Excelente. Así es el comienzo de la serie Las monarquías de Dios, de Paul Kearney, y bien podría finalizar aquí y ahora con un: leedlo, no os arrepentiréis.

Pero supongo que habré de extenderme algo más. Veamos. Me encanta la fantasía histórica, entendida esta como una forma de parafrasear nuestro pasado: encontrar un paradigma útil y atrayente, cuya memoria resuena en eso que Jung llamó inconsciente colectivo; y después manejarlo cual demiurgo: añadir o quitar hechos, cambiar lugares, fechas, jugar al “¿y si…?”.

Paul Kearney hace esto. Con un trasunto nada disimulado de una Europa tardomedieval nos sumerge en una historia que arranca con el saco de Aekir (Constantinopla, probablemente) y continúa desgranando el conflicto que marcó nuestra civilización occidental, para bien o para mal: la Guerra contra el Turco, o los sultanatos merduk, en esta novela.

Tres tramas principales conforman la historia de El viaje de Hawkwood: una primera, política y diplomática, protagonizada por el rey de Hebrión; otra militar, con la lucha contra los merduk en el dique de Ormann; y por último, una marinera, sobre un viaje de exploración hacia un mítico continente occidental (el cual da nombre a la novela). En cuanto a esta última trama, Paul Kearney es marino, y se nota. Su verismo a la hora de abordar (y perdón por el mal juego de palabras) las escenas marineras no riñe con un cautivador pulso narrativo, cosa que no se puede decir de otras obras (las novelas de Patrick O’Brian, sin ir más lejos, auténticos coñazos), en las que la jerga marina y la descripción de maniobras y vida a bordo son pesadas, salvo que uno sea un apasionado de las narraciones marineras, como es mi caso.

Y en cuanto a la primera trama, puedo decir que, sin ser un experto en poliorcética o estrategia militar, la ambientación es magnífica; da sopas con honda a muchas novelas históricas, de esas con lomos de un palmo de grosor y que suelen gozar de bastante más predicamento.

Mención aparte merece el tratamiento de la magia. A pesar de ser un trasunto muy fiel a su referente histórico, en el mundo de Las monarquías de Dios la magia existe y no de forma sutil: cambiaformas, duendes, taumaturgos, brujos del clima y demás practicantes de la hechicería, que llegan incluso a asociarse en gremios. Esto, que podría dar al traste con la coherencia de la novela mal llevado, es un soplo refrescante después de tanta historia en la que la magia es un elemento repetitivo, trillado, cual fórmula sacada de un mal grimorio.

Si se le puede reprochar algo a esta novela es que uno se la bebe de unas pocas sentadas. Sabe a poco. Parece una parte de un libro más extenso, y se echa en falta más chicha. Y no, no ha sido dividida en varias partes por la editorial (no sería la primera vez; lo que hizo Alamut con la saga de Geralt de Rivia sigue anotado en mi libro de los oprobios, pero vamos a dejar ese tema a un lado).

Así que no puedo menos que recomendarles esta novela vivamente, en especial si comparten mi pasión por la novela histórica y fantástica, de la que esta obra, sin lugar a dudas, es excelente maridaje.