The pound of flesh, which I demand of him,
Is dearly bought; ‘tis mine and I will have it.
If you deny me, fie upon your law!

The merchant of Venice, William Shakespeare

 

Llevaba largo tiempo sin decidirme a escribir este artículo; llevaba también demasiado tiempo sin escribir en este blog, a secas. Esta (otra) vez toca hablar de un asunto espinoso: el «pirateo» de libros.

Las ideas para este artículo me rondaban el magín desde que leí los artículos de Javier Marías (Las bandas de la banda ancha, El País, 12/2013) y Arturo Pérez-Reverte (Ese fulano [quizás usted] me roba, XL Semanal, 01/2014).

A pesar de la admiración que profeso a estos autores (a Marías más como editor, a Pérez-Reverte por sus novelas históricas y su impagable Alatriste), lamentablemente las posturas que muestran en sus artículos me parecieron obsoletas y desafortunadas (y un poco tecnófobas), aunque probablemente inevitables y consecuentes con una forma de comprender el mercado editorial que, para bien o para mal, tiene los días contados.

Pero realmente el detonante de este artículo fue leer la entrada Los puntos sobre las íes, en el blog de Virginia Pérez de la Puente, autora relevante del género fantástico en español. Releer, de nuevo, los mismos argumentos vacíos y quejosos ha acabado por impulsarme a escribir de una vez este artículo.

Pero vayamos al grano. Si uno lee con algo de detenimiento los artículos que he citado encontrará tres argumentos que se repiten y que considero discutibles, e incluso falaces.

Veámoslos:

Argumento n.º 1: Escribir es un trabajo duro (y debería estar recompensado económicamente)

Bueno. Según. Por ejemplo, desde mi punto de vista, soldar con electrodo revestido a 35 ºC a la sombra, sobre un andamio que está a veinte metros de altura, es sin duda bastante más jodido que escribir novelas.

(Sí, lo anterior era un chascarrillo para quitarle algo de hierro al asunto. Lo que sigue a continuación va bastante más en serio, sin embargo.)

Para comenzar, comparar el (según estos autores) arduo oficio de escritor con el de un fontanero, un arquitecto o un abogado (como hace Pérez-Reverte en su artículo, sin ir más lejos) es tan absurdo como ridículo. A un fontanero, abogado o arquitecto se lo contrata para un trabajo concreto por cuenta ajena.

Un autor, sin embargo, acomete el duro trabajo de escribir una novela por su propia cuenta y riesgo,1 sin saber realmente ―al menos durante el inicio de su carrera literaria― si llegará a cobrar algo por ello. Dicho de forma clara y llana: nadie obliga a un escritor a escribir una novela.

Pero cuidado. No quiero decir que escribir una novela no sea un trabajo duro; en mi opinión lo es, o debería serlo. Y en un mundo ideal, todo autor debería recibir una recompensa material que le permitiera seguir creando.

La pega es que no estamos en ese mundo ideal. Y, en puridad, si la vara de medir es el sudor expirado, el mismo esfuerzo puede invertirse en escribir una obra pésima o soberbia, según quién la escriba. Decidir luego a qué lado de la balanza se inclina cada novela que se publica (o autopublica) no es tan sencillo como parece.

Porque, realmente, eso de que las novelas se escriben en raptos de inspiración feliz, sin esfuerzo ni dolor, es tan falso como que escribir una novela está solo al alcance de unos pocos elegidos por las musas.

No. Nada de eso. Escribir una novela no es tan difícil. Escribir una buena novela es condenadamente difícil, naturalmente; requiere años de oficio, técnica, y el poso de muchas lecturas y vivencias.

Pero siendo francos, escribir una obra está, hoy en día, al alcance de cualquiera que se lo proponga; por suerte, además. Y lamentablemente, no hay (no la ha habido, no la habrá nunca) una relación directa entre el esfuerzo invertido en una obra y la remuneración que un autor puede (puede; no necesariamente debe) conseguir con ella.

Argumento n.º 2: Cada descarga es una venta perdida

Otra línea de argumentación frecuente es equiparar cada descarga digital con la pérdida de una venta para el autor. Esta es especialmente graciosa y delirante.

En primer lugar, que una persona se baje un libro gratis («pirata», a decir de muchos) no comporta, automáticamente:

— que, de no estar a su alcance ilegalmente, hubiera comprado la obra por un medio legal;

— que vaya a leer dicha obra.

Pura lógica, desde mi punto de vista. A los que tengan lectores de libros electrónicos, les planteo la siguiente pregunta: ¿cuántos libros gratis tienen en sus dispositivos? ¿Cuántos de esos libros tienen aún por leer? En muchos casos, la respuesta a esta última pregunta es, probablemente, «demasiados».

Pero supongamos que la segunda condición se cumple. El que se baja el libro gratis se lo lee. Y lo disfruta. El autor puede interpretarlo como una oportunidad de venta perdida; en su derecho está el verlo así.

Personalmente, me parece un error de bulto. Lo que ha ganado en este caso es un lector. Sí, cada descarga de gratuita («pirata») de un libro podría ser un libro robado. Podría. Pero también podría equivaler a un lector más para el autor. Uno que esté dispuesto a comprar, más adelante, una de sus obras. O todas las que sigan.

Y, ya que estamos, me gustaría hacer unas cuantas apreciaciones sobre los motivos por los que se descarga gratuitamente («piratea») una novela.

Aunque hay muchos motivos inmediatos (precios poco asequibles; desconfianza a pagar en línea; costumbres adquiridas; renuencia a pagar por algo tan inasible como un libro electrónico), el verdadero motivo por el que se piratea es, sencillamente, porque se puede. Estará feo, será ilegal, inmoral, o lo que queramos, pero se puede, y una ley sencilla del comportamiento humano es que hacemos lo que nos dejan hacer.

Salvo que convirtamos Internet en un estado policial orwelliano, no hay forma de evitar las descargas de material sujeto a derechos de autor.

Y, al menos, yo no estoy en posición de censurar a nadie que se baje algo gratuitamente, porque llevo años ―lustros, decenios casi― haciéndolo: desde casetes y vídeos en VHS en mis años mozos, fotocopias de libros de texto en mi época de universitario y, actualmente, series de TV extranjeras en versión original y alguna que otra película.

Aparentemente, este tipo de conductas acabarán por sumir al sector editorial y a los escritores profesionales en una crisis sin precedentes (como si escribir novelas hubiera sido ―salvo contadas excepciones― un negocio rentable alguna vez) y causará, irremediablemente, el siguiente resultado:

Argumento n.º 3: No habrá escritores que escriban nuevas obras

Este argumento es, de todos, es el que más me choca. En el fondo, su planteamiento es impecable: si los autores no pueden sacar réditos (léase: dinerito) de sus obras, estos dejarán de escribirlas, y no habrá más obras nuevas que leer.

Aunque impecable en su planteamiento, la conclusión es tan demencial como ridícula.

En primer lugar, la era dorada de la publicación tradicional no ha sido un reinado tan largo. Mucho antes de que el libro se convirtiera en un producto de consumo masivo, se habían escrito ya las mejores obras de la literatura universal, y muy pocos de sus autores recibieron algo palpable por ellas.

En segundo lugar, todo indica lo contrario. Basta con analizar las cifras del sector editorial para saber que, pese a que la remuneración media de los autores es cada vez más baja, el número de obras producidas no hace sino aumentar año tras año.

Sí, esto es en buena parte gracias a la autopublicación y a los libros digitales, por supuesto. Ya lo dije más arriba. Escribir una novela es un trabajo duro, pero cualquiera que esté alfabetizado, tenga vista y manos (o voz, si opta por dictarla) puede, si quiere y se esfuerza, escribir una.

Me imagino que más de uno, al leer lo anterior, se estará haciendo cruces. Porque la ilación obvia es que las novelas futuras estarán escritas por meros aficionados que no podrán vivir de ello y producirán, por tanto, obras de una calidad ínfima. ¿Obvio, verdad?

No tanto. Según ese razonamiento, los autores más destacables de la literatura universal eran unos meros aficionados, porque la enorme mayoría (insisto) no ganó ni un mísero ardite por escribir sus obras.

Reflexión final

No sé cómo será el futuro de la profesión de escritor. No sé si desaparecerá (lo dudo), y tampoco conozco la fórmula mágica para que los autores reciban la justa recompensa por su arduo trabajo.

Concienciar a los lectores del trabajo que supone una novela y de que el autor de la misma necesita recibir una recompensa económica por su tiempo y esfuerzo es una idea excelente. Hacerlo mediante insultos, quejas, lloros y berrinches no es muy inteligente, me temo.

Y un apunte. Para el lector, el autor es irrelevante hasta que su obra lo cautiva. A partir de ese momento el escritor habrá ganado un lector para su obra pasada, presente y futura; alguien que estará mucho más dispuesto a recompensarlo por su esfuerzo, si puede y está a su alcance el hacerlo; alguien que hablará con la boca llena de su autor favorito, que recomendará el libro a sus amigos y que no cejará hasta que acaben por leerlo, incluso si para ello ha de prestarles su propio ejemplar.

Así que puedes, autor, seguir culpando a la piratería de todos tus males. Puedes protestar y gruñir, rasgarte las vestiduras, llamar ladrones a tus lectores potenciales.

Puedes, en definitiva, exigir a gritos tu libra de carne. Es tuya, muy cierto. Pero me temo que, salvo que la cosa cambie mucho, lo único que conseguirás es hacer el ridículo.

  1. Salvo que hablemos de negros literarios, contratados exprofeso; eso es un asunto muy distinto. []