decepcionado. ¿Qué había esperado encontrar? ¿Un esqueleto? ¿Un tesoro? Nada, todo; al menos, una aventura.
No había nada más que ver allí, así que echó una última mirada y cobró ánimos para desandar… Un momento: ¿qué era eso? En la pared del fondo, donde no llegaba bien la luz de arriba, columbró unos trazos negros. Intrigado, se metió en la charca; el agua, fría y legamosa, le llegaba a las rodillas; al adentrarse en ella, como despertado por su intromisión, un olor intenso a salmuera y algas podridas le punzó el olfato.
A mitad de camino, dio un mal paso y resbaló hasta un hondón. La poza era más profunda de lo que había juzgado en un principio; el agua le llegó al cuello, algo afilado le hirió un pie. Manuel sintió pánico, manoteó, se impulsó hasta el borde y salió a rastras. Acezante, postrado de rodillas, recuperó el aliento y el temple perdidos. Una vez sereno, se puso en pie. Mientras se apartaba el pelo mojado de la frente, algo le aguijoneó el costado derecho, justo por encima del bañador. Manuel no recordaba cómo se había hecho aquella herida.
Cuando vio la sangre en los dedos, se asustó de primeras. Pero ya se había lastimado antes: a sus diez años, se había cortado con una ventana, roto tres dedos y una pierna, abierto la cabeza dos veces… Un poco de sangre no iba a asustarlo, ¿verdad?
Fue hasta la pared; ya hechos sus ojos a la escasa luz de la cueva, Manuel pudo distinguir los trazos. Eran dibujos muy antiguos, curados por el tiempo; esquemáticos, incluso infantiles, como los de sus viejos cuadernos de dibujo. Pero estos le causaban una sensación extraña, inquietante, en el ánimo. Distinguió figuras de hombres. Algunas se arrodillaban. Otras yacían tumbadas. Y, entre ellos, una silueta se destacaba del resto, alta como cuatro o quizá cinco de aquellos hombres. De una cabeza triangular surgían trazos ondulados, tal que cabellos al viento; el cuerpo era negro, largo, desproporcionado, y las extremidades se retorcían como ramas, en ángulos imposibles.
Luego descubrió las manchas en la roca. Rojizas, como óxido… o sangre vieja. Manuel se estremeció, a su pesar; resultaba ridículo que algo tan simple, tan burdo, le pareciera tan perturbador. Palpó los contornos de las pinturas; en el tacto terroso de las yemas de los dedos presintió reminiscencias, ecos de un pasado no tan remoto; y, por sobre todo eso, una emoción intensa, vívida, atronadora cual latido de corazón asustado: miedo, un miedo absoluto, cerval, abrasador. Por último, tocó la figura negra, aquel rey en la cueva, terrible y tiránico; y mientras recorría los trazos de aquella potestad del pasado, un zumbido le resonó en los oídos; un zumbido grave, pesado, casi inaudible al principio, pero creciente en intensidad y ritmo. Heridas por una súbita punzada, Manuel se llevó las manos a las sienes, retrocedió entre traspiés, cayó de espaldas en la poza. El agua helada lo espabiló. Aún aturdido, se puso en pie y salió de la gruta sin volver la mirada. No supo cómo, pero pudo salir de allí. Eso fue todo…
—Ah, sí. Me encontré con un cangrejo, de esos con pinzas enormes. Me asusté mucho y regresé por donde había entrado. Y ya.
Julita lo miró largamente, entrecerrados los ojillos verdes, ladeado el rostro. Tras el escrutinio, sin decir palabra pero con semblante trágico —absoluta congoja, orgullo lastimado—, cogió su búho rosa y regresó a la cama.
Manuel se acomodó en la suya. Tenía calor, así que dejó las sábanas por las rodillas. Intentó dormir. Pero un runrún molesto en las mientes y un cosquilleo en las tripas se lo impedía.
—Julia…
No hubo respuesta. No podía haberse dormido tan pronto, se dijo Manuel. Debía de estar enfadada, sumida en uno de aquellos hoscos silencios tan suyos.
—Déjame dormir —dijo, después de un buen rato.
—Vale. Pero ¿estás enfadada?
Silencio.
—Anda, no te enfades, Julia.
Más silencio.
—Bueno. Pues vale. Enfádate, niña. Como siempre.
Manuel se dio la vuelta en la cama. Al cuerno. Que se enfadara. No volvería a jugar con ella, ni siquiera a dirigirle más la palabra. Nada de eso. Además, era aburrida; no perdía mucho.
—No me has dicho la verdad. Lo sé.
Esta vez fue Manuel el que calló.
—Crees que solo soy una niña tonta, ¿verdad?
Manuel tampoco dijo nada. Blanqueó los ojos, se armó de paciencia; ahora vendría toda una sarta de reproches y quejas y…
Julita lloraba. El primer sollozo desarmó al niño, que no esperaba esa reacción. Perplejo, vencido, se levantó de la cama —contra los pies descalzos, las baldosas heladas y ásperas— y se acercó a la de la niña. Le tocó un hombro; se había vuelto hacia la pared.
—Déjame en paz. ¡Déjame!
No sabía muy bien qué hacer, pero supo que tenía que hacer algo. Se acostó a su lado y la abrazó. Ella se quedó quieta al principio, rígida, pero después remitieron los sollozos. Se apretó contra él; el contacto de su cuerpecito era suave, cálido, reconfortante. El pelo le hacía cosquillas en la cara. Sintió la mano de ella entrelazándose con la suya, sobre su vientre.
Algo se agitó en él. Tuvo un momento de vacilación; inquieto, miró hacia la puerta. El padre de Julita podía venir… y era obvio que no le gustaría encontrarlos así, pese a que tan solo intuía el porqué. Llevaban tres días en aquella casa de playa; cada noche, cuando se apagaban las risas y las voces y el tintinear de copas y monedas, y al fin los mayores se iban a la cama, el padre de la niña subía a verlos. Manuel oía sus pasos en la escalera y se hacía el dormido, pero adivinaba la silueta del hombre al contraluz, la calva morena y brillante, el bigote espeso, receloso el gesto.
De algún oscuro entresijo del alma, una emoción turbia y poderosa disipó pronto aquel resquemor. Y, para qué negarlo, se estaba muy bien allí, junto a ella. La niña no dormía. Se agitaba. Exhalaba algún suspiro. Y, poco a poco, fue tirando de su mano hacia abajo; empujó con la palma para que la abriera, la deslizó luego hacia la curva bajo su ombligo, donde notó calor…
Asustado, Manuel retiró la mano con un respingo.
—¿Qué haces?
Ella se volvió hacia él. La luz de la lamparita de noche le velaba medio rostro; sonreía con una malicia inédita, la risa contenida apenas.
—Eres muy mayor, pero te asustas con nada… ¿No le has visto el chichi a una niña?
Manuel carraspeó, se aclaró la garganta.
—Yo… No sé.
—¿En serio? ¿Nunca? ¿Ni el de tu madre?
Manuel sacudió la cabeza entre aspavientos, asqueado.
—Arg. ¿Qué dices, tonta?
—Y esa niña… Martita, sí, la de tu clase.
Manuel no podía verse la cara, pero debía ser todo un cuadro, a tenor de la expresión de Julita, llena de picardía; incluso su voz cobraba ahora sones extraños, semejantes al ronroneo de un gato satisfecho.
—Eso no fue nada. Solo nos besamos a escondidas.
—Ya. Claro… Bueno. ¿Quieres que te lo enseñe?
—¿Qué…?
—Te lo enseño si tú me la enseñas…
Manuel se pasó una mano temblorosa por la barbilla, los ojos entornados, entreabierta la boca, los adentros fríos y calientes a la vez. Asintió rápido.
Ella se sentó en la cama y se bajó los pantaloncitos del pijama y unas braguitas con pececitos rojos; tras una breve vacilación —teatro, ceremonia, quién sabe—, la niña entreabrió un poco las piernas, lo justo para que Manuel viera, entre ellas…
… bien, quizá no era para tanto. No podía comprenderlo, pero al ver aquello, Manuel abrió mucho los ojos, observó con el aliento entre los dientes la vulva lampiña —tierna herida— de la niña, su cosita rosada, su epicentro.
Aquello, de alguna extraña forma, le recordó la poza del acantilado. De nuevo, un instinto le hizo tocar lo que no debería tocar. El roce de sus dedos paralizó a Julita. A Manuel aquella sensación le arrebató el poco sentido que le quedaba, transportado por una turbamulta desordenada de emociones. La mirada de Julita aparecía turbia, velada casi por los párpados. Manuel notó un golpe de sangre en la entrepierna. La carne de ella era suave, caliente, tan caliente…
Aquel zumbido restalló de nuevo en sus oídos. Creció y creció de fuerza y ritmo e intensidad. Manuel retiró la mano, se cayó de la cama. Algo, una barrera, cedió en sus mientes, se adueñó de su conciencia.
… no, aquello no fue todo. Al tocar la potestad de la caverna, un tropel de sensaciones lo arrasó entre fogonazos: el sabor a hierro del miedo, noches largas e inciertas, hogueras como soles por sobre las que saltaban figuras desnudas entre risas y cánticos, desgarrar de carne, crudo romper de huesos, altares de piedra negra regados con sangre de primogénitos; y, por sobre este negro turbión de fiebre y pesadilla, entre la tiniebla densa como el alquitrán, intuyó una figura alta y de largos brazos, cornuda y colosal, vieja como el tiempo, cuya hambre era infinita. Todo esto y más avasalló a Manuel en el lapso de un latido, y el terror —absoluto, animal, palpable de tan intenso— lo sobrepujó. Quiso, en fin, arrastrarse hasta algún rincón y morir.
Alguien lo sacó del estupor. Julita, agachada frente a él, lo zarandeaba.
—¡Manuel! ¡Manuel! ¿Qué te pasa…? ¿Manuel? ¿Por qué estás tan pálido?
Entonces llegaron los gritos desde el piso de abajo y supo que algo estaba mal, terriblemente mal.
3#
—¿Qué ha sido eso? —decía Julita—. Manuel… tengo miedo.
Del piso inferior venían gruñidos, un golpear áspero y repetido. Manuel se desasió de la niña, salió al pasillo; a hurtadillas, se asomó por el hueco de la escalera. Abajo, en la entrada de la cocina, asomaban los pies de alguien —¿el padre de Julia?— en un charco de luz y sangre. Agachada sobre él, vio a la madre de Julia. Sobrevino un silencio espeso e incontestable, quebrado tan solo por los bramidos de la mujer y el trabajo de carnicero del cuchillo que empuñaba.
Manuel se quedó paralizado por un sabio instinto. Algo frío y áspero le cerró la garganta.
—¿Mamá? ¿Papá? ¡Mamá!
Dijo Julita, tomada por el miedo. La madre se detuvo al oír a la niña. Volvió la mirada hacia ellos y le descubrieron los rasgos desencajados, los ojos henchidos de un odio hondo y terrible. Julita comenzó a gritar. Manuel tan solo perdió un instante más —la madre sacó el cuchillo del muerto con un repugnante crujido— y tomó a la niña de la mano.
No se movía.
—¿Mamá? ¡Mamá! ¡¡Mamá!!
Manuel oyó los pasos de la furia —menudos, pegajosos por la sangre— tabaleando en los peldaños. Tiró de Julita con todas sus fuerzas, en vano. Desalado, la soltó para correr escaleras arriba. Los gritos de la niña le perforaron los oídos, su misma alma, pero no duraron mucho.
El corazón le retumbaba en las sienes. Llegó al final de la escalera, abrió la puerta de aluminio y sacó la llave; al cerrar tras de sí de un portazo, acertó a verla trepando por la escalera con pies y manos, bestia ávida e imparable. Manuel echó la llave con todas sus vueltas, pero supo —aterradora certeza— que aquello no la detendría. Emborronada la visión por la adrenalina y el miedo, miró en derredor de la azotea de losas color vino y pretiles encalados: nada, tan solo una noche añil por la que se apresuraban nubes negras y, en lo alto, el imperio de una luna redonda y cruel como un ojo.
La puerta crujió lastimera ante el primero de los embates de la furia. Manuel retrocedió a los tropiezos; el filo del pretil, desportillado, le hirió la espalda, avivó la herida del ijar. Desesperado, subió al antepecho y miró abajo, hacia el jardín en sombra y calma.
Era un salto largo; esta vez, esperaba caer bien.