Este cuento forma parte de Homini lupus .
Tras atender a sus clientes, Lucio Flaminio Rufo paseó dubitativo por el atrio de su domus del Quirinal. En las máscaras mortuorias de los antepasados de su noble gens, el patricio creyó leer un silencioso pero unánime reproche.
Con un vehemente suspiro, ahuyentó las últimas dudas y se recluyó en el tablinum. Antes, requirió al mayordomo papiro, cálamo y tinta. Ya sentado frente a ellos, quizá en busca de inspiración, Lucio cerró los ojos. Desde el peristilo le llegaba el reír de la fuente, el suave gorjeo de un mirlo, el soplo bonancible de la brisa primaveral. Respiró hondo; después de encomendarse a las musas, se aplicó a la tarea —largamente demorada— de escribir aquella carta:
No nos conocemos, Marco Decio, y ya es razón de que lo hagamos. Mi mayordomo te entregará en mano esta carta que finalmente me he decidido a escribir. Me tiembla el pulso, me desmayan las fuerzas, pero mi voluntad es firme. Atiende, Marco, hijo —déjame que te llame así, pues como tal te veo—, atiende bien a lo que he de contarte.
Yo, Lucio Flaminio Rufo, patricio de la gens Quincia, confieso que asesiné a tu padre, Quinto Tulio Nasica. Esta confesión la debo solo a ti y a lo sumo a los dioses; y por ello te suplico que, nada más leas esta carta, la des a las llamas. Antes de que la vejez deslíe esta amarga membranza en los barros del olvido, esta es la verdad sobre la muerte de tu padre:
Aún bien fío de mi memoria, así que recuerdo sin dudas la fecha: fue en el año en el que Cayo Mario alcanzó la dignidad de cónsul por vez primera, andado el segundo día tras el idus de febrero, en plenas fiestas Lupercales.
Corría un viento crudo por los pies del Palatino; celebrados los viejos ritos, brincaban ya inquietas las correas en las manos de los lupercos, pues la procesión pronto comenzaría.
Fue entonces, en la entrada de la gruta, cuando el criado de tu padre dio conmigo. Era mozo flaco y mísero, cuyos amarillentos ojos de alimaña se cuajaron de espanto al verme; la sangre de los sacrificios, mal borrada por el hisopo del sacerdote, aún marcaba mi frente, y la excitación del placer venidero me arrebataba el mirar. Sin embargo, el mozo se rehízo y, con aires rayanos en la insolencia —tu padre tuvo siempre gustos extraños para los sirvientes— dijo:
—Mi amo, Quinto Tulio Nasica, me envía con este mensaje: «Si alguna vez me quisisteis, acudid esta misma noche a mi domus».
Aquellas palabras aguijonearon mi conciencia. Recordaba bien a Quinto; nos habíamos distanciado sin que supiera exactamente el motivo —acaso por mujeres, dinero, maledicencia o simple incuria—; pero había querido a tu padre, un buen amigo en tiempos inciertos, así que requerí mis ropas, desoí las quejas y bromas de mis confrades y largué al mozo con una respuesta afirmativa.
Ya vestido, encaminé mis pasos al Aquilino. Una espesa niebla surgida de la ribera del Tíber rondaba espectral el foro boario, velando los templos de Portuno y Hércules Víctor; en ella se ahogaron las cada vez más lejanas risas de los lupercos, el chasquear de las fustas y los gritos de alborozo de las mujeres. La antorcha vacilaba en la brisa, como tal vez mi ánimo; un presagio funesto me embargaba. Llegué al domus de Quinto; a un criado viejo y diríase mudo confié pugio, abrigo y pétaso —bien había hecho en traer cubierta la cabeza, pues por las calles de la Subura me cayó una llovizna traidora de un cielo negro y sin luna—. El anciano recogió mis prendas y me condujo al tablinum; luego me dejó a solas.
Admitiré que sentía una viva curiosidad: ¿qué querría de mí Quinto? ¿Dinero? ¿Favores? ¿Amparo frente a algún enemigo? Cabe decir que tu padre no era animal político ni de negocios, y las lenguas de Roma repetían que había dilapidado su fortuna en vicios y excentricidades: augures, specularii y otros charlatanes y taumaturgos de baratillo. Lejos estaba de parecerse a tu abuelo, hombre probo, de fiero carácter e incuestionable dignitas.
Dejé el candil que me había entregado el viejo fámulo y prendí con un alegrador las lámparas del despacho. No estaba preparado para lo que me saludó: espejos, espejos, espejos; decenas, cientos quizá, de toda suerte de calidades, formas y tamaños. Espejos. Y desde ellos, una miríada de yoes me observaba recelosa.
Sin otra ocupación con la que entretener la espera, deambulé por la estancia; no había donde reposar la vista, ningún mueble, silla o tapiz: solo espejos, obstinados e implacables en su trabajo de multiplicarme.
Quinto Tulio Nasica, me dije, siempre había sido vanidoso… pero esto era el colmo. La figura de tu padre, muy joven, acudió a mis mientes: alto, huesudo, solemne —quizá demasiado—, con aquel rostro suyo tan peculiar, la nariz larga y aviar propia de su gens.
Me impacienté, al cabo, rodeado de mis copias. ¿Dónde estaba Quinto? Rumié pensamientos turbios, sopesé marcharme; quizá aún podría unirme a los lupercos y holgarme con alguna loba, como dictaba la tradición; y entonces, en uno de los espejos, alto, estrecho, de marco dorado y decoración etrusca, entreví algo extraño en su reflejo: una trepidación, casi imperceptible, acaso como el latir menudo de una sombra en un día nublado o el tañer de la brisa en las aguas de un estanque.
Me acerqué al espejo. Ahondé en él con mirar ceñudo primero y perplejo no mucho después; y por último, dejé de verme, aunque seguí viéndome. En todos aquellos espejos, una y otra vez era yo… y no lo era.
Como en un sueño, me vi como cortabolsas de la Subura, soldado de la República, augur, poeta, alfarero, peón de estiba, santón, filósofo, proxeneta, asesino, sacerdote, mendigo, rey, emperador, incluso; aquellas otras vidas eran azarosas, trágicas, regaladas, insulsas o trepidantes; en aquellos espejos, mataba y me mataban, amaba y era amado, traicionaba y hería y era traicionado y herido, victimario y víctima; y, al cabo, comprendí por qué Quinto me había convocado con tanta urgencia: en cada una de esas vidas ilusorias o no, yo asesinaba a tu padre, ya fuera por el acero, la soga, el tósigo o el cepo de mis propias manos; y lo hacía por odio, despecho, envidia, miedo o crueldad; pero en todas aquellas vidas, yo mataba a tu padre…
Con un repeluzno, en un fucilazo vi venir el acero asesino buscando mi carne. La herida del pugio fue larga y dolorosa —aún conservo la cicatriz que dejó— aunque superficial al trabarse este en los pliegues de mi toga. Enardecido por el dolor, me volví para enfrentarme a tu padre, Quinto Tulio Nasica, con el rostro largo, la mirada huida, los rasgos transportados por la locura. Luchamos sin malgastar palabras en el silencio cómplice de los espejos; conseguí arrebatarle el pugio y lo hundí en su carne una, dos, tres, cien veces. Solté el arma. Empapado de sangre, abrazado a su cadáver, lloré amargamente su muerte. Así murió Quinto Tulio Nasica; yo, Lucio Flaminio Rufo, maté a mi amigo en su domus, con aquellos malditos espejos como único testigo.
Tambaleante, me puse en pie. Un rayo de furia me enajenó el juicio: recogí el pugio y con su pomo rompí, uno a uno, todos los espejos. Como en un trance, contemplé la miríada de yoes en el suelo, la sangre como brea en la penumbra del tablinum; la tradición me condenaba a varias vidas de infortunio por ello, pero lo previne reduciendo a polvo bajo mis sandalias hasta la última esquirla. Al filo del alba, completada la tarea, sudoroso, lleno de cortes y arañazos, derribé las lámparas y hui de allí con las llamas abrasándome la espalda. No había criados; habían salido para disfrutar de las Lupercales. Nadie supo del crimen, nadie se atrevió siquiera a sospecharlo; nadie… salvo quizá tu madre, Marco, pues era una mujer inteligente y siempre receló de mí.
Lucio detuvo el rasgar del cálamo e hizo una pausa, sobrepujado por el pesar. Adelante, acaba, se dijo; acaba de una vez.
Marco, debes disculpar a este pobre viejo. La vergüenza y el dolor me han hecho vacilar. Te he contado dos mentiras.
La primera es más bien una verdad a medias: ciertamente, no nos conocemos en persona, pero yo he sabido de ti toda tu vida. Desde tu más tierna infancia, roído por la culpa, indagué los rumores que afirmaban que tu padre tenía amores con una plebeya, cuyo fruto era un hijo espurio. No me atreví a conocer a Claudia, tu madre; tampoco jamás me viste —me cuidé muy bien de ello—, pero te he contemplado crecer. Mediante terceros, procuré favorecerte en la medida de mis alcances; y mírate ahora, hecho todo un hombre. Créeme, Marco: he llegado a quererte como el hijo que no he tenido.
La segunda mentira es la más dolorosa. No rompí todos los espejos. Quizá por capricho, me guardé uno pequeño, de fina plata. Y, al cabo del tiempo, incapaz de destruirlo o deshacerme de él, acabé por ceder a la tentación.
El espejo me hablo de ti. Supe que, de uno u otro modo, descubrirías la verdad y, finalmente, vengarías la muerte de tu padre. He dudado entre huir, asesinarte o matarme yo mismo, pero ahora sé que es inútil. No puedo, no quiero hacerlo. Nona impuso un hado ineludible; Décima ha medido ya el largo de mi vida; la tijera de Morta se impacienta.
Así que ven, Marco, a mi domus en el Quirinal; cualquiera en Roma sabrá decirte cómo llegar. Hallarás las puertas abiertas, la servidumbre lejos, un testamento sellado por siete testigos donde te proclamo heredero de todos mis bienes.
Ven, Marco, y cumple con tu destino.
Una vez escrita la carta, Lucio se frotó los dedos, doloridos por el cálamo y manchados de tinta cual violento presagio. Esparció arena en el pergamino para secar las líneas, que releyó hasta quedar satisfecho. Con una cargazón menos en el alma, llamó al mayordomo y le entregó la carta y sus últimas instrucciones. Después, se dispuso a esperar.