Vaya por delante que recomiendo vivamente Estilo rico, estilo pobre (Luis Magrinyà, Debate, 2015) a todos aquellos interesados —sea por oficio o vocación— en el lenguaje y la corrección lingüística.

[caption id=“attachment_4081” align=“alignleft” width=“400”]Estilo rico, estilo pobre Luis Magrinyà Debate, 2015 ISBN: 9788499925417 Estilo rico, estilo pobre
Luis Magrinyà
Debate, 2015
ISBN: 9788499925417[/caption]

Dicho esto, cabe avisar al posible lector de esta obra que no espere un manual o un «libro de recetas» de estilo, como podría anticipar al leer el capcioso subtítulo: «Todas las dudas: guía para expresarse y escribir mejor». Que quede claro: Estilo rico, estilo pobre no es, ni lo pretende, una guía de estilo; se trata, en cambio, de una serie de disertaciones sobre aspectos muy concretos del lenguaje literario, tanto en cuanto a sus excesos (estilo rico) como a sus carencias (estilo pobre).

En esta obra, Magrinyà se centra en un repertorio de errores relativamente reducido para analizarlos a fondo, sin piedad, y señalar así lo pretenciosa y rebuscada que puede ser la literatura en demasiadas ocasiones.

El libro está dividido en cuatro partes. Las dos primeras ―las más interesantes, en mi opinión― se ocupan de los excesos y carencias del lenguaje literario.

En la primera, «Estilo rico», destaca el capítulo «El club de los verbos finos», donde Magrinyà arremete contra el uso de verbos rebuscados; ((Con ejemplos verdaderamente hilarantes, como aquel usuario de forocoches (sic) que afirmaba poseer algo de caspa)) pero lo mejor de esta parte (y puede que del libro) es el capítulo «Los verbos parlanchines»: en él, el autor aborda el complejo ―enrevesado, incluso― tema de los dicendi o verbos declarativos. Eso sí; aunque sus argumentos para criticar la (según sus propias palabras) «carpintería de los diálogos» (esto es: las acotaciones) son de un sentido común aplastante, quizá cargue demasiado las tintas a este respecto. ((En mi opinión, esa carpintería de los diálogos puede ser sensata y muy útil para una narración, aunque coincido plenamente con la opinión del autor en este punto: «Las acotaciones de los diálogos […] están […] para facilitar la continuidad, la funcionalidad, no para llamar la atención sobre sí mismas».))

En cambio, en «Estilo pobre», la segunda parte, Magrinyà se ocupa del otro lado del espectro: las ocasiones en el que estilo, sea por pobreza de recursos o simple pereza, no está a la altura de lo que se espera de él: desde los verbos comodín (que para todo sirven y todo [y por ende nada] significan), hasta las redundancias expresivas, las traducciones mocosuena y los hiperónimos, esos cajones de sastre enemigos de uno de los principios básicos de la escritura: la precisión.

Por último, y para no extenderme demasiado, las dos partes siguientes ―de interés menor, opino― se ocupan de unas cuantas cuestiones gramaticales y de los rebuscamientos del lenguaje cuando se habla de sexo y violencia, sobre cuyas líneas sobrevuela el espectro de la corrección política, esa lacra de nuestro tiempo que idiotiza la lengua ―o tempora, o mores― y contra la cual insto a luchar con uñas y dientes.

Cabe destacar, por cierto, la abundancia de ejemplos en cada uno de los capítulos, extraídos en su mayoría de obras literarias. Curiosamente, entre estos ejemplos, en un ejercicio de autoflagelación o autocrítica, aparecen citas de las novelas del propio Magrinyà.

En conclusión, las acertadas reflexiones del autor sobre el uso de la lengua consiguen transmitir al lector una valiosa enseñanza: el lenguaje literario debería ante todo aspirar a la sencillez, algo en apariencia fácil, pero que en la práctica resulta tamaño desafío.

Porque ―lo he pensado siempre―, si bien el lenguaje escrito no se presta a reglas fijas, sí lo hace a principios esenciales, entre ellos la precisión, la claridad y la economía.

En resumen, un libro interesante, ameno y muy recomendable.