Siempre he sido un maniático –casi un esclavo– de los detalles. Mi obsesión casi compulsiva se traslada, claro, a lo que escribo, así que nunca he podido escribir una historia sin planificar minuciosamente cada detalle. Esto tiene una consecuencia lógica: soy un escritor lento, muy lento.

Últimamente he estado reflexionando sobre la forma en la que planifico la creación de un texto, en especial uno largo (los cuentos y relatos cortos son, en su mayoría, producto de un arrebato de inspiración, por mucho que entre en juego una cuidada reescritura).

Llevo varios años (más de los que quisiera admitir) embarcado en un proyecto de larga duración, que debido a diversos motivos personales –el peso del mundo, como me gusta decir– he dejado en barbecho demasiado tiempo. Ahora que lo he retomado con ánimos, me doy cuenta que lo que escribí tiempo ha, pese a que en su momento era un versión casi definitiva, ahora ya no vale. He de hacer cambios, quitar esta parte o esta otra, modificar esto o aquello para que case con los capítulos posteriores… en fin, algo muy desalentador.

No es que lo que esté escrito no valga. Vale. Pero buena parte del tiempo empleado en pulir estos capítulos lo he perdido, porque puestos a modificarlos después, ¿para qué pulirlos en primera instancia?

Así que me plantee, sin quererlo, otro de los viejos temas de debate en la teoría de la creación literaria, en particular de la novela: ¿planificación meticulosa o seguir el hilo de la inspiración? ¿Mapa o brújula, como le llaman algunos?

Mi respuesta es algo ambigua. Mapa y brújula. Ambos.

Mi principal crítica a los que dicen que son “de mapa” de forma rigurosa es sencilla: no me lo creo. Una historia larga puede plantearse, es verdad, de forma general, pero cuando acercas la lupa salen nudos argumentales que no se pueden resolver hasta que no toca hacerlo. Además, una planificación extrema anula el gozo de escribir, y lo que es peor, lo que yo llamo hallazgos: los afortunados momentos en los que te sorprendes a ti mismo. Lo que has escrito no solo encaja en la trama de tu historia, sino que arroja luz a rincones hasta entonces oscuros. Es como si de forma inconsciente hubieras tejido con varios hilos un tapiz sin fijarte en el dibujo, y al retirarte a contemplar lo que has hecho, el dibujo del tapiz cobrara nuevos significados en los que no habías reparado hasta entonces. “Joder, ¡pues claro!” es la frase típica que se exclama.

En cuanto a los que dicen “seguir la inspiración”, los de la brújula, mi principal crítica es que no puedo creer que lleven a buen puerto tramas muy complicadas. Al menos no sin un proceso de reescritura digno de un infierno de Dante. Es imperativo para elaborar una historia compleja, muy del gusto del género fantástico, una planificación previa, siquiera general.

Así que, como me gustaba decir cuando era DJ de partidas de rol, “improvisar no merece la pena salvo que no sea necesario”. Improvisar es la sal de la creación literaria, pero para improvisar con provecho has de tener un plan previo (de ahí que no sea, en principio, necesario). De igual forma que en un viaje, es preciso saber adonde vas y cómo irás, aunque luego, en plena ruta, surjan imprevistos. Pero no puedes ir de A a B sin una ruta, al menos no sin dar rodeos innecesarios, o arriesgarte a perderte en el camino.

(Continuará.)

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