sya_portadaLa historia del fanzine Sangre y Acero (a partir de ahora, SyA) comenzó hace unos 15 años, o así, cuando conocí a Andrés Díaz Sánchez gracias al correo del lector del cómic La Espada Salvaje de Conan, allá por 1995. Andrés era un corresponsal asiduo a dicho correo, y un día me decidí a escribirle.  (Una carta, por cierto. De esas que se escribían a mano, sí.)

Al poco tiempo establecimos una fluida correspondencia, durante la cual nos pasábamos nuestros cuentos y relatos. Unos pocos de los míos, varios cientos de los suyos; Andrés tiene una habilidad innata para la escritura, y decir que es prolífico es quedarse corto. En aquella época, yo escribía los relatos a mano (bueno, aún escribo a mano, soy así de esnob), y luego los pasaba a limpio trabajosamente para luego mecanografiarlos en la Olivetti –con las teclas duras como un cuerno– en la que mi padre me había enseñado (gracias, papá) el método de mecanografiar con diez dedos. Luego vino una máquina de escribir eléctrica… y, en 1998, mi primer ordenador personal de 32 bits me dio acceso al procesador de textos (ese Wordperfect de pantalla azul… qué tiempos). Ya habíamos hablado, Andrés y yo, de la posibilidad de editar una revista (él siempre se negó a considerarlo un fanzine) sobre nuestros temas favoritos, en el que podríamos dar rienda suelta a nuestra creatividad (filias y fobias incluidas).
Así que comencé a interesarme por los programas de diseño, retoque fotográfico y maquetación, sin tener ni pajolera idea, y el proyecto de sacar adelante un fanzine fue madurando. En los 90, el fanzine era el único vehículo de comunicación —léase mentidero, también— de los aficionados, o fandom, hasta que Internet llegó y lo cambió todo (para mejor, no soy nostálgico). La vasta mayoría de fanzines se publicaba mediante fotocopias, y la forma de distribución era artesanal: los ejemplares se enviaban a los suscriptores, uno a uno, por correo postal. Los fanzines adolecían de medios, pero sus editores lo compensaban con ilusión a raudales y esfuerzo.

No recuerdo de quién fue la idea de llamarlo “Sangre y Acero”, si de Andrés o mía; estaba claro que tenía que ser épico, fiel a nuestras referencias, e inevitablemente, un poco “manowariano”, teniendo en cuenta nuestros gustos musicales por aquella época.

El primer número de SyA tuvo una tirada inicial de 50 ejemplares. Tuvo buena acogida; pronto tuvimos que sacar otra tirada. A partir de ahí publicamos sin periodicidad cinco números más. Pero de los siguientes números hablaré otro día.

El primer número tuvo el siguiente contenido:

  • «La serpiente del mar», relato de Andrés Díaz Sánchez.
  • «La daga», artículo de vuestro humilde servidor y Jorge García Picazo. (Este artículo contiene un buen número de imprecisiones, pero por aquella época era poca la información que disponía sobre armas.)
  • «Sones de muerte», relato del que esto escribe.
  • «La caída de Roma», artículo de Andrés Díaz Sánchez.
  • «El hacha de la venganza», cómic, con guión de Andrés Díaz Sánchez y dibujos de Carlos Jiménez. (El coloreado digital lo añadí yo, con poca fortuna, me temo.)
  • Compañeros de batalla: reseñas de fanzines.
  • Galería de ilustraciones de Fernando Caro.

En cuanto a las cubiertas de Sangre y Acero, la portada tenía una ilustración de Jim Steranko; la contraportada, nada más y nada menos que una de Frank Frazetta.

Tenéis disponible el pdf aquí: Sangre y Acero n.º 1.

Lamentablemente he tenido que partir de las fotocopias y no de los archivos de maquetación, por lo que el pdf pesa bastante (unos 23 megas). En cualquier caso, espero que os guste. A mí, por lo menos, ha conseguido arrancarme una sonrisa nostálgica.