Lo he dicho antes en alguna que otra entrada: si alguna vez me meto en un lío y registran mi casa voy al trullo directamente. Me encierran y tiran la llave, vamos. Entre libros de rol (herencia de una juventud turbia), armas blancas y libros raros, no me salva ni Perry Mason. De perdidos al río, así que he decidido sacar pecho y comenzar en «De locos» una serie de reseñas en las que expondré lo más insólito que vaga por mis estanterías para disfrute (y probable estupor) de mis lectores.

La primera entrega se ocupa del libro The Ancient Art of Strangulation, del Dr. Haha Lung (Paladin Press, ISBN 0—87364—843—9). (Es en inglés, como habrán notado.) La traducción literal del título es El antiguo (y muy noble, añadiría) arte de la estrangulación. Pinta bien, ¿verdad?

Sobre la editorial:

Paladin Press es el sitio al que acudir cuando quieres informarte sobre cómo hacer “cosas chungas”. Es el paraíso de los norteamericanos flipados por el movimiento de los survivalists, esos que la guerra fría puso tan de moda (imagen: redneck [léase paleto usaca] con cara de mala hostia, armas en casa para acabar una guerra y un refugio atómico subterráneo en su jardín).

Lo gracioso del asunto es que encuentro más que interesante buena parte de su catálogo. (Ea, ya está, lo he admitido.) Pero de eso hablaremos en sucesivas entregas.

Sinopsis:

The ancient art of strangulation se centra en las técnicas de estrangulación de los Thuggee, cuyo trasfondo histórico ocupa la primera parte del libro. Para aquellos a los que no les suenen, los Thuggee eran una secta que adoraba a la diosa hindú Kali, deidad violenta y oscura asociada al tiempo y el cambio; es especialmente famosa su representación con múltiples brazos que enarbolan armas y cabezas decapitadas. Si aún no os suena, os daré la pista definitiva: son los malos de la segunda película de Indiana Jones.

A los Thuggee, o abreviado, Thug (el origen del vocablo inglés homónimo) se los considera la primera organización criminal de la historia. Su seña de identidad era el asesinato mediante la estrangulación, típicamente usando un pañuelo de seda. Causaron entre 2 000 000 y 50 000 muertes (la primera cifra, según el Libro Guinness de los Récords, la segunda estimada por el historiador británico Mike Dash): y esto si aceptamos que los Thuggee existieron durante solo 150 años, hasta su erradicación a principios del s. XIX por los británicos.

Digamos que, por así decirlo, estos tíos sabían lo que se traían entre manos (y perdón por el chiste fácil).

En cualquier caso, y sin tener datos a favor o en contra de la veracidad de las técnicas recopiladas por el autor, la segunda parte del libro nos muestra las principales técnicas que usaban los Thug para asesinar a sus víctimas. Desde estrangulaciones a mano desnuda en diversas posiciones al uso de herramientas como lazos, dogales y garrotes, ilustrados de forma abundante con dibujos algo toscos pero muy explicativos. Además de eso, el libro comenta las técnicas de sigilo y aproximación que usaban los Thug, más un apéndice muy práctico sobre cómo ocuparse de los cuerpos. (Por favor, no hagan chistes sobre las señoras de la limpieza; merecen todo nuestro respeto por su ardua labor.)

En cualquier caso, todas estas técnicas son For academic study only. Solo para estudio académico, su señoría. Lo prometo.

Preguntas y respuestas:

¿Tú estás loco, verdad?

No, hombre, no, de veras, lo compré para documentarme… en principio. La trama principal de mi novela en proyecto trata sobre asesinos… y a ver, si voy a escribir sobre un asesino entrenado para matar, es lógico que me documente, ¿verdad?

¿Puedo probar estas técnicas con mis amigos y seres queridos? ¿Y con mi suegra?

Desde esta bitácora se desaconseja vivamente que intente probar estas técnicas de estrangulación con sus amigos y seres queridos. Recuerden:  For academic study only.

PD: Con respecto a la suegra, difícilmente un ser querido, les remito a la siguiente respuesta.

¿Y con mi perro / gato?

No sea bestia, hombre. Dado el caso, pruebe con el miembro de la SGAE que tenga más a mano, o en su defecto con un inspector de Hacienda, o, aún mejor, un controlador aéreo si al gobierno le da por declarar de nuevo el estado de alarma. Sigue siendo delito, pero nadie lo culpará por ello. No demasiado.

Y por esta vez doy por terminada esta primera entrega de reseñas «De locos».

Amenazo con más.