He leído esta mañana en Carpe Noctem, la bitácora recién estrenada de Israel Sánchez, esta interesante reflexión sobre el género que tanto amamos: De géneros, generalidades y etiquetas en general.

Estoy de acuerdo con las reflexiones de Israel. O con la mayoría. Me llamó la atención especialmente este párrafo al final de su artículo:

Lo cierto es que, con etiquetas o sin ellas, se llame EyB, FH o FE, el género está muy lejos de haber dicho la última palabra, y en eso gente como el ya citado Martin tiene mucho que ver, porque demostró que se pueden batir records de ventas y ganar multitud de premios literarios con una saga que no es sino una mezcla de la EyB de toda la vida con la novela histórica más contundente. Ese enfoque, el de escribir novelas históricas ambientadas en mundos que no existen, es uno de los más atractivos que se explotan en la actualidad, aunque no es ni mucho menos el único.

Y en ese último punto, disiento por completo. Ahora voy a soltar algo que sonará a boutade, pero en lo que creo firmemente: para escribir fantasía de corte épico de calidad, el único camino es precisamente escribirla como si fuera novela histórica. Al menos es el único camino que tiene un autor honesto; uno que ame de verdad el género y su oficio. No un chapuzas más, de esos que rumian un poco la imaginería de siempre —ya sabéis cuál— y escriben otra enealogía de las de a palmo de grosor.

Me explico, antes de que lluevan las primeras piedras: para mí, la fantasía épica tiene que basarse en uno o varios paradigmas históricos, del cual el autor extrae los elementos que considera más atractivos y los combina para crear algo que no existió pero que tiene la apariencia y solidez de lo real.

Lo que realmente es atractivo de un mundo de fantasía épica no es que sea fantástico, sino que nos parezca tan real como un episodio histórico (de la Historia con hache mayúscula, vamos). Y para conseguir eso, debemos ofrecer al lector solidez, coherencia, y una narración cuyas raíces sean firmes. Emplearé el socorrido símil del iceberg para ilustrar mis palabras: ya sabéis, eso de que ocho partes del iceberg están bajo el agua y solo una asoma. Esa parte que vemos, el texto de una narración, tiene que estar sustentada por lo que no vemos: el tiempo que ha invertido el autor en cuidar hasta el más ínfimo detalle del trasfondo de su historia.

Y para hacer eso bien, el autor ha de acudir a la documentación histórica. Decidme, si no, cómo podrá alguien escribir sobre una batalla sin documentarse previamente con algún ejemplo histórico. O cómo narrar un duelo a espada, sin habernos informado siquiera un poco sobre el asunto. Y se aplica lo mismo al caso de escribir sobre asedios, fortalezas, castillos, ejércitos, o sobre, en fin, aspectos socioculturales, políticos, o incluso gastronómicos, si me apuran.

No obstante, sí que hay una forma para escribir (mal, eso sí) sobre todas estas cuestiones sin documentarse siquiera un poco. Seguro que la mayoría saben cual…

Tirar, simple y llanamente, de tópicos. Para narrar un duelo a espada, bastará con hacer un refrito de lo que se ha visto en el cine y se ha leído en la literatura “de espadazos”, parafraseando a Andrés Díaz. ¿Que queremos escribir sobre una batalla campal? Nada, nos vemos Braveheart, por ejemplo, o la segunda o tercera parte de El Señor de los Anillos, la que mejor nos caiga (y ya puestos en Bluray, oye). Y ya está. Qué coño. Para qué liarse más la picha. Al cabo, como he oído más de una vez, a mi pesar, “es solo fantasía”.

Ah, qué frase tan triste y demoledora. “Es solo fantasía.” Vamos, que no importa si lo que leemos es absurdo o ilógico, porque es fantasía. Podemos cometer toda clase de anacronismos e inexactitudes, pues como escribimos fantasía, todo nos está permitido, ¿verdad?

Y un carajo, señores. Ese no es el camino. Para escribir con propiedad una historia fantástica en la que las batallas, los duelos a espada, las sociedades basadas en el medioevo o renacimiento (si quiera ligeramente) son elementos clave, tenemos por fuerza que acudir a las fuentes originales. Al mencionado paradigma. Esto es, preocuparnos en rascar el oropel del tópico para llegar al hueso. Al quid del asunto. Luego, con más o menos intención y acierto, distorsionaremos ese paradigma  histórico a nuestro antojo para que se acomode a los parámetros de nuestra historia. Lo haremos por nuestra cuenta y riesgo, eso sí; pero si no lo hacemos sabiendo de qué partimos, estaremos condenados a repetir una y otra vez los tópicos de la fantasía. (Sin quererlo he traído a colación la célebre cita de Jorge Santayana, ya saben, esa que mola tanto poner en una bitácora: “aquellos que no recuerdan el pasado, están condenados a repetirlo”.)

Os voy a contar mi experiencia personal al respecto: siempre he sido un apasionado de las armas anteriores a la pólvora, y en especial, las blancas; y dentro de las blancas, cómo no, las espadas.

Durante un tiempo traté de recopilar toda la información posible sobre el tema que estaba a mi alcance. No había demasiada, por cierto. Sí, había algunos libros sobre armas, pero no pasaban de ser catálogos descriptivos. No había muchas descripciones acerca de cómo se combatía con una espada o un montante, por ejemplo, y las pocas que encontraba eran muy vagas, suposiciones más o menos afortunadas del autor, sin ningún tipo de fundamento o prueba empírica.

Para escribir mis escenas de combate trataba de aplicar lo que creía saber. No era mucho, pero cada fragmento de documentación que recogía lo aprovechaba; iba, poco a poco, derribando los mitos que hay alrededor de las espadas que, voto a tal, algún día tendré que tratar aquí (en el ínterin, hagan el favor de visitar esta bitácora: laespadaes.blogspot.com; don Rufino Acosta les ilustrará mejor que yo).

Pero bueno, a lo que iba: por un azar del destino, justo cuando empezaba a perder mi interés por el tema, a finales de los noventa despertó la afición por las artes marciales occidentales, con la espada medieval y renacentista como protagonistas casi absolutos. Todo comenzó en Estados Unidos (sí, aunque joda), gracias a un tal John Clements, fundador de ARMA (Association for Renaissance Martial Arts); y gracias a él, sus vídeos y artículos, renové mi interés sobre la espada y el arte de manejarla. (Luego fue que este señor resultó ser un poco botarate, pero esa es otra historia.)


De ahí a animarme a practicar la esgrima no hubo mucho trecho (en realidad, sí que lo hubo, pero lo dejaré para otro artículo). Gracias a la AEEA, la Asociación Española de Esgrima Antigua, y a su Maestro de Armas, Alberto Bomprezzi, pude comprobar, de primera mano, una aproximación de lo que sería un duelo a espada “de los de verdad”. Con muchos matices, por supuesto. Pero sin duda, lo más cercano a la realidad sin arriesgar el pellejo, el propio y el de enfrente.

Cuando menos, tuve la oportunidad de blandir réplicas de espadas, blancas (con filos vivos) y negras (sin filos vivos), oportunidad que no muchos han tenido (no, eso del softcombat no me vale, lo siento). Y mi perspectiva cambió de forma completa, y los tópicos terminaron por caer, uno tras otro.  (También bajaron mis fondos cuando me puse a coleccionar réplicas de armas blancas, de las que cortan y pinchan de veras, pero esa es, también, otra historia, y no quiero que ustedes se alarmen más de lo preciso.)

 

Mi joya de la corona: The Knight, réplica de espada medieval (Oakeshott tipo XII) de Albion Armorers

En fin. Algún día abundaré más en este asunto, porque es otra de mis obsesiones. Pero espero que hayan captado lo que quería decir: para escribir fantasía con honestidad, hay que documentarse todo lo que sea posible y más.

Ojo: no digo que para escribir sobre un duelo a espada haya que hacer lo que yo. Pero sí que es posible aprovechar la experiencia y conocimientos de gente que lleva ya sus buenos años dedicándose a recrear un arte perdido (los señores de la AEEA, sin ir más lejos, llevan ya varios años tratando de arrojar luz sobre el tema mediante los artículos de su página o en los hilos de su foro). Entonces, ¿por qué no hacerlo?

Ah, claro. Porque es más fácil ver la última coreografía molona de Hollywood mientras se está tirado en el sofá comiendo palomitas. Qué tonto soy, copón.