Imagino que buena parte de los seguidores acérrimos de la Canción de Hielo y Fuego habrán visto a estas alturas su adaptación a la pequeña pantalla (Game of Thrones, HBO), dado que se estrenó el pasado 17 de abril.

Naturalmente, el que estas líneas suscribe ya ha visto el primer capítulo. Pueden ustedes respirar tranquilos; no tengo intención de hacer ninguna locura, como de las que hablé en esta entrada, porque la serie ha estado, en líneas generales, a la altura de mis expectativas.

Ahora bien, me ahorraré abundar en juicios sobre la misma. Es demasiado pronto. Pero hay algo más. Me sucede algo muy curioso con las adaptaciones de obras a la que tengo especial cariño: me cuesta horrores juzgarlas con equidad.

Creo que al común de los mortales le pasa algo similar. Aún recuerdo la turbamulta de opiniones desatadas entre los tolkendili cuando se estrenó la trilogía de Peter Jackson sobre El Señor de los Anillos. Que si cojonuda. Que si psé. Que si cómo osa, el gordo ese, quitar al Tom Bombadil, o sustituir a Glorfinden por Arwen, por citar dos ejemplos del sinfín de vestiduras rasgadas por un quítame allá ese elfo silvano. En fin: cosas que discuten los aficionados con mucho tiempo libre y demasiada pasión por lo suyo. Ustedes sabrán entenderlo.

Con Game of Thrones sucederá lo mismo, como si lo viera. A los que no conozcan la saga les gustará, o no, pero entre los seguidores de pro de la misma habrá opiniones encontradas, furibundas en muchos casos. Salvo, claro está, que los de la HBO lo borden y dejen contentos a todos los seguidores: cosa harto difícil, si no imposible.

¿Y por qué es tan difícil? Muy sencillo: porque nada puede rivalizar con la obra creada por el lector en su imaginación. Es lo que tiene de único la lectura. Una imagen valdrá más que mil palabras, pero a una palabra se le pueden atribuir infinidad de imágenes.

Cada lector de Tolkien o Martin (por seguir con los ejemplos citados) se industria en el magín su propia versión de la Tierra Media o los Siete Reinos. Así, una adaptación al cómic, la televisión o el cine podrá acercarse a la idea que nos habíamos formado de una obra, pero jamás de los jamases podrá ser igual.

Permítanme que ilustre el proceso con un gráfico y una explicación pedestre pero eficaz. No es mía, ojo: la he sacado de un informe Ouróboros aún no publicado (autoría casi en exclusiva de Zaral Arelsiak, es de justicia reconocerlo). Observen el siguiente gráfico:

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¿Un galimatías? No tanto. Les explico: el prisma amarillo representa una obra aún no escrita, H. En esa etapa, la obra no es más que una idea: un conjunto inasible y por definir que aúna atisbos de imágenes, sonidos e incluso olores, palabras aún no escritas y emociones tan intensas y vívidas como las propias; el tejido, en fin, con el que se fabrican los sueños. O un conjunto de pulsos bioleléctricos que serpentea de sinapsis en sinapsis por las circunvoluciones del cerebro de su creador, si son ustedes más prosaicos.

Si al creador le preguntan por su obra en diversos momentos, dará respuestas similares (o no), pero nunca idénticas. La obra evoluciona, se siente como algo vivo; de ahí que el narrador necesite contar su historia: dejar de vivirla en su cabeza, plasmarla, y al definirla (matarla, dirían algunos) poder olvidarla, felizmente.

Muchas historias no pasan de esta fase. Se quedan en una especie de limbo creativo y duermen el sueño de los justos hasta que el autor las rescata, o no.

En el proceso creativo, el autor crea una obra a partir de la idea de la misma que tiene en su cabeza, suerte de mapa mental de un laberinto que solo él puede recorrer. El resultado es una proyección de esa idea. No la idea. Así, H, la idea, es mayor que la obra (h): y eso es bueno, porque con la omisión de información se consigue reforzar el mensaje de la misma. Les remito al citado principio del iceberg. El de las ocho partes debajo y una en la superficie. O el excelente adagio que tomo prestado a León Arsenal: lo que no suma, resta.

En el gráfico, la obra es h. En el proceso de creación de la obra, el creador volcará cierta cantidad de información en ella; llamémosla i. Bien: una obra se escribe para ser leída, así que acabará por tener lectores. Cada lector de esa obra hará el proceso inverso, en el cual, al interpretar la obra, añadirá información de su propia cosecha (i’). Nos referimos a poner caras y voces a los personajes, leer entre líneas, interpretar el subtexto de una obra, etcétera.

El resultado de su interpretación de la obra, H’, que debe ser mayor que h, guarda una cierta relación con h, pero no tiene por qué semejarse en nada a la idea original del autor, H. Poco importa: en el momento que un creador presenta una obra a sus receptores deja de pertenecerle en exclusiva. E insisto: lo relevante es la obra y las interpretaciones de sus lectores. El autor no debe ni tiene que ayudar a interpretarla; lo único que puede conseguir si interviene es entorpecer, o incluso arruinar, las interpretaciones de su obra.

Es fácil deducir que habrá tantas interpretaciones H’ de una obra como tantos lectores tenga. Por lógica, todas esos mundos creados a partir de la interpretación de sus lectores, imagos, podemos llamarles, guardarán entre sí una relación de semejanza. De otra forma viviríamos inmersos en una total subjetividad, y nunca nos podríamos poner de acuerdo en nada.

Pero esos imagos son legión, y aunque se parezcan entre sí, son como hijos de un mismo padre y una misma madre: semejantes, pero lo suficientemente distintos como para tener identidad propia.

Dicho esto, a los que se rasgan las vestiduras porque no se captado la esencia de su obra favorita en la adaptación al cómic, televisión o cine, les pediría mesura, que no condescendencia. Porque, por mucho que lo intenten, nadie podrá emular su particular versión de su obra favorita: es irrepetible; suya, y solo suya.

Afortunadamente.

PD: El título de esta entrada hace referencia al tema de Nine Inch Nails Just like you imagined, como más de uno habrá adivinado. Disfruten:

© de la imagen: Ramsey Arnaoot.