Un amigo de la red, hace ya unos años, teleco de profesión, fue el primero en hablarme de la tinta digital y de sus maravillas. Aún no se han cumplido la mayor parte de sus cábalas sobre esta tecnología, pero ya hace tiempo que están en el mercado los lectores de elibros.

No voy a descubrir la pólvora, vamos, si digo que estamos ante el futuro del texto escrito; otras plumas más cualificadas y ágiles lo habrán subrayado hasta aburrir. No obstante, el apoyo –a mi juicio- que se le está dando a este nuevo formato es muy tibio por parte de las editoriales profesionales.

Rodolfo Martínez expone las claves principales del porqué de esta renuencia de las grandes editoriales en esta entrada de su web “Escrito en el agua”. Concuerdo plenamente con el asturiano. Las grandes editoriales y los editores consagrados no le dan el espaldarazo definitivo al elibro por la razón más vieja y poderosa del mundo: miedo, miedo a que les corten el rollo y les jodan el chiringuito (perdón por mi francés).

Antes de leer a Martínez me había paseado por algunas librerías en línea donde se vendían libros en formato digital. Cuál no sería mi sorpresa al comprobar los precios.

Y como muestra, un botón:

“Los idus de marzo”, de Valerio Plomizo (perdón, Massimo) Manfredi. 18,90 euros la versión física. Me refiero a la de papel, a la que pesa y tal.

http://www.casadellibro.com/libro-los-idus-de-marzo-la-conjura-que-acabo-con-la-vida-de-julio-cesa-r/1413889/2900001338400

Bueno. Nostamal, oiga, que es en tapa dura (cartoné, que dicen los entendidos).

Veamos ahora el precio del libro en formato digital:

http://www.casadellibro.com/e-book-los-idus-de-marzo-ebook/1773001/2900001396026

14,99. 15 euros, vaya, que el céntimo no nos sacará de pobretones. 15 eurazos. 15 eurazos por un montón de ceros y unos, y si el libro resulta una boñiga, no podré ni revenderlo, ni usarlo para calzar un sofá o alimentar la barbacoa, o tirárselo a algún vendedor a domicilio o testigo de Jehová[1], que son 320 páginas y en cartoné, y con tino y algo de impulso eso debe de hacer pupa.

Anda, hombre, anda. Menudo timo.

Tal y como apunta Martínez, las editoriales alegan que el coste real del libro es en realidad el coste de maquetación, diseño e ilustración.

No se lo creen ni ellos.

Con este panorama, no es de extrañar que la gente piratee los libros, o sencillamente pase de los ebooks. Siempre he pensado que para luchar con la piratería la única forma digna es la lógica premisa del buen vendedor: ofrece un producto que el comprador desee comprar. Juega con sus anhelos; juega con, por ejemplo, su impaciencia. Quiero ese libro. Lo quiero ya, joder, y aún no lo han pirateado. Bah, lo compro: joder, si son 5 euros…

Al cabo, seamos francos, le pese a quien le pese, si la gente puede bajarse algo gratis, ¿por qué va a pagar por ello? Por mucho que lo criminalicemos. Por muchos reparos morales, campañas publicitarias, caras contritas de autores llorando por no tener con qué alimentar a sus hijos, por eso y más, no se va en contra de los instintos de la gente. Si es gratis, no hago ningún perjuicio y puedo hacerlo, ¿por qué no bajarme algo?

Un ejemplo sencillo de lo que quiero decir. El que esto suscribe se baja series americanas –a las que soy adicto- con regularidad. Y sin embargo, tengo las dos temporadas de Rome, todas las de Battlestar Galáctica, las de The Shield, las de The Sopranos… etcétera. Nadie me obligó a comprarlas. Y aún así, pagué un dinero –abusivo, a mi juicio- que no me sobra por tenerlas. ¿Por qué? Pues porque quería tenerlas en soporte físico. Por la caja. Por la figurita. Por qué sé yo instinto fetichista de poseer cosas, tesoros, nuevos juguetes.

Otro ejemplo más: en pudiendo bajarme películas, ¿por qué ir al cine? Porque sí, porque me apetece ver con calidad y ya un estreno que me interese.

¿Qué tiene esto que ver en cuanto al futuro del mundo editorial? A eso iba. Citaré primero directamente, de nuevo, a Rodolfo Martínez:

No creo que pase eso. Al contrario. Pienso que el eBook puede significar, entre otras cosa, una liberación del escritor de ciertas servidumbres que lo atan ahora mismo, puede hacer que prescinda de intermediarios y que culmine el proceso iniciado en la Revolución Industrial (cuando dejó de depender de un mecenas y empezó el lento camino que le llevaría a hacerlo sólo del favor del público) y pueda llegar directamente a sus lectores.

El eBook traerá problemas, qué duda cabe. La forma de encarar el oficio de los escritores cambiará. Tiene que hacerlo. Nunca ha habido cambios tecnológicos que no implicaran un cambio social, y éste no va a ser una excepción.

Tal y como yo lo veo, es posible que las editoriales, tal y como las conocemos, desaparezcan. ¿Qué le puede impedir a un escritor publicarse él mismo (oh, anatema) en formato digital? E incluso favorece otras alternativas. Por ejemplo, escribir un libro mediante entregas periódicas, a capítulo por mes, tal y como hacían los escritores de folletines, el insigne Dumas entre ellos.

¿Desaparecerá el libro en papel? No. No lo creo. Porque todo buen lector es, también, un bibliófilo. Lo que tendremos serán ediciones de calidad, cuidadas, atractivas, con lo que en otra enésima vuelta de tuerca volveremos a los orígenes del libro: un objeto de culto, una pieza de arte en sí mismo, incluso. Sí que creo que morirá, tarde o temprano, el libro de bolsillo y las ediciones baratas. Los árboles nos lo agradecerán, por cierto. O los de Green Peace, si acaso.

De todos modos: todo este debate se ha producido ya. Cuando Gutenberg puso su primera imprenta a funcionar, muchos copistas se echaron las manos a la cabeza. ¿Les sirvió de algo? De nada; no se puede frenar el progreso. Así que, señores del mundo editorial: átense los machos. O tempora, o mores! Tienen ustedes los días contados.

[1] Señores testigos de Jehová y comerciales a puerta fría: mis disculpas si les he tocado las narices.